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La belleza de la juez Ayala

Por 11 de febrero de 2015 Sin comentarios

Vicente Verdú

Lo sagrado se junta con lo profano, lo bello se acerca a lo siniestro, la ley se intercambia con el crimen, el robo copula en la panza de los ricos y hasta los sindicatos obreros hurtan dinero a sus afiliados. Ahí, aparece la figura de la juez Ayala.

Es posible que se la olvide  años después pero hoy se erige en la espada más enhiesta y acendrada. La figura de esta mujer que milagrosamente  no pertenece al territorio de la herrumbrosa justicia ni a los pringosos  suelos de sus  juzgados es como una estética divina.  No se trata, pues,   de una cuestión judicial o política más.  Si la juez Ayala aparece ahora en estas páginas de cultura obedece  a que su estampa calca antes los eviternos s cuadros renacentista que la garrulería de alrededor. La juez Ayala no habla,  no presenta un pliegue en su rostro,  no dirige la  pupila alrededor. Va hacia el juzgado  como un esquife con la proa  baldeada y afilada. Una circunstancia  que ella despeja aún más alzando una mano para apartarse el peinado de la frente. 

Pero ¿qué piensa o siente este prodigio femenino de la impavidez? Sus enérgicas actuaciones no parecen efecto de una intrincada reflexión ni de  consideraciones complejas. En ella parece  todo liso, inmediato, natural.   Casi todo evoca  una obra de Botticelli donde se muestra  sutilmente su misión simbólica. De esa naturaleza plástica  es Mercedes Ayala.  Un rostro que captan las fotografías periodísticas pero que, enseguida, se incorporan a la belleza del bien y el mal.

¿El Bien o el Mal? De qué naturaleza es esta juez impenetrable. Su apariencia,  permanentemente inaugurada con un vestido diferente,  arrastra la maleta de los pecados, Y ello viene a presentarla como un ángel exterminador que si de una parte trincha el corazón del Mal de otra convierte su impulso en un bocado bienhechor. 

Ni sus vestidos, ni su cutis, ni su peinado, ni sus medias, ni sus reglados  pasos hacen posible asimilarla a cualquier otro  empleado de la nómina judicial. Incluso no parece  que cobra un sueldo bruto puesto que cada una de sus apariciones sevillanas, en un traveling de cincuenta metros,  la define  como una criatura subvencionada por el más allá.

 ¿Cruel? ¿Dura? ¿Eminente? ¿Independiente? La estética simbólica de la juez Ayala llegará al porvenir.  Ella constituye, de una parte, el personaje opuesto al  entorno mucilaginoso y, de otra, la convierte en el centro  escalofriante de una justicia ejemplar.  Ni mercedes, ni ignominias.  La juez Mercedes Ayala corta el cuerpo  juzgado, ERES o SERES  como una misiva imponente desde el más allá.

Aquí o en Sevilla van cayendo imputados como efecto de su recta divinidad. No son condenados todos pero se hallan masivamente señalados no por un juez común sino por un personaje luminoso en el sombrío panorama judicial

 ¿Cómo lo hace Mercedes Ayala? ¿Cómo consigue poseer un armario tan extenso para comparecer siempre como de estreno? Diferentemente ataviada pero siempre impertérrita y bruñida,  la juez Ayala marca un antes y un después de la roñosa judicatura nacional.

Allí se halla la bardoma, el compadreo, los legajos dispuestos junto al retrete. Con ella se hace la luz de Avón o L´Oréal. Y en esto se incluye todo: su verticalidad de vela, su cutis de mar, su estado celado que  estéticamente anonada las marrullerías del prevaricador.

En suma, no todo iba a ser excrementicio en esta crisis de sucios sinvergüenzas. La belleza y el talante  de Ayala será, acaso, irrepetible pero más razón para contemplarla como una aparición pictórica de lo mejor de lo mejor.   

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Vicente Verdú

Vicente Verdú, nació en Elche en 1942 y murió en Madrid en 2018. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y fue miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribía regularmente en el El País, diario en el que ocupó los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003), Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005), No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009). Sus libros más reciente son Enseres domésticos (Anagrama, 2014) y Apocalipsis Now (Península, 2012).En sus últimos años se dedicó a la poesía y a la pintura.

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