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Del traductor de Google a la ebriedad de una máquina-poeta

Por 10 de enero de 2022 Sin comentarios

Víctor Gómez Pin

Hace sólo unos años, cuando se viajaba  a un país cuya lengua es desconocida, un buen consejo era aprender unas cuantas frases elementales relativas a la vida cotidiana. Así, si preguntabas dónde estaba la parada de autobuses, lo más probable es que de la respuesta no te enteraras, pero al menos habías dado un primer paso. Si se trataba de un país como Grecia en el que la dicción de las personas de habla castellana es bastante similar podías por así decirlo dar el pego. Si pedías un vaso de vino blanco en un bar,  el problema surgía si en lugar de servirte  directamente el camarero preguntaba  por tu preferido en un abanico de blancos y tintos,  pero en fin…

Hoy todo este esfuerzo por introducirte  en el universo lingüístico del otro es inútil. Si llegas por ejemplo a Pekín y preguntas torpemente por la estación de metro, tu interlocutor, sobre todo si es joven, sacará el smartphone, para que introduzcas la pregunta que la máquina traducirá al mandarín (si es el caso) y te dará la respuesta en tu lengua.

Animados por estos hechos hoy tan cotidianos los legos podemos caer en la tentación de estimar que con instrumentos maquinales más sofisticados  estaría resuelto el problema de la traducción de textos científicos, por sutiles que fueran; se piensa incluso  que las máquinas pueden llegar  a tener capacidad de traducir narración o poesía.  Un paso más y (guiados ya por una suerte de hybris) se apunta a la creación por esa  máquina  inteligente  de una composición musical, una obra pictórica que responda  a un determinado estilo, o  un poemario que un humano no sabría distinguir del realizado por un congénere.  ¿Cabe pensar que  una de estas entidades maquinales, cuya modalidad de aprendizaje aceptaríamos provisionalmente que es similar a la de un científico, está ya en condiciones de emular la tarea de un poeta,  un músico o un pintor? Evocaré al respecto  una anécdota:

En una sesión reciente de Jakiunde (Academia Vasca de Ciencias, Letras y Artes) en la que  académicos de diversas disciplinas reflexionaban sobre el creatividad y las condiciones que la favorecen  o dificultan, uno de los ponentes mostró en la pantalla imágenes forjadas por entidades artificiales que parecían tener las características de una obra de arte, algunas de ellas evocadoras quizás de pinturas de Dalí. Pues bien, otro  de los participantes, conocido artista plástico, se alzó denunciando la  falacia que supondría el considerar como arte aquellas imágenes, que calificó literalmente de cutres.

Por lo furibundo de la reacción  entendí que no estaba  designando aquello como  arte “malo”, sino como  algo que nada podía tener  que ver con el arte. Otra cosa es que  esta (a mi juicio bien fundada) denuncia de una monumental confusión hubiera sido suficientemente argumentada,  es decir, que el mencionado artista hubiera llegado a exponer las razones conceptuales de su certeza. Creo que ayudaría en la tarea el  tener  en cuenta la tripartición kantiana de la razón, tantas veces aquí  evocada.

Pues aun suponiendo (¡y es mucho suponer!) que un ente que no se da en la naturaleza inmediata, un ente que exige  directa o indirectamente la intervención  del hombre (pues eso significa en última instancia el término  “artificial”) pudiera ser capaz de un aprendizaje científico, ateniéndose meramente  a esa capacidad suya,  no  puede inferirse que ese ente sería también capaz de dar lugar a una obra de arte.

Pero es que ni siquiera hay seguridad de la premisa, seguridad de que entidades maquinales sean capaces de conocimiento científico en el sentido cabal de la palabra “ciencia”, que implica no sólo capacidad de descripción y previsión sino también capacidad de explicación. Para llegar por sus pasos a este tremendo problema, empezaré en la próxima columna  por algunas consideraciones sobre lo que cabe y no cabe atribuir a una máquina, haciendo comparación con las  etapas a las que es susceptible de acceder el espíritu humano, a saber, experiencia, conocimiento técnico, conocimiento científico y actividad artístico-creativa.

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Víctor Gómez Pin

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO. Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

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