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Conversaciones en Formentor

Aquí estamos, en Formentor, con Jorge Edwards, Fernando Aramburu, Ricardo Menéndez Salmón, Jorge Volpi, Aurelio Major, Mathias Enard, Kenizé Mourad, Vicente Valero, Jordi Gracia, entre tantos otros; y con las editoras Valeria Ciompi, Pilar Álvarez, Elena Ramírez, Valerie Miles...

Hablando del futuro de la novela y de la polémica viva todavía en los suplementos literarios, en los artículos de opinión, en las tertulias. La discusión sobre lo que puede haber de crónica periodística en la ficción novelesca o lo que habrá de imaginación literaria en la memoria histórica.

Para algunos de los que participan en la disputa nacional, digo yo en la inauguración de esta cuarta edición de las Conversaciones literarias de Formentor, la tensión entre crónica y ficción es un falso dilema. El escritor, dicen, es dueño de sus atributos y puede novelar lo que le venga en gana. Nada le perturba. Todo le sirve. Puede inventar sucesos históricos nunca acaecidos, poner nombres reales a personajes imaginarios, dar la voz a los mudos y hacer callar a los deslenguados, desvirtuar lo que dijeron los vivos o atribuir a los muertos lo que nunca llevaron a cabo, puede conmovernos con una historia ficticia y o hacernos desconfiar de un relato real.

El novelista puede hacer
lo que le plazca y puede hacerlo a su antojo, porque su privilegio es la
impunidad.

La novela ha sido un género mestizo, nacido de la fusión de todos los géneros literarios precedentes, y nada debe interponerse en su voracidad.

Ni la moral ni la política deben estorbar. Los que tienen vocación de
legisladores deben sacar sus sucias manos de la novela y dejarla a los únicos
que tienen derecho sobre ella: sus autores.

Otros, consideran rigurosamente respetable el debate sobre los límites que la imaginación debe imponerse a sí misma y el rigor con que la memoria debe hacerse valer. También conceden  al novelista el derecho de hacer lo que quiera, hacer sublime la imagen de una belleza imposible, elevar a la más sagrada condición a un pordiosero, exterminar la bondad de la superficie
de la tierra, o contar el mundo sin importarle cómo es en realidad.

Lo único que no puede
hacer el novelista, dicen éstos, es engañar al lector. Que bastante sufre el
pobre.

El novelista puede seducirnos
y alterar la imagen que nos hacemos de la realidad y por ello no podemos dejarle
ensuciar el mundo real. Sólo faltaría, que añadan más caos a este mundo
caótico.

Conscientes del poder de
la palabra, y de la credulidad de una Humanidad confiada, prefieren evitar la duda
del que se pregunta, después de leer una novela, ¿será verdad, será mentira?

En cualquier caso, no
hace falta decirlo, pero lo digo, en Formentor no nos hemos propuesto sacar
conclusiones. Tan sólo escuchar el curso de la conversación.

Pero la disputa sobre
crónica y ficción, como decía, saca a flote asuntos que trascienden el capricho
del novelista.

Si ahora tuviera que elegir
una buena pieza de crítica literaria, citaría el estudio que Mario Vargas Llosa
dedicó a Cien años de soledad.

En este conocido alarde
de penetración podemos ver muy bien manejadas las herramientas de un género que
quiere ser insobornable y despiadado. Información, ecuanimidad, conocimiento y
perspicacia sustentan un juicio que a veces parece seductor y otras, simplemente,
infalible.

El libro de Mario Vargas
es un ejemplo de lo que debe ser la crítica literaria inteligente y elegante.
Entre otras cosas, porque sin este modo de leer, sin este esclarecimiento, la
lectura de la novela, es imposible. Y a la larga, esto es lo que hará imposible
la supervivencia de la misma novela.

La crítica literaria, contrariamente
a lo que suele creerse, no nos dice lo que debemos leer. Ni siquiera pretende
dictar un juicio sobre lo malo y lo bueno. La crítica nos enseña a leer; esto
es: nos hace descubrir lo que no supimos ver en las novelas que hemos leído.

La crítica literaria nos permite
entender nuestra tradición narrativa y cómo aborda los disturbios de la condición
humana, el misterio del conflicto en el que vivimos atrapados, la opacidad de
nuestros deseos, la indescifrable voluntad en los demás, y ese largo rosario de
enigmas que forman parte de la existencia.

Pero el texto de Mario
Vargas atribuye a la vigorosa estirpe de los grandes novelistas un empeño
sacrílego. El estudio de Vargas dedicado a Gabriel García Márquez, lo
recordarán ustedes, se titula Historia de
un deicidio,
y en el extenso y pormenorizado análisis de la obra maestra del
Gabo nos dice que el novelista quiere sustituir a Dios y convertirse él mismo
en un creador de mundos, en el taumaturgo de las historias y los personajes que
poblarán el imaginario humano con la misma fuerza que el llamado mundo real.

Al presentarnos al
escritor como un deicida, como un celoso competidor de Dios, como un envidioso
imitador del Creador, Vargas da a nuestra tradición narrativa un lugar central
en la cultura y nos advierte de que tras las grandes novelas del siglo está el
genio disidente, arrogante, destemplado y terriblemente inteligente que ha
querido torcer la Historia del Mundo.

Esto es lo que decía
Vargas en 1971.

Más de treinta años
después, el mismo autor reunió sus críticas literarias más destacadas y las
agrupó bajo este rótulo: La verdad de las
mentiras
. En este nuevo y espléndido ejercicio de sagacidad y comprensión,
Vargas nos dice, sin embargo, que un novelista elabora mentiras, convincentes,
atractivas, entretenidas, pero mentiras al fin y al cabo.

Vargas,
inexplicablemente, da por cancelada la terrible ambición de los escritores y
reduce su titánica revuelta prometeica a un simple ejercicio de imaginación
literaria. Olvida el combate trágico de la revuelta que glosó en su libro y nos
consuela con ese ingenioso  y esmerado
oficio que hace las delicias de los  lectores.

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué le
ha ocurrido a nuestra generación, durante el último tercio del siglo XX, para
que la soberbia epopeya de los escritores haya quedado reducida a un artificio
de cuentistas? ¿Cómo hemos podido perder en el curso de este súbito viaje la
más excelsa de nuestras conquistas culturales?

¿Cómo se convirtió el deicida en un mentiroso?

Quizá podamos encontrar
en esta mutación la causa de lo que tanto lamentamos. Me refiero a la confusión,
la confusión que nuestra cultura de la notoriedad difunde cada vez con mayor insensatez:
la confusión entre la novela literaria y la novela de kiosko, entre la
inteligencia y la locuacidad, entre el genio y el ingenio, entre el logro del
estilo y el pensamiento y la redacción de historias entretenidas, entre el
hallazgo y la ocurrencia, la fama y el prestigio, la palabra y la
charlatanería.

Podría decirse de otro
modo. Podríamos decir que una educación deficiente ha deteriorado la capacidad
cognitiva de una población incapaz de seguir el hilo narrativo de un discurso
complejo. Que los medios audiovisuales han infantilizado al adulto hasta
convertirlo en alguien resueltamente incapaz de comprender las estrategias
literarias. Que la lógica del aburrimiento ha sobornado a las mejores cabezas
haciéndolas cómplices de la industria del entretenimiento. Que la obsesión por
la audiencia masiva ha destruido la interlocución cultural. Que la crítica
literaria contribuye con su falsa ecuanimidad a mezclar y confundir las obras
de arte con los productos industriales.

Ya veremos en qué acaba
todo esto. Por el momento, en Formentor, ya seamos deicidas o mentirosos, lo
cierto es que todos somos amantes de la literatura y eso es lo que nos permite,
una vez más, charlar y compartir nuestras ideas, hallazgos, criterios, juicios
y opiniones. Incluso, a veces, con buen humor.

Gracias a todos y
bienvenidos a Formentor.

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16 de septiembre de 2011
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¿Vivir de la luz? Recurso a la ciencia como coartada

En Barcelona se anunciaba a primeros de agosto una película documental que llevaba el título  de "Vivir de la luz". La página conocida como "la contra" de un importante diario de la ciudad ponía sobre la pista del tema del documental: se entrevistaba a una persona que tras varios lustros sin haber ingerido  alimento alguno de origen animal o vegetal  sostenía que, sometiéndose a una rigurosa disciplina indisociablemente física y espiritual, era perfectamente posible vivir de la energía que se despliega naturalmente en la naturaleza,  y concretamente de  la luz solar.

No es mi intención en absoluto introducirme aquí en las consideraciones, generalmente  irónicas, que he oído en mi entorno al respeto. A priori  simpatizo con toda actitud que conlleve una apuesta en favor de esa singular  capacidad de los seres humanos que en tantas ocasiones les permite relativizar el peso de las contingencias del orden natural. Lo irritante en este caso  no era tanto lo abusivo de la tesis en sí (al fin y al cabo, nutrirse de manera convencional es en última instancia consunción de energía), sino ciertas connotaciones ideológicas que desprendía un folleto propagandístico de la película. Se indicaba en efecto que los personajes filmados y entrevistados darían testimonio de la conveniencia de hacer propias actitudes que caracterizarían a la espiritualidad oriental y que estarían desde hace ya un siglo encontrando  inesperado apoyo en la ciencia de Occidente. Se indicaba concretamente que  la  potencialidad para subsistir meramente de la luz y hacerlo incrementando la propia lucidez  (imprescindible el juego de palabras), por chocante que resultara para nuestros hábitos mentales, habría encontrado soporte conceptual y científico en los descubrimientos... de la Mecánica Cuántica.

Inevitable y tediosa referencia, habrá pensado más de uno al leer el evocado folleto propagandístico. Se diría que la Mecánica Cuántica tanto sirve para un roto como para un descosido. ¿Que nos resulta prosaica y poco excitante la tradición racionalista que ve en la  asunción de leyes consideradas  inflexibles del orden natural la base imprescindible para  asumir nuestra propia condición?... la Mecánica Cuántica habría puesto de relieve que este pretendido orden natural objetivo sería en realidad una construcción del propio espíritu humano.

 ¿Que  no nos resulta narcisisticamente satisfactoria   la idea de ser un animal que como todos los demás ( y por muy relevantes que sean sus singularidades como especie) es fruto de la evolución?...la Mecánica Cuántica permitiría (en alguna de sus hermenéuticas) avanzar la hipótesis de que, en última instancia,  todas las conjeturas de la ciencia -teoría de la evolución incluida- dependen de  una suerte de nuevo sujeto trascendental, que sería efectivamente medida de todas las cosas, y que tendría epifanía en cada uno de los seres humanos.

¿Que nos aflige el pensamiento  de estar circunscritos en un universo finito, sometido al segundo principio de la termodinámica y por ello a procesos determinísticos  vinculados a lo que denominamos tiempo?...La Mecánica Cuántica nos consolaría (es bien sabido que se consuela todo aquel que quiere) con hipótesis cosmológicas que, o bien multiplican los mundos posibles o bien hacen intervenir una suerte de demiurgo transcendente al cosmos y al que se hallaría asociado la conciencia humana.

La Mecánica Cuántica, en suma,  daría pie a una sorprendente restauración  del principio de esperanza. Una esperanza aun a costa del buen discernimiento, tan poco alimentada por la gran filosofía del siglo XIX, que la sustituía por el imperativo de asumir la finitud de la condición humana como requisito indispensable para  la auténtica riqueza que los humanos podemos esperar,  y que no es otra que el despliegue de las potencialidades del espíritu.

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16 de septiembre de 2011
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II. El cuerpo puede ir a donde quiera

Elizabeth, la que hace volar los elefantes, es en sí misma una mezcla diversa y asombrosa. Viste siempre de negro y botas altas, el pelo un tanto a lo punk, los anteojos de armadura gruesa, y no deja nunca de irradiar simpatía, bromista y cordial. Atleta, bailarina, coreógrafa, escenógrafa, es la inventora del espectáculo de la "acción extrema", que también es una filosofía, y dedica su vida a probar su tesis de que el cuerpo humano, la asombrosa máquina de alta precisión que nos contiene, puede ir por sí mismo adonde quiera, más allá de sus límites y de su resistencia, el extremo donde la irrealidad se toca con la realidad. Aislar toda la acción que se haya inmanente en el mundo y en el cuerpo, la energía pura convertida en acción permanente, capaz de ponernos alas a nosotros y a los elefantes.

            Ver la acción, sentir la acción, ejecutar la acción. Ha explicado sus teorías, que no salen de la nada sino que parten de los viejos teoremas de Euclides, una noche de estas en el salón de conferencias de Villa Serbelloni, algo que cada uno de los invitados debe hacer respecto a su propio trabajo, y he anotado copiosamente sus palabras, llenando mi libreta de notas. El cuerpo es capaz de resistirlo todo, y para probarlo se ha dejado caer sobre el parquet de un solo golpe, dando un planazo, para ponerse de pie de inmediato con la agilidad asombrosa de que es capaz a sus 62 años, entrenada por décadas para la resistencia física.

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16 de septiembre de 2011
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El islam multipolar

La libertad es azarosa. No pasamos de un orden unipolar a otro multipolar sin pagar un precio. Conocemos las facturas que nos ha pasado el efímero orden unipolar. El multipolar en el que estamos adentrándonos las pasará, y serán cuantiosas si no es orden. Es decir, si la multipolaridad no se traduce en multilateralismo, en respeto a las reglas de juego y en estabilidad.

El laboratorio y a la vez escena central del cambio es Oriente Próximo. La amplia región conflictiva que se extiende desde el Magreb hasta Pakistán está sometida a una transición desde una configuración unipolar, organizada alrededor de una política de estrechas alianzas de Estados Unidos con las potencias regionales, a otra en la que la primera superpotencia ha empezado a retirarse y a aflojar los lazos que la unen a los grandes países de la zona, mientras estos emergen con renovada vocación de influencia e incluso de hegemonía en múltiples campos, el político por supuesto, también el económico y comercial y, claro está, el cultural, es decir, las ideas, los valores y los modelos de vida y de sociedad. Cinco estribos son como mínimo los que Estados Unidos tendió en la zona, todos ellos durante la guerra fría, para evitar que la entonces superpotencia rival, la Unión Soviética, le ganara la partida. Dos estribos le atan a los árabes a través de Egipto y Arabia Saudí. Dos más, con Pakistán y Turquía, lo hacen con los musulmanes. Y otro más, el estribo central, el más rígido, con Israel, la única potencia que no es árabe ni islámica de la zona. Este es el estribo que más se ha envarado con el tiempo, hasta convertir a Israel en parte de la política interior estadounidense, en contraste con las cuatro primeras alianzas, que se han ido destensando, sobre todo desde que empezó la primavera árabe. La alianza más antigua es la que Washington mantiene con la monarquía saudí, forjada en un célebre encuentro entre el presidente Roosevelt y el fundador de la dinastía y del país, Abdelaziz Ibn Saud, en 1945. El presidente americano selló su amistad con los árabes a través de quien ya era entonces el guardián de los santos lugares del islam, y se comprometió a consultas antes de cualquier decisión respecto a la emigración judía a la Palestina histórica. Las prendas aportadas por cada parte en este pacto fundacional han sido la estabilidad y la seguridad por parte americana y el suministro de petróleo por parte saudí. Paralela a esta alianza es la que une a Washington con Karachi, fruto también de la guerra fría, en la que India, el enemigo gemelo de Pakistán, jugaba en el campo contrario, el soviético. Saudíes y paquistaníes fueron decisivos en la derrota soviética en Afganistán, pero de aquel pacto contra el diablo rojo nació el diablo verde del islamismo yihadista, Osama Bin Laden y Al Qaeda. La relación con Egipto es la más reciente, pues no se materializó hasta 1978 con los acuerdos de Camp David con Israel. Israel devolvía el Sinaí y Egipto firmaba la paz con Israel, mientras que Estados Unidos pagaba el gasto, 2.000 millones de dólares anuales, fundamentalmente en cooperación militar. El vínculo con Turquía es el más complejo, porque incluye en su interior a otro vínculo mayor como es el trasatlántico, la OTAN. A veces se olvida que Turquía se halla cubierta por el artículo cinco de la Carta Atlántica, que compromete a sus firmantes a defender a cualquiera de los socios en caso de ataque de un tercero. La cuestión palestina está ahora en el centro de la primavera árabe porque tensa e interroga a la entera geometría de alianzas en la zona. Nadie como Washington ha contado con tantas palancas para resolverla. Cuando los ciudadanos de toda el área reivindican sus libertades políticas se hace difícil el mantenimiento de una zona exenta en razón de la distinta calidad de la alianza que mantienen EE UU e Israel. La irresolución de la cuestión palestina erosiona, así, el entero cuadro de alianzas árabes e islámicas. El viaje del primer ministro turco Erdogan a los tres países de la primavera árabe avanza un nuevo escenario, en el que EE UU se retrae e Israel se aísla. Los otros jugadores van a cooperar entre sí, pero también en enconada competencia por el liderazgo. Egipto debe construirse a sí mismo. Arabia Saudí tiene suficiente con mantener el orden en casa, la península arábiga y contener la amenaza de Irán, que a su vez aspira a mantener su área de influencia en Líbano, Siria e Irak. Turquía tiene su oportunidad de oro. Erdogan va a por ella.

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14 de septiembre de 2011
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El saber que hizo posible lo que envuelve nuestras vidas

Vivimos rodeados de ordenadores, aparatos de telefonía móvil, reproductores de música  digital, los llamados ipod,  paneles que aprovechan la energía solar, susceptibles de ser instalados en la propia casa. Desde que en los años setenta, la fibra óptica empezó a sustituir a la transmisión eléctrica, las posibilidades  de comunicación rápida entre los seres humanos han  experimentado un progreso quizás mayor que en todos los siglos anteriores. Forman ya parte del lenguaje cotidiano, términos como semiconductor, laser, amplificador, o fotodetector...que para algunos hará evocar el viejo efecto foto-eléctrico que se haya de hecho en su origen. Estas mismas personas se hayan relativamente informadas sobre el hecho de que  los efectos físicos que hacen posible ese complejo entramado técnico, que  literalmente codifica  y acota nuestras vidas, son un reflejo de que, a nivel microscópico,  la naturaleza responde a lo descubierto- en ocasiones con gran estupor- por los pioneros de una disciplina, la Física Cuántica, a priori muy alejada de la experiencia cotidiana de los hombres. La descripción  del comportamiento de los electrones en el seno del átomo  resulta que   hace inteligible algo como la fotosíntesis, de lo cual cabe inferir que esa disciplina, focalizada en principio sobre la naturaleza elemental (Física y  no Biología),  abre una vía de acceso a la comprensión de la vida, e incluso, como veremos más adelante,  una vía de acceso a la comprensión del papel de la conciencia.

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14 de septiembre de 2011
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I. Elefantes que vuelan

En el video el elefante se acerca con paso pesado a la plataforma elástica, y no sin algunas dificultades sube a ella. Luego, comienza a saltar. Sus saltos son cada vez más enérgicos, y poco a poco va ganando altura. Ahora parece que vuela por los aires, más y más alto, y entonces se siente libre de hacer una pirueta de vuelta entera antes de volver  a caer, y cuando cae, se impulsa aún más alto y repite la voltereta, ahora doble, como si no tuviera peso, como si el grosor de su cuerpo y su torpeza hubieran desaparecido y fuera el más ágil de los seres, libre y feliz en su vuelo sin alas. Un elefante que vuela.

            La mujer que hace volar a los elefantes se llama Elizabeth Streb y ha venido desde Nueva York para una estancia de un mes en Villa Serbelloni, en Bellagio, que coincide con la mía, los dos parte de un grupo de residentes escogidos por sus dedicaciones diversas y disímiles, alguien como ella que puede hacer volar los elefantes de verdad, y yo, que si lo intentara, sólo podría lograrlo con la imaginación. Y por eso es que estamos aquí,  escritores, escenógrafos, científicos sociales, ambientalistas, ornitólogos, cineastas, haciendo cada uno lo suyo, hablando entre nosotros durante las comidas y a la hora de los recreos acerca de nuestros oficios diferentes, lo que en esta villa del siglo XVI, que se levanta en lo alto de una colina en medio de un espléndido parque, a los pies el lago de Como, se llama fertilización, un polen de ideas que va de una a otra cabeza.

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14 de septiembre de 2011
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Cosas que se pueden perder en una crisis

El trabajo, los ahorros, la pensión, el subsidio, los amigos, el sentido de la orientación, los nervios, la cartera, la cabeza, la cara, la mano, la vez, los estribos, el documento nacional de identidad, los papeles, las maletas, las ganas, la vergüenza, la decencia, la dignidad, la autoestima, y muchas cosas más.

Cuando hay crisis, hay mazo nuevo. Y también jugadores nuevos, porque los viejos salen expulsados con frecuencia. Pero quienes reparten las cartas no, suelen ser los mismos que repartían antes, los de siempre. Es una oportunidad, ciertamente. De donde deriva que no es mala época para quienes saben aprovechar las oportunidades, los oportunistas. Todo lo que se puede perder en una crisis se puede perder sin crisis. Pero en una crisis es más fácil perder todo esto y perderlo todo: cuestión probabilística. Lo único difícil de perder es el miedo. Cuando se pierde el mismo miedo es que se empieza a superar la crisis. El miedo a los efectos de la crisis es parte crucial de los efectos de la crisis. Los vendedores de miedo son los mejores agentes de la crisis. Ya actúan antes de la crisis como si hubiera crisis. Pero durante la crisis su actividad es más frenética porque su mercado se activa y se ensancha. En la subasta del miedo su acción se convierte en esencial, y abarca todos los ámbitos de la vida pública, para meter miedo de cara a unas elecciones o para meter miedo en la bolsa. En las crisis se vende, se compra, se contrata, se cancelan contratos, se despide, se reduce, se cierra. Como cuando no hay crisis, pero más. Y todo se hace barato, cada vez más barato. Y con frecuencia sin endeudarse, porque no hay quien preste y, sobre todo, porque no hay quien preste a quien lo debe todo. Por eso es el momento de las grandes oportunidades. Los vendedores de miedo viven en el paraíso, con su mercancía, el miedo, cotizando en máximos.

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13 de septiembre de 2011
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Nostalgia de lo cursi

Hay quien dice que hemos dejado de ser cursis de puertas adentro, y sólo desde fuera interesa el concepto o al menos la palabra, un infierno para los traductores, que a veces nos preguntan a los nativos y nos obligan a dar rodeos semánticos. El adjetivo cursi no se puede traducir, y el destino de las palabras intraducibles es ser eternamente glosadas.

      Los diccionarios apenas ayudan. Lo cursi se lleva en el alma o se detecta a flor de piel; nadie aprende a ser cursi, y por eso tampoco nadie posee el vocablo único para explicarlo. María Moliner, en su Diccionario de Uso del Español, dice de cursi que es lo que pretendiendo ser refinado resulta ridículo, y en términos similares se expresa la Real Academia de la Lengua en el suyo, que añade sin embargo una acepción literaria: "dícese de los escritores, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados".

    No es eso, ¿verdad?, o no es eso sólo. Qué lástima que en el Renacimiento aún nadie fuera cursi, o no se tuviera conciencia de ello, pues nos gustaría contar con una definición de cursi en el incomparable Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias, publicado en 1611. En su interesante ‘La cultura de la cursilería' (Antonio Machado Libros, traducción de Olga Pardo Torío, Madrid, 2010), Noël Valis, profesora de literatura española en Yale, traza el origen de cursi a los años centrales del XIX, y lo precisa en Cádiz y a partir de la deformación un tanto legendaria del nombre de unas hermanas francesas, las Sicur, que iban siempre muy emperifolladas.    

      Tres o cuatro escritores del siglo XX, valientes ellos, quisieron adentrarse en el galimatías y nombrarlo. Y sorprenderá a algunos que fuese Don Jacinto Benavente, candidato él mismo a uno de los tronos de la cursilería escénica nacional, quien estrenó en 1901 una obra, ‘Lo cursi', que tiene, como tantas de este autor malquerido por la posteridad, sumo interés. Benavente hizo a menudo un teatro de ideas envuelto en los ropajes de la alta comedia, y así es en ‘Lo cursi', dedicada por cierto a Don Benito Pérez Galdos, otro hombre de ideas que cuando escribió teatro expresó vanamente sentimientos elevados, siendo por tanto, según sentencia la Real Academia, reo de cursilería. Los cursis y anticursis de la pieza de Benavente juegan con los significados como con el amor, en un vodevil conceptual sobre la infidelidad conyugal lleno de apotegmas: "es cursi tener celos", dice Carlos, el personaje más frívolo. Pero otro de esta misma obra, el sesudo Marqués, portavoz yo diría que a un 50% de las ideas del autor, se expresa con más contundencia al afirmar que la invención de la palabra cursi complicó terriblemente la vida de la gente: "Antes existía lo bueno y lo malo, lo divertido y lo aburrido, a ello se ajustaba nuestra conducta. Ahora existe lo cursi, que no es lo bueno ni lo malo, ni lo que divierte ni lo que aburre; es...una negación".

      Ortega y Gasset habló sociológicamente (en 1929) de la cursilería, según él endémica en un país pobre y carente de una sólida y asentada burguesía como era España. Pero fue Gómez de la Serna quien con más elocuencia se acercó a ‘lo cursi' en su breve ensayo de ese título, publicado en 1934 y más tarde (1943) ampliado para su segunda edición en libro. Ramón no es enemigo de la cursilería; la entiende demasiado bien como para despreciarla, y, maestro infalible de la paradoja, se burla a veces de ella y otras la ensalza. Así, en las páginas de su ensayo tanto puede leerse que "el repudio de lo cursi es lo que envenena la sociedad", como el silogismo siguiente: "La oratoria, que es lo que más mueve al mundo, es cursi. Castelar fue un gran cursi, y por eso llenó su época de vibrante repercusión". Siempre brillante en las greguerías, Ramón contrapone el ‘snob', "el que pide en un restaurante gallinejas", al cursi, "el que pide caviar en una taberna".

    ¿Qué sería hoy cursi, de seguir existiendo entre nosotros esa condición del alma o el cuerpo? El baremo de los sentimientos lo cambia, como cualquier otro valor inestable, el curso de los tiempos, y actualmente respondemos con una calurosa apreciación a lo que en los años 30 causaba el ramoniano "escalofrío cursicional", por ejemplo Charlot, "el genio de lo cursi", la "obra divinamente cursi" de Juan Ramón Jiménez o Don Quijote, que "plasmado en pintura o escultura es fundamentalmente cursi, hágalo quien lo haga". La coincidencia resulta fácil, por el contrario, cuando Ramón proclama que "es cursi la Virgen de Lourdes saliendo con túnica celeste claro de una gruta rococó".

      Personalmente, y aunque se me ocurre algún ejemplo reciente de novelas, películas y dramas de consumada cursilería, siento nostalgia del tiempo en que lo cursi abrigaba, con su ñoñez inocua y sólo tenuemente espectacular, ofreciendo, como escribe Ramón, un "gran cobijo". Mi recelo es que la decadencia de la cursilería ha producido el auge de afectaciones y pretensiones infinitamente peores, unas más indignas que otras, pero todas igual de irritantes.

     Gómez de la Serna, que a fuerza de agudeza tuvo dotes de augur, hacía en su ensayo citado una anticipación asombrosa de nuestro presente ferroviario: "Los primeros vagones de ferrocarril, los que recorrieron las praderas norteamericanas con coches-salón, eran vagones cursis, y por eso se veía mejor el paisaje y no había soledad en el viaje, puesto que se viajaba en el gabinete íntimo [...] Ese fue el encanto de los primeros viajes en tren, encanto que se pierde cuando se construye el vagón profesional, el vagón para viajantes". El párrafo debería radiarse al inicio de todos los trayectos de la Renfe, en especial los de sus grandes líneas, sus veloces trenes dominados por la marea acústica de la línea telefónica particular. No sólo Ramón. Hasta el remilgado Benavente denuncia por boca de Agustín, el protagonista de su comedia, "esta ferretería progresista tan antipática y tan cursi". Pocas cosas tan ridículas y agresivas hoy como el exhibicionismo vocal del yo a través de los aparatos llamados móviles, que convierte en petimetres y damiselas de una neo-Belle Époque impúdica y maleducada a sus usuarios, incapaces de distinguir las áreas de descanso entre lo privado y lo público. Las cursis de Cádiz, y sus especimenes posteriores, llevaban tocados inauditos y joyas chabacanas, pero su cursilería "se comprendía  -volvemos a Ramón-  a la hora de cerrar el landó, cuando sobre las bellas primas se cerraba la capota de atrás contra la de delante y se entraba en una oscuridad de baúl mundo".

      Por no hablar del registro chillón del reflejo mediático de la actualidad. Cuando en algún programa de archivo o documental se oyen ahora las voces del NODO, los noticieros cinematográficos franquistas, el engolamiento y la rimbombancia de la locución nos hace sonreír, por mucho que el mensaje implícito fuese generalmente tan siniestro. Pero, ¿qué decir de la tendencia de los telediarios actuales de todas las cadenas (a excepción, y no siempre, de los de TVE), a la adocenada y escandalosa exposición de los ‘sucesos'? La Sexta y la nueva Cuatro, que tan poco tiene que ver, tristemente, con la anterior, se igualan a menudo con las otras cadenas privadas, otorgando a las noticias -no hablo de las tertulias y los programas de cotilleo- el rango de accidentes o catástrofes. Y así, la cabecera de esos espacios informativos se deja llevar por el "impulso de la sangre" (lo mismo da que sea bélica que pasional), el predominio del "efecto" sobre el conflicto, del sensacionalismo sobre el decoro. El reino, pues, del ‘kitsch', según la definición certera y luminosa que, allá por los años 1930, le dio Hermann Broch. La vil ordinariez frente a la pompa fatua de la cursilería.

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13 de septiembre de 2011
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Catalanes, mediterráneos, europeos

Cataluña es el país más atractivo del antiguo Mare Nostrum, el lugar desde donde se ejerce la capitalidad de la región mediterránea, según palabras del presidente de la Generalitat, Artur Mas, en su primer discurso conmemorativo del 11 de septiembre, la fiesta oficial catalana. Este argumento, a veces poco visible, no admite mucha discusión. Barcelona y su área conforman la región económica e industrial más potente de toda la cuenca mediterránea, con un enorme poder de atracción de capitales, turismo y migraciones. También es evidente la vocación para ejercer la capitalidad mediterránea, por la que pelea desde 1995, cuando celebró la cumbre europea por la que se inició el Proceso de Barcelona hasta hoy mismo cuando intenta consolidar la Unión para el Mediterráneo, la averiada institución que debería ocuparse de las relaciones con nuestros vecinos del sur y cuyo secretariado se encuentra en el palacio de Pedralbes. Numerosas instituciones públicas y privadas, think tanks, universidades y empresas apoyan y desarrollan esta vocación que continúa y recupera un viejo y glorioso protagonismo medieval.

A pesar de la capitalidad indiscutible, el presidente Mas no tuvo ni siquiera una leve alusión a los acontecimientos que vienen conmocionando a la entera cuenca sur del Mediterráneo desde el pasado enero. Tres tiranos derrocados, un cuarto que sigue triturando a su pueblo durante siete meses ya, dos transiciones inicialmente pacíficas, una guerra civil con intervención internacional, cambios de gobierno, reformas constitucionales, medidas populistas para acallar las protestas y, sobre todo, una evidente desconfiguración del mapa geopolítico árabe, sin ningún diseño claro que organice esta zona crucial del planeta por sus recursos naturales, su demografía y los conflictos que alberga. Junto al desorden y a la incertidumbre que acompañan a las revoluciones, también hay indicios interesantes: estos cambios significan la incorporación de millones de personas a la nueva realidad global, primero en sus aspectos más políticos, pero ante todo en sus beneficios económicos. Algunos de estos países se hallan en excelente disposición para emerger como potencias económicas con vocación de liderazgo regional. Turquía e Israel ya lo son y lo serían más en un Oriente Próximo que consiguiera resolver satisfactoriamente la reivindicación palestina. Pero son varios los países, desde Egipto hasta Marruecos, con un enorme potencial de crecimiento si saben navegar por sus transiciones y sacan partido de sus enormes riquezas, como serían el caso de Argelia con sus reservas de gas y Libia con su petróleo. La capitalidad mediterránea hoy no es discutible. Todavía. Si el rumbo y el ritmo de las revoluciones árabes es similar al que tomaron los países del centro y del Este de Europa a partir de 1989 no es nada seguro que Cataluña pueda seguir reivindicando entonces el mayor atractivo de toda la cuenca y ni siquiera que Barcelona siga albergando las instituciones de integración regional. Por eso, atender a los cambios que se están produciendo en el sur no es solo una cuestión que afecta a la solidaridad democrática y a la estabilidad y seguridad de la región, sino también a los intereses estratégicos. Los europeos, seamos claros, hemos sido lentos de reflejos y hostiles y reticentes a los cambios, al principio, y obligadamente coadyuvantes, cuando nos hemos dado cuenta de que eran ineluctables; nuestras instituciones se han manifestado ausentes e ineficaces y solo muy lentamente han ido pensando en organizar su participación y su papel en la construcción del nuevo mundo árabe; y tampoco las sociedades se han mostrado a la altura, más preocupadas por la inmigración, las suspicacias respecto a los musulmanes, el precio de la energía y los hipotéticos problemas de suministro que por las necesidades de las transiciones políticas y del bienestar y la libertad de nuestros conciudadanos árabes. Probablemente, sería excesivo pedir que los catalanes y su Gobierno, a pesar de nuestros frecuentes tropismos narcisistas, fuéramos ahora más despiertos y mejores que el resto de los europeos y de sus instituciones.

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12 de septiembre de 2011
Blogs de autor

Las nuevas plumas

Muchos autores aparecen tras ganar un premio. Se hacen conocidos, saltan, se tornan visibles gracias a un concurso. Pasa en la TV, pasa en las novelas.

En el periodismo narrativo sucede menos. Casi no hay concursos destinados a trabajos inéditos de autores nuevos. Aprovechamos, entonces, de anunciar que la Escuela de Periodismo Portátil y la Universidad de Guadalajara lanzan la segunda versión del premio Las Nuevas Plumas, un concurso de cónicas inéditas en español.

En esta segunda edición colaboran los diarios y revistas Gatopardo (Internacional), SoHo (Colombia), Etiqueta Negra (Perú), La Estrella (Chile), ADN, La Nación (Argentina), Quimera (España) y Emeequis (México).
 
El trabajo ganador de la primera versión - la del año pasado- fue Hombre que Nada, un perfil biográfico del escritor argentino Rodolfo Fogwill, de autoría de Federico Bianchini.

La convocatoria permanecerá abierta hasta el 30 de septiembre de 2011 y la ceremonia de premiación se realizará en el VI Encuentro Internacional de Periodistas, en el marco de la XXV Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Más información de requisitos y premios: http://nuevasplumas.medios.udg.mx/

El ganador será invitado, con gastos pagos, a la FIL de Guadalajara en diciembre 2012.

 

@menesesportatil

 

 

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12 de septiembre de 2011
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El Boomeran(g)
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