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Escrito por

Sergio Ramírez

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942). Premio Cervantes 2017, forma parte de la generación de escritores latinoamericanos que surgió después del boom. Tras un largo exilio voluntario en Costa Rica y Alemania, abandonó por un tiempo su carrera literaria para incorporarse a la revolución sandinista que derrocó a la dictadura del último Somoza. Ganador del Premio Alfaguara de novela 1998 con Margarita, está linda la mar, galardonada también con el Premio Latinoamericano de novela José María Arguedas, es además autor de las novelas Un baile de máscaras (1995, Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera traducida en Francia), Castigo divino (1988; Premio Dashiell Hammett), Sombras nada más (2002), Mil y una muertes (2005), La fugitiva (2011), Flores oscuras (2013), Sara (2015) y la trilogía protagonizada por el inspector Dolores Morales, formada por El cielo llora por mí (2008), Ya nadie llora por mí (2017) y Tongolele no sabía bailar (2021). Entre sus obras figuran también los volúmenes de cuentos Catalina y Catalina (2001), El reino animal (2007) y Flores oscuras (2013); el ensayo sobre la creación literaria Mentiras verdaderas (2001), y sus memorias de la revolución, Adiós muchachos (1999). Además de los citados, en 2011 recibió en Chile el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso por el conjunto de su obra literaria, y en 2014 el Premio Internacional Carlos Fuentes.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com

y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez

Foto Copyright: Daniel Mordzinski

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La literatura como espectáculo

A lo largo de cinco años la experiencia de Centroamérica Cuenta ha sido la de plantar una semilla y ver cómo da sus frutos. Empezamos en 2013 con un puñado de escritores centroamericanos y algunos de Francia y Alemania, en salones pequeños, con un público escaso pero curioso desde el principio, y recuerdo que mandábamos a comprar a la esquina las botellas de agua para los participantes de las mesas.

La gran pregunta desde entonces fue: ¿en un país pequeño, se puede convertir en atractivo para el público oír hablar de literatura, de creación literaria, de métodos de escritura, de temas para escribir, de las preocupaciones de los escritores, de las relaciones de la literatura con la realidad y con la sociedad? ¿Pueden esos asuntos salir del ámbito de una minoría selecta y trascender a un público amplio?

De manera creciente, una convocatoria tras otra, hemos venido probando que sí, y derrotando al mismo tiempo el pesimismo, que se vuelve prejuicio, de que en Nicaragua la gente no lee ni se ocupa por los libros, y considera la literatura algo ajeno y etéreo, lejano a las preocupaciones de la vida diaria.

Por eso es que esta vez no podía ver sino con una especie de arrobo cómo, en los intermedios de las mesas de conversación literaria, los asistentes se arremolinaban alrededor de los puestos de venta de los libros de los escritores invitados. El paso trascendental de espectador a lector. No es que en cinco años hayamos logrado convertir a todos en lectores, pero hemos ido abriendo puertas.

Hacemos cada año una apuesta, y todas las apuestas tienen riesgos; pero cada vez trabajamos con más certezas, la primera de ellas que hemos ido conquistando cada vez más público. La conversación como gancho para que, si alguien no ha leído el libro de que se está hablando en la mesa, le den ganas de leerlo y salga a buscarlo. Centroamérica Cuenta al fin y al cabo lo que se propone es desatar una cacería de lectores.

Para convertir la literatura es espectáculo la clave está en que el público se sienta atraído hacia conversaciones informales, lejos del formato de conferencias soporíferas, y que en esas conversaciones se toquen temas que demuestran que en los libros de invención no se habla de otras cosa sino de la vida; que las vidas se parecen unas a otras, y que el lector se hallará siempre frente a un espejo en el que puede ver reflejada la suya propia.

Una madre que es novelista, Piedad Bonnett, escribe un libro sobre el suicidio de su hijo, yendo al fondo del dolor de su propia experiencia. Otro, Renato Cisneros, relata en una novela lo que significó para él haber sido hijo de un general represivo del ejército peruano.
La propia vida se hace carne en la literatura, que al fin y al cabo tiene que ver con la intimidad, y también con el entorno: la música, en el diálogo entre el cantautor Hernaldo Zúñiga, el cronista Alberto Salcedo Ramos y el novelista Pablo Montoya; el futbol, del que ha hablado Manuel Jabois; el barrio donde vivimos nuestra infancia, y en ese escenario entró Sandra Cisneros; la crónica como arte literario, y allí estuvo Leila Guerriero. El cine. Varios de los escritores invitados, entre ellos Leonardo Padura, Alonso Cueto y Rodrigo Rey Rosa, han hablado de sus novelas convertidas en películas, y le hemos mostrado al público esas películas.

Y el espectáculo depende también de quienes se sientan a las mesas de conversación literaria. Son escritores de peso, premiados, celebrados por la crítica, y por los lectores en todas partes del mundo. Traemos a los mejores, no sólo porque tienen cartel, sino porque, como buenos escritores, saben conversar con agudeza y con humor, que son parte del encanto de una buena plática entre amigos. Y el público debe sentirse parte de la tertulia.
Una semana entera donde hubo 30 mesas de conversación literaria, y por primera vez nos atrevimos a programarlas de manera simultánea, al lado de presentaciones de libros y proyecciones de películas, mientras, con participantes previamente seleccionados, se desarrollaban los talleres de formación y un festival de literatura infantil.

En todas partes tuvimos público abundante, curioso, ansioso, interesado. Estamos consiguiendo lo que nos propusimos desde el principio: convertir a la literatura en un espectáculo, y hacer que los lectores se multipliquen.

La cultura es precisamente eso, multiplicar.

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7 de junio de 2017
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Maneras de no hacerse viejo

Alguien me pregunta cómo me llevo con las "nuevas tecnologías". Es decir, con el mundo digital. Mi primera reacción, antes de responder, ha sido sonreír con algo de benévola condescendencia frente a mi curioso interrogador. Estas "nuevas tecnologías" sólo pueden parecer nuevas a quien las ve de lejos, o nunca las ha utilizado. Yo empecé a meterme en ellas hace más de tres décadas.

Dejé de escribir a mano desde que tomaba apuntes en las clases de la Facultad de Derecho, pues no tardé en pasarme a las máquinas de escribir mecánicas que sobrevivían en las oficinas públicas como piezas de museo, y luego a las máquinas eléctricas que escribían apenas con un suave murmullo, como la que usé en los años setenta durante mi estancia en Berlín. Pero siempre quería tener a la vista una página perfecta, y cada vez que me equivocaba la hoja iba a dar al cesto de la basura.

Entonces, al comienzo de los años ochenta, cuando en medio de la guerra de los contras el gobierno de Reagan había impuesto un embargo sobre Nicaragua, un amigo me propuso traerme un ordenador de palabras desde Canadá, de contrabando, porque tenía piezas hechas en Estados Unidos, de modo que tuvo que dar una larga vuelta hasta Madrid, para ser embarcada desde allá a Managua.

Llegó la caja donde venía embalada la computadora IBM y sus accesorios, y me hallé frente a un artilugio de propiedades mágicas, como fabricado por las manos mismas del sabio Melquíades. Me dio el amanecer descifrando el manual hasta echarla a andar, y lograr que las letras verdes brillaran en la pequeña pantalla negra, con el cursor que pugnaba inquieto en espera de que presionara la siguiente tecla. Fueron necesarios unos 15 floppies para escribir mi novela Castigo Divino.

Pero aquella computadora primitiva, cuyo lenguaje ya nadie podría hoy descifrar, cambió radicalmente mi manera de escribir. Borrar líneas, suprimir párrafos, trasladarlos de lugar; y esos auxilios de las "nuevas tecnologías", ya para mí tan antiguas, empezaron a reducir el tiempo que antes necesitaba para escribir una novela. Calculo que a la mitad. Y hoy hay que sumar la posibilidad clave de volver sobre los personajes y evitar, como bien puede ocurrir, que uno cambie el color de sus ojos o del cabello decenas de páginas después, ya no digamos los nombres, que es lo menos que puede ocurrir.

Añoro aquellos tiempos en que debía levantarme de la silla a consultar el diccionario, o a buscar un dato en un libro metido en un lejano anaquel de la biblioteca. Pero son nostalgias nada más.

Si un día las computadoras dejaran de existir, algo muy improbable, y las viejas máquinas de escribir no pudieran usarse más, como creo que ya ocurre porque nadie fabrica los carretes de cintas de seda, entonces no dudaría en utilizar la pluma fuente, el bolígrafo el lápiz de grafito. Hasta el cincel, si fuera necesario volver a grabar las letras en piedra. Lo que nunca haría es abandonar el oficio de escribir, porque no es el instrumento el que me condiciona, sino la necesidad de ser escritor, y vivir para serlo.

Y lo mismo debo decir de la lectura. Desde que hace más de diez años mis nietos me regalaron una tableta que ahora me acompaña donde voy, sé que donde la encienda tengo a mano todos los libros del mundo. Soy viejo también en el uso de esta "nueva tecnología". Me encantan los libros verdaderos, hechos de papel, y sigo entrando a las librerías de todas partes del mundo en su busca. Es la primera visita que hago en una ciudad, como quien entra a un santuario, y de vuelta en Managua, ya no hallo dónde ponerlos. Pero puedo leer de las dos maneras, sin dificultades de ánimo, ni mala conciencia. Por el hecho de leer en la pantalla, no siento que esté traicionando a los libros, mis viejos y entrañables conocidos.

Y también están las otras "nuevas tecnologías" en las que me siento como pez en el agua: las redes sociales. Abrí mi página de escritor hace veinte años. Y mis seguidores y amigos en Facebook, en Twitter, son los amigos y seguidores de un escritor y de sus libros, y me siento feliz de poder comunicarme con mis lectores, tenerlos a mano, y que ellos me tengan a mano a mí.

Creo que una de las maneras de no hacerse viejo, es viviendo en el mundo nuevo.

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31 de mayo de 2017
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Nosotros los otros

Este lunes 22 de mayo arranca en Managua la quinta convocatoria de Centroamérica Cuenta, que contará con más de doscientos participantes entre narradores, cronistas, cineastas, académicos, críticos, traductores, ilustradores, libreros, editores y talleristas, provenientes de unos treinta países.

El propósito del encuentro sigue siendo establecer un puente de comunicación de ida y vuelta entre los escritores centroamericanos y sus pares de otros países. Centroamérica "cuenta" porque hay infinidad de historias para ser contadas en su realidad cotidiana y en el imaginario de sus escritores; y "cuenta" porque su cultura tiene un peso propio, que debe ser conocido y reconocido fronteras afuera. Fruto de esta aspiración es que tanto en lengua alemana como francesa, se publiquen antologías de cuentos de jóvenes centroamericanos participantes del encuentro.

Junto a las conversaciones delante del público donde los escritores centroamericanos alternarán con los de otras partes del mundo, se celebrarán talleres que van desde el periodismo narrativo a la novela negra y la narración oral, a la formación de lectores y la traducción literaria. Un ciclo "literatura hecha cine", donde se presentarán películas basadas en novelas de escritores invitados. Un encuentro de literatura infantil, "Contar a los niños". Y presentaciones de libros publicados tanto por editoriales centroamericanas, como de fuera de la región.

Es una convocatoria cada vez más ambiciosa. Centroamérica Cuenta es un lugar abierto de encuentro para hablar de literatura y sus infinitas conexiones con la realidad contemporánea, y que este año dedicamos a André Malraux y Albert Camus. Ambos encarnan el espíritu de la libertad creadora; Camus desde sus reflexiones sobre el intrincando destino de los seres humanos, y Malraux ejemplo cimeros del escritor comprometido, combatiente del lado de la república española, y novelista ejemplar también.

Celebraremos en Centroamérica Cuenta el centenario del nacimiento de Juan Rulfo y de Augusto Roa Bastos, dos escritores de lugares distantes entre sí en la geografía de América, México y Paraguay, que reinventaron nuestra literatura desde el lenguaje, como no hay otra manera de hacerlo.

Hace medio siglo Miguel Angel Asturias, autor de El señor Presidente, otro clásico, ganó el Premio Nobel de Literatura. Y se cumple también el medio siglo de la aparición de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, de quien hablaremos en su doble papel de novelista y de periodista.

En un mundo como el de hoy, donde las peores amenazas contra la convivencia humana provienen de la discriminación, el racismo, la intolerancia política y religiosa, el desprecio a la diversidad, el lema de Centroamérica Cuenta es este año Nosotros los otros. No simplemente la tolerancia, que es una forma pasiva de ver a los demás que no son como nosotros, sino ser, ver, sentir como los otros, encarnarse en ellos, trasladarnos hacia ellos, meterse debajo de su piel, ser nosotros en el otro.

La literatura es capaz de promover este viaje profundo hacia los otros, porque no existe otro territorio más diverso ni más abierto. En la creación literaria cabe todo y cabemos todos, y desde la invención es posible derribar muros. La palabra es el instrumento privilegiado para abrir puertas, comunicar, juntar, concertar, multiplicando las individualidades. Es el viaje desde la cabeza del escritor hacia la cabeza del lector donde la imaginación, que no tiene ataduras, ensaya siempre la libertad. Cada vez que alguien escribe y cada vez que alguien lee, estamos tendiendo puentes y buscando ser el otro, ser todos los demás.

Los otros son los emigrantes forzados a partir en busca del bienestar y la dignidad que en sus propios países se les niega. No Ulises que regresa a su patria, sino Ulises al revés, que deja su patria y a lo largo de una ruta azarosa debe enfrentar peligros inimaginables, a merced de bandas criminales, entre extorsiones, secuestros, y amenazas mortales, por lo que no pocas veces van a parar al fondo de una fosa común antes de haber podido divisar la tierra prometida, un espejismo al otro lado de un muro que pretende ser inexpugnable. La literatura y el arte van constantemente hacia ellos. Vistos en su conjunto, representan un fenómeno social; vistos en sus vidas individuales, su drama entra en el terreno de la literatura.

Y también están los otros que son distintos, y por tanto discriminados y reprimidos, por el color de la piel, por razones de género, por sus preferencias sexuales. La literatura, en su dimensión necesariamente universal, emprende igualmente el viaje hacia ellos, para encontrarlos, y encontrarse en ellos.

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17 de mayo de 2017
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La función ha terminado

Un amigo que ha visto el video donde aparece Nicolás Maduro empuñando una poderosa arma de guerra, de esas de las películas de Van Damme, me explica que se trata de un fusil automático Fara 83. Los sabe porque participó en la guerra de los ochenta en Nicaragua entre contras y sandinistas, que costó más de 30 mil muertos.

Maduro, que aparece sentado en una plataforma móvil, demuestra su ignorancia en cuanto a armas, afirma mi amigo: tiene la mano izquierda colocada en medio de la manivela de recarga, y lo menos que le puede pasar apenas hiciera el primer disparo, es que se lo desgonce el dedo.

Quien desconoce cómo se manipula un fusil que tiene una cadencia de tiro de 750 cartuchos por minuto, puede causar una verdadera mortandad; excepto que sus subalternos le hayan entregado el arma descargada al Comandante Supremo de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Y mientras apunta el cañón hacia arriba, como si buscara aviones enemigos en el cielo de Caracas, dice:

"Estas podemos llevar unas 10.000 o 20.000 a todos los barrios, los campos, para defender el territorio de Venezuela, la patria, la soberanía, junto con otro tipo de armamento que estamos preparando en secreto para poder moverse en los barrios, campos, todos lados". No me culpen de la prosa de Maduro; lo único que hago es transcribir sus palabras enardecidas de héroe de película de guerra.

Para un hombre acosado, que ve como el mundo se desmorona alrededor suyo, estos alardes no deben tomarse a risa. También habló del "derecho histórico de combatir en todo el territorio americano. Nadie nos quitaría ese derecho...retroceder nunca, rendirse jamás".

Esto último, título de una película de Van Damme.

Fusil en mano, amenaza con una guerra total, sin fronteras. Maduro resucita en Simón Bolívar para librar una nueva batalla por la independencia de los países del continente, que nadie le está solicitando. Y además de hallarse bastante pasado de peso como para marchar a la cabeza de sus ejércitos libertadores, eso es algo que sólo puede decir quien ya no tiene control de sí mismo.

Pero eso no es todo. También anuncia que ha aprobado "al ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, planes para expandir la Milicia Nacional Bolivariana a 500,000 milicianos y milicianas con todos sus equipos". El pueblo en armas a las calles, a los campos; y cuando sea necesario, más allá de las fronteras.

Una de las clásicas manifestaciones de la esquizofrenia del poder, es cuando alguien que gobierna, se refiere a sus partidarios como "el pueblo". El pueblo que votó masivamente en contra del partido de Maduro en las elecciones legislativas, y dio a la oposición la mayoría calificada, que hasta ahora le ha sido birlada, no existe.

El pueblo que sale desarmado todos los días a las calles a exigir que le devuelvan sus derechos confiscados, entre ellos el de vestirse, curarse, comer, no existen. Las víctimas mortales de la represión de los paramilitares, tampoco entran en esa contabilidad sectaria de lo que es "el pueblo". Todos ellos son enemigos. Traidores. Millones de traidores.

El único pueblo que vale es el que viste las camisas rojas del Partido Socialista Unido, y aún está por verse si la lealtad entre las filas de partidarios del régimen es tan sólida como Maduro cree, o aparenta creer. ¿La Fuerzas Armada estaría de verdad dispuesta a repartir medio millón de fusiles entre civiles, lo que triplicaría en número a los efectivos militares regulares? ¿Tendrían la capacidad de controlarlos? Ese acto podría significar nada menos que la invitación a una verdadera guerra civil.

En lugar de buscar como desarmar a tantos miles en posesión ilegal de armas, incluidas las que están en poder de las propias bandas del gobierno, delincuencia común más delincuencia política, Maduro anuncia, con extravagante lógica, que apagará el fuego con pólvora viva.
Los muertos en las calles son, hasta ahora, víctimas de las bandas paramilitares, y aunque la Fuerza Armada ha declarado su lealtad a Maduro, eso sólo se sabrá de cierto cuando ordene que las tropas salgan a la calle a disolver a balazos a los manifestantes.

Todas las batallas para Maduro están ya perdidas. La batalla diplomática, la batalla de la opinión pública, la batalla económica, la batalla social, con los antiguos barrios baluartes del chavismo ahora en contra. La batalla en las calles.

Alguien de los suyos debería poder decirle que es hora de hacer mutis por el foro. La función ha terminado.

 

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3 de mayo de 2017
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La historia en las paredes

No sé a quién se le ocurrió bautizar a Daniel Mordzinski como el fotógrafo de los escritores, pero no hizo sino confirmar una verdad muy obvia. Pero si jugáramos a la rayuela con las palabras, como le gustaba a Julio Cortázar, yo diría más bien que Daniel es un escritor fotógrafo, que usa la cámara como si fuera la pluma para escribir y describir cuerpos y rostros, situaciones, momentos, perfiles, rasgos, que deja para la historia con una precisión que asombra, y que serán claves para determinar en el futuro, digamos dentro de un siglo, quiénes eran y cómo eran los escritores de esta traslape de milenio tan incierto, y tan lleno de descubrimientos tecnológicos, pero también de horrores.

Gracias a la iniciativa de Acción Cultural Española, ahora viaja por América una gran exposición de sus fotografías de escritores hispanoamericanos, "Objetivo Mordzinski", En la muestra también hay vitrinas donde se exhiben los instrumentos que a su vez nos cuentan la historia de su oficio: cámaras que son ya verdaderas piezas de museo, rollos de película, tiras de negativos, copias de contacto...todo lo que se llevó el viento de la era digital.

Posar no es la palabra que yo usaría cuando uno se deja fotografiar por Daniel. Cada escritor queda retenido, o congelado, en una circunstancia que él inventa cada vez, siempre lleno de apuro, y entonces esa circunstancia se vuelve extraña y atractiva, y es lo que el espectador verá al acercarse a la foto.

Vamos caminando por una calle de Arequipa, hallamos el portón del convento de Santa Catalina, entramos a una de las celdas de las monjas enterradas en vida, encuentra el ángulo, te coloca donde él ha elegido, y un segundo después oyes que dice sus palabras rituales "gracias señores", y todo se acabó. O en Nicaragua, donde subimos hasta el cráter del volcán Santiago, y la cámara me mira de lejos, rodeado de desolación.

Como en la escritura, las fotos de Daniel son un asunto de invención. Hay que imaginar antes lo que va a ocurrir en la foto, como si fuera una página en blanco. Y los escritores fotografiados deben someterse a un juego imprevisible, cuyos resultados aleatorios sólo él conoce.

Así tendremos a Elmer Mendoza convertido en soldado de Panco Villa, las cananas cruzadas en el pecho; a Héctor Abada Faciolince, a caballo, como un finquero cualquiera de Jericó, en su tierra de Antioquia; o a Juan Gelman tocando el bandoneón como si fuera el mismísimo Troilo acompañando al Turco Goyeneche en el ya extinto Caño 14.

El retrato que le tomó, siendo adolescente, a Jorge Luis Borges, es su foto fundacional. Usó una cámara de aficionado que le sacó prestada a su padre, y lo imagino revelándola, ese misterioso proceso cuyo nombre lo dice todo, revelación, y que pasa ya al olvido, y luego viendo a trasluz el negativo, un Borges en blanco y negro que realza en la oscuridad, igual a la de su ceguera, las manos apoyadas en el bastón que no se ve en el cuadro, pero que la imaginación reconoce como el bastón de Borges.

Empezó en Buenos Aires con ese retrato hace más de 30 años, y luego se fue al exilio en París al llegar la dictadura militar de Videla. Y allá hizo otra foto imprevista a Julio Cortázar, cuando era un principiante desconocido y se atrevió a invitarlo por teléfono a la inauguración de su exposición, a la que el Gran Cronopio, para su sorpresa, asistió.

Y García Márquez vestido de blanco, sentado al borde de su cama vestida también de blanco, en el dormitorio de su casa de Cartagena, vecina al hotel Santa Clara, el antiguo convento donde descubrieron los restos mortales de Sierva María, cuyo cabello no dejó de crecer nunca. De perfil Gabo igual que Borges, Gabo como quien espera en una estación olvidada el tren que va a llevarlo para siempre a Aracataca.

Carlos Fuentes frente al mar y al fondo una palmera solitaria, un mar que sería siempre el mar de Veracruz. Y Mario Vargas Llosa recostado en una cama de hotel, escribiendo a mano a la luz de una vela flauberiana.

Cuando Daniel cuente en un libro la historia de cada foto que ha tomado, será el segundo tomo de su historia de la literatura contemporánea. El primero lo ha escrito ya con su cámara, y en lugar de leerse, puede verse, esos centenares de fotos colgadas en las paredes, como si fueran páginas.

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18 de abril de 2017
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El diablo en el cuerpo

Si alguien quiere imaginar un lugar remoto de Nicaragua, perdido en la incierta geografía de las selvas de la costa del Caribe, no hay mejor ejemplo que El Cortezal. Aquí fue donde literalmente el diablo perdió el poncho.

Y esta historia trata precisamente del diablo. Vilma Trujillo, una joven campesina de aquella comunidad lejana, fue quemada viva el pasado mes de febrero por el pastor de la iglesia Misión Celestial, Juan Gregorio Rocha, y varios cómplices suyos.

La declararon poseída por el demonio: veía visiones, y hablaba incoherencias. La encerraron amarrada de pies y manos en la casa pastoral, y así la mantuvieron durante seis días. No la liberaban ni para hacer sus necesidades fisiológicas, por lo que se defecaba y orinaba encima.

Mientras tanto, en el vecino templo de la congregación, el pastor y los fieles oraban para librarla de Satanás. Entonces, una de las devotas escuchó una voz: había que purificar a la endemoniada en la hoguera. Muy expedito, el pastor mandó a recoger leña. Amarraron a su víctima a un tronco, y antes de que amaneciera la lanzaron desnuda al fuego.

El pastor no cabía en sí de alegría: ‘¡Ya se va a morir y va resucitar! En cuanto se muera la metemos en la iglesia y la vamos a entregar a Dios y va a estar sana", exclamaba. Luego, moribunda, fueron a botarla a una cañada. Las quemaduras habían abrasado su piel y órganos vitales, y nada se pudo hacer ya por ella.

En El Cortezal, donde no hay ninguna escuela, el pastor Rocha era jefe de policía, juez de instrucción y de apelación, exorcista, brujo, director espiritual, carcelero y verdugo. Todos los vacíos del poder del estado y del poder social en aquella remotidad los llenaba él solo. Y, también fungía como juez moral.

Porque Vilma fue quemada bajo acusación de adulterio. Tenía el diablo en el cuerpo y sólo el fuego podía purificar su carne. Uno de los cómplices lo explica: "el demonio que se había apoderado de la mujer era de adulterio...tenía su compañero de vida y cometió error con otro hombre y seguro Dios la castigó de esa manera y se endemonió".

Y el marido de Vilma, Reynaldo Peralta Rodríguez, quien se hallaba haciendo trabajos agrícolas lejos de El Cortezal mientras duró el auto de fe, lo confirma: "Para mí, mi mujer no estaba endemoniada, lo que le hicieron fue una brujería, porque ella tomaba un remedio que le dio un hombre que la había violado y desde que comenzó a tomar eso cambió un poco conmigo".

Bajo el manto oscuro del fanatismo religioso los jueces morales abundan, sean analfabetos o letrados. El demonio de la concupiscencia tiene preferencia por el cuerpo de las mujeres "locas de su cuerpo", que pagan su delito moral en las hogueras en la edad media, como Vilma, o llevando la A de adúltera cosida al pecho, como en la sociedad puritana de Nueva Inglaterra en el siglo diecisiete. Es lo que narra Nathaniel Hawthorne en La letra escarlata, la historia de Hester Prynne, obligada a proclamar ella misma su pecado exhibiendo aquella señal infamante.

El Cortezal no es más que un escenario primitivo de la represión social que sigue viva en América Latina contra las mujeres trasgresoras. Y el demonio continúa siendo el terrible pretexto de la represión contra las mujeres, que son las que abundan en ese imaginario perverso. De hombres quemados vivos por pecados de la carne, son pocas las noticias.

Uno de los jerarcas de las Asambleas de Dios, a la que pertenece la iglesia Misión Celestial, declaró que en el aquelarre se dio una "intervención demoníaca" y la situación se salió del control de los inquisidores rurales; el pastor Rocha carecía de "conocimientos teológicos" y su ingenuidad lo privó de buscar ayuda o asesoramiento de parte de un líder cristiano.

¿Qué clase de asesoramiento necesitan unos fanáticos, extraviados en la ignorancia, para sacarle el diablo del cuerpo a una pobre mujer indefensa? Para otro de los pastores de la congregación, "lo que ocurrió ahí fue un exabrupto, un manejo inadecuado de la situación".
Y uno más dice que la intención del pastor de la hoguera y sus cómplices de asesinato "era buena". Sin embargo, "al inmiscuirse la extraña voz, el resultado fue la muerte." Un error de interpretación.

La extraña voz. La voz que ordenó quemar viva a Vilma Trujillo. A través de los siglos, la ignorancia de analfabetos y letrados sigue oyendo esa misma voz.

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22 de marzo de 2017
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Mitades indisolubles

Volando hacia el oeste desde Houston en el pequeño y apretado Embrair, el desierto parece prolongase hasta el infinito, la sabana de arena y los matojos secos que se van sucediendo como si el paisaje árido se copiara a sí mismo en espejos calcinantes. Voy hacia El Paso, situado en una esquina donde se acaba Texas y la raya divisoria enseña que comienza Nuevo México, para hablar en un congreso de literatura organizado por la sede local de la universidad estatal.

Pero la cuña debajo es el estado de Chihuahua, arena desolada también, mientras el río Bravo, como figura en los mapas de Estados Unidos, o río Grande, como se llama en los de México, discurre entre ambos países de manera casi invisible, a veces pequeños charcos, a veces un hilo de agua entre las piedras. Es en otros trechos de su extenso curso donde los inmigrantes clandestinos buscan atravesarlo a nado, los morrales a la espalda.

A lo largo de los más de 3 miles kilómetros de frontera hay poblaciones a ambos lados que se aproximan, desde San Diego y Tijuana en el Pacífico hasta Brownsville y Matamoros en el Atlántico, pero en ninguna parte como aquí se trata de la misma ciudad dividida en dos mitades, el antiguo poblado de El Paso del Norte, que en tiempo fue uno solo: de un lado El Paso tejano, provinciano y apacible, del otro Ciudad Juárez, feroz y multitudinaria.

La amiga profesora universitaria que me acompaña en este recorrido a lo largo de la cerca de acero que aparece y desaparece, y a veces es doble, con un espacio intermedio para los vehículos de las patrullas fronterizas, me dice que ella es de los dos lados, y nunca podrá dejar de serlo. Vive y da clases en El Paso, sus padres residen del lado mexicano, y hoy asistirá al concierto de José Luis Perales en Ciudad Juárez.

Estudiantes y trabajadores cruzan los accesos peatonales para ir y volver cada día. "Son mitades indisolubles", me dice, mientras continuamos este extraño recorrido turístico. He querido ver dónde es que Trump intenta construir su muro, pagado, según se ufana, por los propios mexicanos.

Según él, costaría 8 mil millones de dólares. Y calcula que deberá tener entre 10 y 12 metros de altura, equivalente a un edificio de cuatro pisos, "para que sea un muro de verdad". ¿Y cómo lucirá ese muro? "Lucirá bien, tan bien como pueda lucir un muro", responde con implacable lucidez. De todos modos, un poco más modesto en extensión que la muralla china, con sus 21 mil kilómetros; más baja, sin embargo, que el futuro muro de Trump, pues aquella se eleva apenas 7 metros.

El muro de Berlín no corría muy largo, lo suficiente para mantener prisioneros a los habitantes de una mitad de la ciudad, 125 kilómetros de perímetro, con una altura de apenas 3.6 metros, puro hormigón armado. Un muro para no dejar salir a la gente. El de Trump será para no dejar entrar, igual que la muralla China, destinada a impedir el paso de las hordas de mongoles y manchurianos. Inmigrantes mexicanos y centroamericanos, he allí las nuevas hordas que ahora se toparán en medio del desierto con esa alta pared, lisa, inexpugnable.
Para los amigos residentes en El Paso, mexicanos y latinoamericanos de origen, como la profesora que me acompaña a la excursión, el tema inagotable es el muro de Trump.

Para unos es más bien que físico, ideológico. Un muro construido en la mente. Un muro que excluye, que discrimina, y que se articulará a través de un conjunto de decretos, leyes y medidas administrativas para contener la ola migratoria, y a la vez para buscar como expulsar al menos una parte de los 11 millones de inmigrantes ilegales.

Para otros, se trata de algo imposible, que se quedará en la mente de quienes se aferran a la nación blanca, incontaminada de inmigrantes latinos pobres. Expulsar a tantos millones de ilegales sería una empresa absurda, para la que no darían abasto los 15 mil nuevos agentes de migración que Trump ha ordenado contratar.

Pero estos son otros Estados Unidos, sin duda. No se trata sólo de los inmigrantes, sino de las libertades públicas, de los derechos civiles, del temor a una autocracia.

¿Una autocracia en Estados Unidos? Mis amigos universitarios asienten, ensombrecidos. Ven el peligro cernirse sobre sus cabezas, y tienen la esperanza de que la gente, apoyada en las instituciones, resistirá cualquier embate autoritario.

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8 de marzo de 2017
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Música, maestro

A la memoria de Francisco Gutiérrez, Pancho Mambo.

La periodista Yamlek Mojica de la revista Niú me hizo a quemarropa una serie de preguntas sobre los gustos musicales de mi vida, que siento no pude absolver de la mejor manera. Frente a la metralla, que no deja lugar a meditaciones, y sobre todo si las respuestas además de instantáneas deben ser tan cortas como un twitt, uno no puede evitar pensar con posterioridad en lo que mejor pudo haber dicho. Es lo que pasa cuando alguien pierde una discusión, que luego imagina las contestaciones filosas y brillantes que hubieran enmudecido al adversario. Demasiado tarde.

Además, creo que la foto de Carlos Herrera, que es muy buena, no me favorece en el contexto. No parece que estoy diciendo que el Mambo No.5 de Dámaso Pérez Prado me transmite electricidad, como sigue siendo cierto aunque sea menguado para el baile, sino que más bien tengo aire de meditar sobre la filosofía de la existencia y la trascendencia del ser.

De manera que esta tarde tranquila del sábado, frente al silencioso verdor de mi ventana, me corrijo y aumento: cierto que la primera canción que recuerdo de mi infancia es Dos Gardenias, cantada en las victrolas por Daniel Santos.

Me sigue pareciendo de una humilde poesía de imágenes certeras: que las dos gardenias se marchiten porque han adivinado la traición amorosa, es un acierto romántico. La compuso una mujer, la cubana Isolina Carrillo en 1945, y se la dio a cantar primero al que sería su marido, el barítono Guillermo Arronte. Tan imperecedera que hoy ha llegado hasta la voz de Diego El Cigala.

Eran los pesados discos de pizarra de 33 RPM, antes de la aparición de las roconolas con los discos de vinilo de 45 RPM. En ellos estaba también la voz de Silvana Mangano que cantaba con voz ajena la samba El negro zumbón, sacada de la película Anna, de Alberto Lattuada, donde también la baila. De belleza perturbadora, se la llamaba simplemente "la Mangano".

Pero también recuerdo de las victrolas el tango Tomo y obligo, en la voz de Carlos Gardel, cuya imagen relampagueaba en las imágenes en blanco y negro de la película Luces de Buenos Aires. Allí lo canta en un boliche rodeado de bebedores amanezqueros. En la oscuridad del cine Darío, que olía a orines y maní tostado, todo el mundo guardaba respetuoso silencio porque Gardel era un héroe popular. A un carpintero del pueblo, las uñas manchadas de maque, le decían Canejo gracias a la frase de ese tango: fuerza Canejo, sufra y no llore, que los hombres machos no deben llorar...

Había muy pocas victrolas en Masatepe, y una de ellas pertenecía a Remigio Sánchez Brenes, el padre de Roberto Sánchez Ramírez, el primero en aparecer con las novedades en el pueblo. Era una victrola portátil, que se guardaba en un estuche en forma de valijita.

Allí escuché, una y otra vez, En un bosque de la China, cantada por Germán Valdés, Tin Tan, que en sus películas aparecía siempre al lado de su "Carnal" Marcelo. Esta canción, de letra picaresca e ingeniosa, fue compuesta por el argentino Roberto Ratti, como un foxtrot, y llegó a ser un tango en la voz de Hugo del Carril.

La Sonora Matancera dominó evidentemente mi juventud universitaria. Uno de sus solistas era Bienvenido Granda, quien se parecía a Rigoberto López Pérez y por eso halló cabida en mi novela Margarita, está linda la mar, al lado de Juan Legido, de Los Churumbeles de España, célebre orquesta también, a la que me tocó ver actuar primero en el Teatro Salazar de Managua, en el esplendor de su gloria, y años más tarde en el Cine Orión de León, ya disminuida y descalabrada, rumbo a su desaparición.

El Mambo No.5 de Pérez Prado, claro. Pero también el otro suyo, Patricia, que Federico Fellini escogió para el desolado e inolvidable final de la Dolce Vita.

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1 de marzo de 2017
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Cada quien su propio instrumento

Misha Dmitri Tippens Krushnic resulta demasiado complicado de retener o pronunciar, y no sirve para una estrella de la televisión; de modo que debemos hablar de Misha Collins, el actor de la serie Supernatural, donde interpreta a Castiel, un ángel benefactor que tampoco tiene reparos en matar inocentes.

No conozco a Misha, aunque un día espero hacerlo. Una vez hace 15 años vino a Nicaragua con un grupo de voluntarios, entre ellos su padre, que traían la misión de dotar de un laboratorio de computación a una escuela de secundaria para adultos en San Juan del Sur, un puerto turístico del Pacífico. La escuela había abierto sus puertas ese mismo año.

Ahora Misha tiene una fundación llamada Random Acts que ha donado los fondos para levantar el primero de los edificios de esta escuela que antes andaba posando en casas alquiladas, o buscando aprovechar las horas muertas de las escuelas públicas.

Se trata del Instituto Libre para Adultos, fundado por iniciativa de dos mujeres fuera de serie, Rosa Elena Bello, nacida en el propio puerto, y Margaret Morganroth, quien llegó a finales de los años ochenta, los años de solidaridad con la revolución, a crear una hermandad entre Newton, Massachusetts, y San Juan del Sur.

El instituto, sin ninguna clase de apoyo estatal, admite estudiantes que generalmente no tienen cabida en el sistema educativo público: adultos fuera de la edad escolar, madres solteras, jóvenes embarazadas, empleadas domésticas, pescadores, vendedores callejeros, peones agrícolas, que quieren salir del túnel de la pobreza. Muchos de ellos viven en zonas lejanas, y son capaces de viajar kilómetros, cruzando ríos a pie, o a lomo de bestia, para asistir a las clases, como lo han hecho hoy para estar presentes en la inauguración del edificio.

He sido invitado por Margaret para hablar en la ceremonia de inauguración. Y el tema que he elegido es para mí una especie de parábola, la del solista y la orquesta.

Empiezo diciendo que el nuestro es un país de contrastes, porque cuando Rubén Darío nació en 1867, las guerras civiles y las pestes habían despoblado Nicaragua dejándola reducida a 150 mil habitantes, como resultó del censo que mandó a hacer el presidente Tomás Martínez, quien, preocupado de que los nicaragüenses fueran tan pocos, ordenó aumentar 100 mil almas más. Ya antes había mandado cambiar la Constitución Política para poderse reelegir, viejo vicio del que aún parece no haber cura.

Había sólo 92 escuelas de primaria para varones en todo el país, y 9 escuelas para niñas, y ya podemos imaginar la tasa de analfabetismo. Ni se publicaban ni se importaban libros. No había tampoco bibliotecas públicas.

Rubén Darío es el solista que no tiene orquesta. La palabra solista viene de solo. ¿La orquesta completa, dónde estaba?  Nacía un poeta capaz de transformar la lengua desde el traspatio, mientras la oscuridad de la ignorancia y del atraso seguían sin disiparse en un país rural, como lo sigue siendo ahora.

Si una sociedad tiene una orquesta completa, entonces cada quien será ingeniero, arquitecto, constructor de carreteras, de presas, biólogo, matemático, médico, enfermera, químico, especialista en computadoras, inventor de programas digitales, traductor, artista, escritor, actor de teatro, director de cine.

Una de las primeras mujeres que entró a estudiar en el Instituto Libre aseaba los baños en el Centro de Salud del puerto. Se bachilleró y luego se graduó de enfermera profesional. Tenía un instrumento que tocar, en una orquesta muy incompleta.

No hay buenas orquestas con músicos que tocan de oído, desconocen los instrumentos que tienen en sus manos, o son incapaces de leer una partitura. Y no se puede improvisar. Antes de presentarse en público, una orquesta ensaya. Cada quien ha estudiado el papel que tiene colocado en el atril.

¿Cuántos ingenieros químicos se han quedado de carretoneros? ¿Cuántos que hubieran podido descubrir una vacuna en un laboratorio se han quedado cargando sacos? ¿Cuántas mujeres que pudieron ser cirujanas capaces de trasplantar un corazón, un hígado, se quedaron en la cocina, soportando los golpes y los abusos de un marido borracho?

Pero no tendremos orquesta mientras sigamos a la cola. En un estudio de la UNESCO sobre educación primaria, Nicaragua ocupa el puesto 13 entre 15 países. No habrá orquesta mientras los niños asistan a clases sentados en el suelo, o mientras un solo maestro, en la

Y sin la orquesta completa, la democracia tendrá poco sustento.

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22 de febrero de 2017
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Los jueces de Caifás

Apenas he sabido este domingo que Ernesto Cardenal ha sido notificado por medio de una cédula judicial que debe pagar 800 mil dólares en un proceso que le inventaron hace tiempo, cruzo la calle para irlo a ver. Somos viejos vecinos.

Esta casa es el único bien que Ernesto posee sobre la tierra, y nunca ha querido más. Cuando los jueces la subasten, no servirá de mucho para abonar esa deuda de inquina y odio que le cobran. No servirá que sepan que por su puerta entraron un día Günther Grass, Graham Greene, García Márquez, Julio Cortázar, Harold Pinter.

Es la misma casa donde ha vivido por casi cuarenta años, desde el triunfo de la revolución, y desde hace tiempos necesita una mano de pintura. Adentro lo que hay es penumbra, las mismas mecedoras de mimbre en la sala, y en las paredes las fotos desleídas de los muchachos de Solentiname, hijos espirituales suyos, que cayeron en combate o fueron asesinados en las cárceles de Somoza. Y unas cuantas esculturas, cactus, garzas, peces, armadillos, en las que sigue trabajando a sus 92 años, y que son su principal fuente de ingreso.

Entro a su dormitorio conventual. Un catre de monje, otra mecedora, un estante de libros. Por la ventana se mira el verdor del patio. Lo encuentro sentado en el borde de la cama, donde hace sus meditaciones, la primera de ellas a las cuatro de la madrugada. Ha sido fiel con lo que cree, y la pobreza lo acompaña.

Cuando vengan los jueces de Caifás con sus tasadores oficiales a levantar inventario de lo que hay en esta casa para confiscarlo todo, encontraran muy poco. Los mismos viejos muebles, sus libros en los estantes, esos sí, muchos, pero que seguramente no servirán a la voracidad de quienes quieren despojarlo por venganza. Tirria, decimos en Nicaragua. Le tienen tirria por ser tan grande y por hablar tan alto, por no callarse nunca.

Recuerdo a los jueces de Caifás, porque recuerdo su poema de Gethsemani, Ky:

Es la hora en que brillan las luces de los burdeles
y las cantinas. La casa de Caifás está llena de gente.
Las luces del palacio de Somoza están prendidas.
Es la hora en que se reúnen los Consejos de Guerra...

Al poeta más grande de Nicaragua le han notificado la sentencia condenatoria, urdida a medianoche, por medio de cédula judicial, como a alguien que no tiene domicilio conocido. El juez que lo ha condenado va a ordenar que lo saquen de esta casa para entregarla al demandante inventado por el poder que quiere humillarlo. Ninguna otra cosa puede esperarse. La pretensión es dejarlo en la calle.

No hay más, poeta, le digo, son unos pocos pasos, se viene para mi casa con sus cuatro bártulos, y sus libros, si es que no le secuestran sus libros. Tulita mi mujer estará feliz de recibirlo. Imagínese lo bien que la vamos a pasar, conversando.

Eso sí, agrego, prepárese para una gran disputa, porque serán miles en Nicaragua los que querrán llevárselo a vivir con ellos también, un honor así no pasa tan fácilmente desapercibido, como no pasa desapercibida esta injusticia colosal a la que lo someten los jueces de Caifás.

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15 de febrero de 2017
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El Boomeran(g)
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