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Filosofar en el taxi

Por 7 de enero de 2010 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Vicente Molina Foix

He pasado miles de horas metido en taxis, y lo que me queda, siendo yo un ciudadano desprovisto de coche (aunque con buenas piernas). En general los encuentro acogedores y desde luego muy útiles, siempre que no se haya de cruzar la ciudad de punta a punta en una hora ‘idem’. He de decir, sin embargo, que el hecho de ser un usuario fiel y constante de este servicio público en manos privadas no me hace un incondicional del mismo. No voy a incurrir aquí en el tópico de la higiene y la inclinación derechista, vía radial, de sus conductores; el olor a tigre humano sigue existiendo a veces en invierno, cuando las ventanillas están cerradas, y la COPE se oye con frecuencia en los trayectos, cosa que a mí, todo hay que decirlo, me produce un efecto agridulce: me horroriza lo que oigo en sus tertulias mientras voy recostado en el asiento de atrás, pero así me entero de que España, la otra España, sigue vociferante y tiene su público, no todo él pegado a un taxímetro.

      Pero el tópico se ha quedado rancio. Muchos taxistas oyen la SER, van perfectamente aseados o llevan artilugios odorizantes en su vehículo, con un efecto invernadero tropical bastante embriagador en estos días de frío polar. Y yo me he encontrado, más de una vez, taxistas, hombres y mujeres, con una cultura, literaria sobre todo, muy por encima de la media. Una vez tuve que señalarle al que me conducía a la Terminal 4 de Barajas que, por mucho que se supiera el camino, dejara de leer mientras llevaba el volante. El hombre se extrañó (me había reconocido como novelista al entrar), cerró el libro en el atril que se había instalado ‘ad hoc’ y me hizo caso, confesándome a continuación que se había leído la obra completa de Dostoievski sólo haciendo el trayecto desde su parada habitual en la Puerta del Sol a la T-4.

    La disputada Ley Ómnibus que el ayuntamiento madrileño quiere aplicar al sector, siguiendo directrices europeas, es, como tantas leyes actuales en nuestro país, una mezcla de ordenancismo severo y liberalidad salvaje. Según su articulado, el ayuntamiento va a meterse en la camisa de once varas de cómo han de vestir los conductores de estos vehículos, prohibiendo que usen chanclas y pantalones cortos. No a todos los taxistas les sienta bien la ropa deportiva, estamos de acuerdo, pero ahora que hay muchos hijos (y nietos) puestos al volante por la necesidad, sería de hipócritas negar que un escote generoso o una corvas bien torneadas pueden alegrar la carrera al cliente.

       Más adecuada me parece la propuesta de que los taxis no bajen bandera hasta llegar al domicilio que ha solicitado su servicio, así como que acepten el pago con tarjeta de crédito: el taxi en Madrid se ha puesto muy caro, y no siempre uno lleva tanto dinero suelto en el bolsillo. Tampoco estaría mal, aunque esto no lo contemple la Ómnibus, que sus directivos mostrasen cierta misericordia con el usuario. A mí me han bajado los sueldos de ciertos trabajos regulares que constituyen mi ganapán habitual, y algunos propietarios de inmuebles han revisado a la baja los precios de los alquileres mientras dure este período de vacas locas enflaquecidas. Pero nuestros imprescindibles taxistas no quieren ni oír hablar de una reducción de tarifas, que han ido subiendo imparablemente cada año y acaban de subir de nuevo el 1 de enero.

     He leído unas declaraciones de Don José Luis Funes, presidente de la Gremial del Taxi, que me han llenado de estupor. Este señor, pese a su apellido, no debe de ser nada memorioso, pues cuando denuncia el descontrol que ve inminente si se aprueba la Ley Ómnibus olvida que no todos, desde luego, pero sí una parte apreciable de los asociados a su gremio estafan, en particular a los extranjeros, con falsos recargos, trayectos engañosos y taxímetros amañados. Si la ley sigue adelante, añadía Funes, "el transporte de vehículos ligeros va a ser como el africano", proliferando "los taxis ilegales, sin franja, sin capilla y sin seguridad ninguna".

   Aclaro primero que la capilla no es nada de rezar, sino el nombre que se da al luminoso que los taxis llevan encima del parabrisas. Y sigo. Soy también un gran usuario del taxi africano, que, en efecto, carece de capilla y de franja y de precio marcado, pero ofrece una flexibilidad horaria, de asiento, de compartimiento y de ruta tan estupenda que lo uno se compensa con lo otro. Hay, eso sí, que pactar el precio antes de salir, pero ¿acaso no estamos llegando al momento social en que el regateo y las componendas se imponen si uno quiere sobrevivir en la selva económica que crece y amenaza con estrangularnos?

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Vicente Molina Foix

 Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019). La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.  Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Foto: Asís G. Ayerbe

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