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Eder. Óleo de Irene Gracia

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El león herido y el cazador sensato

De un lado, el león herido. A lo largo de los últimos meses hemos sido involuntarios testigos de su singular batalla contra el tiempo: fatigado y ojeroso, a veces más delgado y pálido que nunca, a veces más obeso y abotagado que de costumbre, calvo o con el cráneo apenas cubierto con incipientes brotes de cabello, con el gesto adusto o extraviado -a causa, tal vez, de los calmantes- y la voz chillona o insólitamente amortiguada, no ha dejado de comparecer ante las pantallas, decidido a compartir su calvario con sus admiradores y enemigos. La imagen que proyecta es la del héroe injustamente vapuleado que, superando sus trances y dolores, se apresta a dar su última batalla. Un Cid no muerto sino moribundo, provisto con el coraje necesario para derrotar, una vez más, a sus odiados detractores del imperio.

 

            Del otro lado, el cazador sensato. El muchacho digno y arriesgado elegido para capturar de una vez por todas a la bestia a fin de devolverle la tranquilidad y la concordia a los hombres y mujeres de su aldea. Aprovechando su juventud y su vigor, a él en cambio lo hemos visto prodigarse en todas las regiones, en las montañas y en la selva, en los terrosos barrios de los pobres y en las traslúcidos mansiones de los ricos, decidido a encontrar aliados para su empresa, compañeros de ruta dispuestos a desterrar a su rival luego de trece años de recelos y amenazas. La imagen que cultiva es, por supuesto, la de David armado con una honda: su energía y su templanza.

            El combate no puede ser más desigual. Aun lastimado, el león mantiene intactas sus garras y sus fauces: no sólo los instrumentos del Estado que le permiten difundir su narrativa día y noche, sin tregua, en todos los hogares, sino los lustros en que ha maquillado la historia, en que ha retocado o reconstruido el discurso bolivariano, en que ha sometido a una generación entera a su discurso de igualdad y de recelo. Frente a este apabullante chantaje emocional, el cazador no cuenta más que con su presencia serena, su discurso de reconciliación y de esperanza. Y sus promesas razonables.

            Durante la campaña -la cacería-, el león continúa escurriéndose, elude llamar a su adversario por su nombre, incapaz de concederle siquiera un lugar en sus palabras. Todos constatamos que los saltos y añagazas del felino no son ya los de otros tiempos, que ha perdido reflejos y agudeza, que sus colmillos se han desafilado y que sus uñas mondas y achatadas son las de quien apenas puede defenderse. Aun así, aún ruge con fuerza: grita, aúlla, descalifica -una de sus especialidades-, y vuelve a utilizar el arma que mejores resultados le dio en el pasado: su simpatía y el pánico hacia los otros. Sólo él puede contener una invasión extranjera, sólo él, el dios totémico, puede proteger a los desprotegidos, sólo él puede contener a los oscuros enemigos de la revolución bolivariana, sólo él es capaz de vencer a los demonios.

            El dicho se confirma: la bestia acorralada se vuelve aún más peligrosa. El cazador lo sabe y emplea la estrategia que considera más prudente: no lo provoca ni lo azuza, prefiere hablarle a sus compatriotas del futuro, del cambio tranquilo que llegará en caso de que triunfe. Ante lo que considera indiferencia, el león responde con más furia y el diálogo se torna imposible. Los fanáticos del león no cambiarán de bando hasta su muerte; mientras tanto, los otros miembros de la manada aún resguardan a su líder, usando todos los recursos a su alcance, a fin de conservar sus privilegios (mientras, en secreto, pelean ya para decidir quién lo sucederá cuando al fin desaparezca).

            Las elecciones se celebran sin violencia y sin acusaciones de fraude de ninguna de las partes -algo insólito visto, ay, desde México. Al final, Hugo Chávez, el león herido, vence holgadamente con más del 54 por ciento de los votos. Y el cazador sensato, Henrique Capriles, haciendo prueba de esa sensatez envidiable -aún más sorprendente desde México- de inmediato reconoce su derrota. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué han vuelto a triunfar los gruñidos del león por encima de la sensatez del cazador?

            Las respuestas son múltiples -de su compromiso con los desfavorecidos a la lenta erosión del consenso democrático-, pero sin duda la narrativa del corazón aplastó a la narrativa del cerebro. Chávez, el caudillo democrático, entrevió que para ganar esta elección necesitaba apelar a las empatía emocional de sus votantes -su lucha personal convertida en metáfora de su lucha política- y, de manera tácita, el cáncer se convirtió en un elemento crucial de su victoria. Capriles, apelando a la razón, hizo todo lo que debía: una campaña inmejorable y un comportamiento cívico ejemplar que, insisto, a los mexicanos nos deslumbra. Y aun así, perdió rotundamente. A veces son los ruidosos, los que aúllan y vociferan, quienes ganan. Y, aun así, hay que confiar en que a la larga triunfarán quienes, como Capriles, invocan a la sensatez y al diálogo.

           

twitter: @jvolpi



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15 de octubre de 2012

Eder. Óleo de Irene Gracia

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Encuentro con Clío

Clío es de trato difícil e imprevisible. Ya saben, la musa de la historia. Hay que ir con cuidado con ella. Siempre hay que ser prudente en el trato con las musas. Se pierden en la estética. Por cierto, como nos sucede a los catalanes según Unamuno. Y la de la historia la que más, porque su canto suele frecuentar los abismos donde yacen los cuerpos despeñados tras el combate, las banderas desgarradas, los pueblos desaparecidos, los palacios arrasados y las pasiones desatadas entre enemigos irreconciliables. Quien se entretiene en encontrar la belleza en el devenir cruel de la humanidad merece la máxima atención en el trato, no fuera caso... Además de arrebatada, es traicionera, y últimamente voluble y despistada. O incluso bromista.

No es extraño de alguien a quien se requiere para cualquier circunstancia. Es la fatiga que exacerba sus habituales defectos. Hay pocos acontecimientos en nuestra vida contemporánea en los que no se la convoque para que desarrolle su trabajo, en el deporte sobre todo. Hasta el punto de invertir la jerarquía de los acontecimientos: momentos hay en los que todo lo trivial se le atribuye y pasa en cambio desapercibido lo que pertenece en propiedad a su reino.

Y no solo la fatiga. Hace apenas dos décadas se la dio por muerta. ¿Recuerdan? Francis Fukuyama declaró su fin. Una vez caído el muro de Berlín y el comunismo detrás, iba a abrirse la etapa de mayor aburrimiento de la vida humana. Pronto quedó brutalmente desmentida tal noticia, y de qué manera. Clío, cruel como ella sola, cantó la sangre vertida y el dolor de las madres, primero en Irak y en los Balcanes; después en el corazón mismo del imperio, cuando una ira sagrada se abatió sobre las Torres Gemelas; también en África central, en Chechenia, en Afganistán e Irak de nuevo, sin olvidar todos los flancos de Oriente Próximo. No digamos ya el susto mortal que dio a todo Occidente cuando trastocó el mapa entero de los árabes y sembró la más espantosa guerra civil y sectaria en la pétrea Siria de la dictadura alauí de los Assad.

Sabemos que su canto nos pilla siempre a contrapié, como les sucede a las vírgenes imprudentes con la llegada del señor en el apólogo evangélico. No era así cuando empezó y exaltaba la cólera de Aquiles ante los muros de Troya. Eran tiempos en que andaba de aquí para allá ensangrentada y su voz se rompía de tan usada. Mientras que los tiempos de ahora, regidos por las leyes de los hombres y no de los dioses, se da por hecho y demostrado sobre todo entre los europeos que pertenecen a la kantiana paz perpetua en la que tenemos prohibida la guerra entre democracias o dilucidar nuestras diferencias con el puñal o el veneno.

¡Cuidado! La mayor sorpresa que podría darnos esta musa es que de pronto las guerras económicas de nuestras crisis pasaran a mayores, desmintiendo tópicos y seguridades sobre la eterna desaparición de nuestros conflictos interiores. Invocada un día y otro con ligereza, vemos cómo se la convoca ahora con la aparente gravedad de los cambios de época.

Da toda la impresión de que así sucede en Europa. De que también sucede entre los españoles, aunque de momento con reticencia. Y no hablemos ya de los catalanes, tras la encendida promesa de inminente emancipación lanzada por un presidente de inteligencia fría y corazón aventurero. Llevado en volandas por la peligrosa y voluble musa del dolor y de la sangre, tiene toda la razón cuando dice que nos hemos adentrado en un camino desconocido. Ella le espera, pero no sabemos dónde ni cómo la encontrará, ni que será de todos nosotros cuando suceda. O no. Los montes pueden parir un ratón, fábula muy bien inspirada para épocas de orogénesis geopolítica. Recordemos entonces y sigamos una sabia y con frecuencia olvidada sentencia: "Los hombres hacen la historia pero no saben la historia que hacen". Un poco de sobriedad en nuestro trato con la musa no estará nunca de más.



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15 de octubre de 2012
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Lógica de las hadas

Mitologías. W.B.Yeats. Traducción de Javier Marías, Alejandro García Reyes y Miguel Temprano García. Acantilado. Barcelona 2012. 382 págs

 

"Dentro de poco publicaré un libro grande sobre la comunidad del país de las hadas, y trataré de hacerlo lo bastante sistemático y erudito para ganarme el perdón por este puñado de sueños". Esto escribía Yeats en una nota de 1902 incluida en los preliminares de ‘El crepúsculo celta', según la edición de Javier Marías, y la cautela del gran poeta irlandés parece exagerada y hasta cómica, en alguien que se pasó la vida no ya soñando sino persiguiendo con sumo ardor a las hadas, algunas de carne y hueso. El presente volumen recopila dos libros aparecidos antes en castellano (el ya citado, en 1985, y el titulado ‘La rosa secreta' en 1986), con el añadido de interesantes escritos posteriores, ‘La rosa alquímica', ‘Las tablas de la ley', ‘La adoración y de los magos' y ‘Per amica silentia lunae'. El conjunto se lee como una excursión o tránsito a lo maravilloso, un compendio de historias trascritas por un médium que se toma muy en serio las voces de ultratumba y la realidad de los espíritus; "de lo que nunca se duda es de los duendes", afirmaba Yeats: "son lógicos".

     En todo tiempo ha habido grandes cabezas fascinadas por la pamplina del saber hermético y la teosofía; hay peores credos que esos, al fin y al cabo desprovistos de curia y penitencia. Por ceñirnos sólo a su tiempo, pensadores como Bergson o William James, y artistas de la talla de Strindberg, Conan Doyle o Kandinsky fueron creyentes del ocultismo y buscadores, con mayor o menor entrega, de la recóndita piedra filosofal. Yeats es, sin embargo, el más persistente, pues gran parte de su obra narrativa, poética y escénica está marcada por la impronta de la astrología y la nigromancia, aunque estilizada por las sinuosas formas del Simbolismo.

     El lector de ‘El crepúsculo celta' y ‘La rosa secreta' encontrará unos relatos y unas viñetas confesionales en los que la imaginación del autor se funde con el caudal de los cuentos folklóricos más fantásticos que Yeats buscaba y oía, en "lugares frecuentados por lo sobrenatural", de boca de los campesinos y las ancianas sabias de los pueblos remotos. Aquí se encuentran algunas de sus piezas maestras, como ‘Criaturas milagrosas', ‘Sueños que no tienen moraleja' o la serie de historias de Hanrahan el Rojo. Del material nuevo aportado en este edición destacan los tres primeros, en los que cobran vida las fascinantes siluetas de Michael Robartes y Owen Aherne, aunque habría sido de agradecer que los editores aclararan someramente al menos que esos importantes personajes no son ni reales ni del todo ficticios; se trata de dos de los heterónimos cabalísticos en los que el fabulador tortuoso que siempre fue Yeats se desdoblaba en sus escritos. Del último, ‘Per amica silentia lunae', es interesante el capítulo de evocaciones de sus amigos pintores, Burne-Jones, Morris y, el más oculto de todos, Simeon Solomon.

Es un placer reencontrarse con las hermosas y precisas traducciones de Marías y García Reyes; de inferior calidad y carentes del mismo grado de refinamiento son las de Temprano García.     

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15 de octubre de 2012
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Puesta de rosa

Existen más días internacionales que fechas en el calendario. Enfermedades, causas perdidas, quimeras como el día universal del ahorro, o ambiciones morales como el día internacional para la Tolerancia. Los estériles, las menopáusicas, los meteorólogos, la propiedad intelectual o la sequía tienen derecho a un día señalado en rojo en el que se orquesta un programa de actos como percha mediática. Mi recuerdo más compacto sobre la obligación de salir de uno mismo para contribuir a una cruzada ajena es, sin lugar a dudas, el Domund, ese día en que, al igual que en la Palma o l’Aplec, deseábamos que luciera el sol porque ni su crudo leitmotiv despojaba al Domund de su carácter festivo, rociado de esa condescendencia que emana de la caridad. Con los años, pasamos del regocijo que significaba llevar una hucha con negritos y estampar pegatinas en la solapa, a pensar si aquello servía para algo.

Lo mismo que sentí al escuchar a Michelle Bachelet explicando el objetivo del día internacional de la Niña, que se celebró por primera vez el pasado viernes, y que en España pasó por el Bernabeu. Así es, los publicistas de la ONU consiguieron iluminar de rosa el Empire State, las cataratas del Niágara, las pirámides de Egipto o la Sirenita de Copenhague.

En España, el emblema escogido fue la fachada principal del estadio madridista -el merengue Wert ya debía de estar tras la pista con su ansioso programa de españolización-. Por una noche, el campo rosificó su faz y dulcificó a sus hidras con un coro de cuarenta niños. Y me pregunto si el balance entre gastos y beneficios es positivo. Si asistir a esos espectáculos de luces que mudan el paisaje y te abstraen -como me ocurre con la torre Eiffel cada vez que brilla con sus lentejuelas- puede encender conciencias y activar donaciones. Contribuir no sólo a recordar, sino a levantarse de la silla por los 75 millones de niñas que no pueden ir a la escuela, o los ¡400 millones! de niñas forzadas a casarse siendo menores de edad. La pasada semana, en Pakistán, le metieron una bala en la cabeza a Malala Yousufzai, de catorce años, por defender el derecho a estudiar. Ni de lejos nos acercamos a cumplir el segundo objetivo del milenio: la escolarización obligatoria y garantizada, aunque no exista otra llave para escapar de la barbarie. Bien lo saben los talibanes, que impiden que las niñas aprendan para que no se rebelen. O el Gobierno iraní, que ahora prohíbe más de setenta carreras a las mujeres -idiomas, literatura, informática…- porque “las empresas no están interesadas en contratarlas”. Integrismo, violencia, retroceso, mordaza. ¿Cómo combatirlo? ¿Recortando en solidaridad e invirtiendo en decoración? Iluminar un edificio emblemático, según consulto a empresas del sector, cuesta aproximadamente unos 30.000 euros. Educar a una niña en los países citados, como bien sabe la ONU, entre 50 y 70.

(La Vanguardia)

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15 de octubre de 2012

Eder. Óleo de Irene Gracia

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El tumor sirio

Es una devastación que progresa como el cáncer. Constante y persistente, jamás retrocede en la destrucción. De nada sirven las mediaciones e inspectores, los planes de paz o los enviados especiales de Naciones Unidas: fracasó primero Kofi Annan y ahora le toca a Lakhdar Brahimi. La enfermedad va quemando etapas, cada una más destructiva que la anterior, en un sufrimiento interminable sin horizonte alguno a la vista.

En un primer momento fue la represión durísima de una dictadura militar contra los manifestantes pacíficos. Luego se trocó en enfrentamiento civil entre quienes querían derrocar el régimen con muy escasos medios y la máquina bélica del Estado. Enseguida apareció la guerra sectaria, perfectamente adaptada a un país de minorías en el que una de ellas, los alauíes, es la que detenta el poder del Estado. Pronto se convirtió en guerra por procuración entre chiitas y suníes, en la que el régimen combate en nombre de Irán y las guerrillas de la oposición de Arabia Saudí y Catar. Los primeros con el apoyo en la retaguardia y en el Consejo de Seguridad de Rusia y China y los segundos de Estados Unidos y Europa.

Ahora está entrando ya en fase de metástasis, con unos tentáculos que se extienden y golpean en los países vecinos, Turquía concretamente. Tras los intercambios artilleros en la frontera turca, ha llegado la retención por Ankara de un avión civil sirio en viaje de Moscú a Damasco. Es creciente el tráfico de armas y materiales bélicos desde los países que apuestan en este tapete empapado de sangre. También la presencia de soldados y agentes de distintos países o de militantes de Al Qaeda. La preocupación en Washington es creciente por la eventualidad de que las armas que llegan del extranjero queden en manos de los más indeseables.

Las cifras de la destrucción son ya escalofriantes: 30.000 muertos y 300.000 refugiados en casi 20 meses. Pero quedarán cortas si fragua el conflicto internacional que se anuncia. La actual guerra a fuego lento puede transformarse en un incendio si alguno de los vecinos decide tirar por el camino de en medio. Assad cuenta con armas químicas, que no tendrá escrúpulos en usar si sigue la pauta de crueldad mostrada hasta ahora. Turquía está reteniéndose, a pesar de las provocaciones y de sus dificultades con los kurdos, alentadas por el régimen. Israel, en cambio, irá a unas elecciones anticipadas en un clima de ataque inminente para destruir la incipiente industria nuclear iraní y zanjar de forma fulminante la crisis siria.

No hay ahora mismo un mayor centro de inestabilidad, pues allí confluyen las fuerzas y contradicciones que definen la geopolítica de Oriente Próximo. También en Siria se reflejan las debilidades e impotencias occidentales ante un régimen sanguinario como el de Assad, dispuesto a encender una guerra internacional y perecer en el incendio antes que ceder una pulgada de su poder.



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13 de octubre de 2012

Eder. Óleo de Irene Gracia

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FDP en Nueva York.- (De izq a der: Manuel Rivas, Ángel Antonio…

FDP en Nueva York.- (De izq a der: Manuel Rivas, Ángel Antonio Ruiz Laboy, José Ovejero, Anna Lidia Vega Serova y Luis Negrón en el metro de NY.Foto: Daniel Mordzinski) El Festival de la Palabra terminó en San Juan de Puerto Rico la semana pasada, pero de inmediato se mudó a Nueva York y Daniel Mordzinski dio un salto desde el Hay Festival Xalapa 2012 hasta la ciudad norteamericana para no perderse la segunda parte. Por cierto, Ezequiel Martínez comenta en la revista Ñ algunas anécdotas del Festival de la Palabra en Puerto Rico.:

Por eso también hubo música, poesía, charlas en escuelas, talleres y sobre todo, muchas anécdotas. Vaya un pequeño muestrario: la escritora cubana Wendy Guerra estuvo retenida en el aeropuerto durante horas por portación de nacionalidad (para ingresar a Puerto Rico se necesita la visa estadounidense), pero peor la pasó el chileno Alejandro Zambra, a quien primero le cancelaron un vuelo, luego le perdieron las valijas y finalmente quedó afónico, con lo que no pudo participar en casi ninguna de las mesas que tenía asignadas. El comentario con más rating entre los escritores tuvo que ver con la sorpresa por el Premio de la FIL de Guadalajara a Alfredo Bryce Echenique, después del escándalo por plagio en sus columnas periodísticas, que obligó a los dos miembros del jurado que se lo concedió, aquí presentes ?Volpi y Mayra Santos Febres-, a defender su decisión. Pero el hallazgo más sorprendente fue ver cómo Guillermo Martínez, matemático al fin, demostró en la mesa de ruleta de un casino una teoría que combinando cálculos, estadísticas y probabilidades, le hizo ganar siete apuestas seguidas. Pronto se corrió la voz y muchos le andan pidiendo la fórmula. Porque de esas voces, así como de las palabras dichas o narradas, se construye también la ficción que hasta anoche tuvo momentos de gloria en San Juan de Puerto Rico.



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12 de octubre de 2012
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Lecturas adelantadas: La piscina (II)

II. Un pie en cada borde del abismo

La Piscina es una novela de infancia que un adulto escribe con mano calculada para evadir el riesgo de las emociones, y el San Juan de esa infancia, en los años cincuenta del siglo pasado, que son los del estreno del estatus de estado libre asociado para Puerto Rico, es una ciudad tan desolada como sus personajes, que mantiene sus colores mortecinos mientras cambia el paisaje en el recuerdo, del paisaje rural, al provinciano, al urbano incipiente, porque es en el medio siglo cuando las ciudades caribeñas se hacen, abriéndose a la modernidad dudosa.

El niño Edgard, entre incertidumbres y ansiedades, anda por ese paisaje, alzando esos telones, caminando entre esas bambalinas, dividido entre los afectos y los desafectos, el padre con su
estigma de mulato despreciado por la familia de la madre, herederos de ese pequeño orgullo de casta de la provincia, los blanquitos, los blanqueados, y en medio el abismo imposible de flanquear. Edgard vivirá con un pie en cada borde de ese abismo.

La novela está escrita en una prosa siempre acerada, como quien labra la piedra con el buril, que, al golpear, saca chispas de mordacidad de manera implacable, para esculpir a esos personajes de insomnio, empezando por la madre, qué retrato más despiadado, y qué apiadado el del padre, aunque el hijo que un día será arquitecto, y querrá medir al mundo entre el espacio y la luz, para fracasar también, parezca no perdonarlo en su mediocridad.

 

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12 de octubre de 2012
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El Boomeran(g)
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