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La epidemia del azar

Por 25 de octubre de 2010 Sin comentarios

Vicente Verdú

La ausencia de apoyos en los que fundamentar la vida, tener orientaciones de lo bueno o lo malo, saber ver el mundo a través de un cañamazo de verdad se padece en casi todos los ámbitos. La razón más socorrida para explicarlo es la velocidad. Todo se hallaría sometido a una visión rápida  y a una observación efímera de cuyos efectos solo cabe obtener confusión. Insuficiencia para ver lo que pasa mientras pasa a tal velocidad que se desfigura o se oculta. 

Con esta velocidad que va acentuando la sucesión de fotogramas morales y reales, frente a la relativa permanencia de los valores nace, reactivamente, la relatividad de todo valor porque así acaba siendo su naturaleza.

Como efecto de la velocidad en los cambios de  la tecnología o la ciencia, la incompresión de la superfinformación, la belleza de lo superfeo o el placer extremo de lo que fuera repudiado nos vemos abocados físicamente a  la asunción del desorden. No lo entendemos como estructura, lo asumimos como fórmula o jaculatoria. Aceptamos este caos de forma  improvisada e insegura, digamos que pasajera puesto que sería irresistible suponer que esta ausencia de guía continuará sin fin. La familia que se reestrura o se estructura de otro modo arrasa el modelo que nos proporcionaba claridad en la opinión, la sexualidad que se descompone, la política que se hunde o se corrompe, la falacia que habla desde la propaganda a la publicidad generan un magma del sí y el no en cuya ambivalencia nos desgarraríamos. La alternativa es la alternancia, la solución es la confusión. La confusión como forma de vida, la confusión como forma de arte, la confusión, como práctica para sobrevivir en lo que podría ser peor.

Este  reino posmoderno y audiovisual donde con tanta coherencia  se intercambia la verdad y la mentira, lo visto y lo no visto, la visión de lo invisible y la invisibilidad de la manipulación conduce finalmente a una postura en que el mismo caos es recreativo y el desorden una excitante moda del orden.

El recreo es lo contrario a la disciplina y la disciplina es lo correspondiente al rigor. Y ¿quién puede decir que esta época sea rigurosa o incluso medianamente rigurosa? La debacle económica se inserta en el panorama general de la ausencia del valor. No hay valor o no es igual a la certidumbre. Más bien, al revés, todo lo que ahora posee valor puede arruinarse en el momento siguiente. Ocurre lo mismo con la verdad política: todo lo que tajantemente se sostuvo en una declaración solemne se flexibiliza al punto de descaracterizarse para hallar el  provechoso pacto con el rival. Las ideas se han vuelto de cera con tal de formar un sebo eficaz para los nuevos fines, ya sea mercantiles a secas o mercantiles con recreo. La fusión de una u otra opinión distintas, sostenidas aisladamente por verdaderas por sus adeptos se mezclan  en el lazo, obviamente impuro, del consenso y  su guisado, donde ambas desaparecen.

La idea fija, la fe de hierro, la obra maestra han dejado de ser elementos convenientes para vivir con cierta serenidad en nuestro tiempo. Más bien, en busca de un sosiego inteligente, se trataría de adoptar una actitud abierta, flexible, elástica, cerúlea para que el sujeto y su objeto se relacionen de la forma más pacífica. Y saludable. Ni la paternidad, ni la divinidad, ni la historia, ni el trabajo, ni la originalidad creativa,  las clases sociales, los curas, el progreso o el Estado pertenecen a la lista de asideros que, dentro de unos límites, parecían protegidos del  delirios y la fuerte epidemia del  azar.

 Más que calificar  lo voluble de  deshonroso, la veleidad ha alcanzado un rango especialmente apreciable en la tarea de  entender el discurrir de la época. Y esto, además, podría  resumirse en el hecho supremo de la hipervelocidad porque como  consecuencia de ella, sobrevenida en la reciente evolución del mundo, lo esencial es demasiado pesado para circular deprisa  mientras lo circunstancial es el convoy  más apropiado para  deslizarse sobre las incidencias volátiles.

Pero no sólo incidencias menores, aunque sean volátiles, sino incidencias y accidentes grandes de carácter terrorista (bélicas o económicas) que alteran súbitamente el sistema y ponen en cuestión la seguridad de su anclaje. Creer hoy en algo estable es perder el tiempo o haberse extraviado como un pánfilo que no ha advertido el cambio de estación. El arte es muy representativo de la veleidad contemporánea porque su valor hace años que no se apoya literalmente en nada que lo corrobore esencialmente. ¿El precio del mercado es su valor? Pero esto ya sería mucho. Sería, al menos, un valor comercial, contabilizable en dinero y descriptible por fuerzas reales de oferta y demanda. Sin embargo nada es ya así, artísticamente hablando. La  inestabilidad forma el núcleo de la cotización y  la hace deliberadamente sospechosa, esa cotización se excita del caos que deniega incluso el valor mercantil de la obra, supuestamente de arte. Supuestamente y no ciertamente puesto que sería inadmisible e inconsecuente que el aprecio hallara la posibilidad de algún apoyo real. Por antonomasia la obra debe poseer una naturaleza indefinible, insostenible, especulativa, propicia para eludir cualquier fijación.

Las monedas suben y bajan, los valores financieros  se agrandan o se arruinan en una espiral de incertidumbres, desconfianzas, audacias, trampas, delitos y miedos globales. Y no estos factores considerados como efectivos negativos ni  como fenómenos que adulteran el mundo del mercado sino como factores -ni positivos ni negativos- que configuran el universo de la actualidad.

De este desorden se generan escombros, pedazos de caos pero, sobre todo, se gesta un sistema que fabrica con dureza, gran intensidad y terrible velocidad verdugos y víctimas. Y víctimas -humanas o no- que no deben considerarse tampoco ahora como excrecencias o desechos del sistema sino como materia prima para el reciclaje del mismo sistema, combustibles para la siguiente jugada posible en la ausencia de orden, ausencia de postes, mojones, balizas o árbitros que tracen, aún superficialmente, el camino para seguir vivos sobre la insoluble ciénaga de la mentira y la verdad.

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Vicente Verdú

Vicente Verdú, nació en Elche en 1942 y murió en Madrid en 2018. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y fue miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribía regularmente en el El País, diario en el que ocupó los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003), Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005), No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009). Sus libros más reciente son Enseres domésticos (Anagrama, 2014) y Apocalipsis Now (Península, 2012).En sus últimos años se dedicó a la poesía y a la pintura.

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