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Bocados de cardenal y papa.

Por 31 de diciembre de 2014 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Sergio Ramírez

En su Epístola a Juana Lugones, Rubén Darío recuerda con sabrosa nostalgia en estos versos su vida de sibarita errante por el mundo:

¡Y he vivido tan mal, y tan bien, cómo y tánto!
¡Y tan buen comedor guardo bajo mi manto!
¡Y tan buen bebedor tengo bajo mi capa!
¡Y he gustado bocados de cardenal y papa!…

Y ya de regreso a Nicaragua para morir, en uno de sus últimas entrevistas a la prensa en diciembre de 1915, dice: "En ocasiones he gozado tanto como tal vez no lo han logrado los millonarios de mi tierra. He comido como príncipe, he vestido con mucho lujo, he tenido historias en el mundo de las supremas elegancias. Me he relacionado con los más altos personajes. He sentido con frecuencia el aletazo de la gloria. He derrochado dinero, que gané en abundancia. ¿Qué me queda por desear? Nada. ¡Que venga la muerte!"

Al recordar él mismo que gustó bocados de cardenal y papa, vamos de cabeza a la famosa, errónea y ya manida frase bocatto di cardinale, puesto que en italiano bocado es boccone; pero que, de todas maneras, evoca lo más delicado y exquisito que alguien puede llevarse a la boca.

Y en el imaginario popular de las cocinas existe también el bocado del Papa, que aún sobrevive en Nicaragua, un manjar de arroz, de color rosado, que se recubre con torta de mantequilla, y se sirve o vende en rebanadas, como se vendía en las calles de León cuando él era niño. Y  existe también el Pío Nono andaluz, parientes ambos, un irresistible bizcocho cubierto con una crujiente capa de crema, del que da referencia Leopoldo Alas (Clarín) en La Regenta, denominado así en homenaje al papa decimonónico Giovanni Maria Mastai Ferretti.

No pocos historiadores del arte de los fogones suponen que semejantes delicadezas, bautizadas de tal manera, salieron de las cocina de los conventos donde las monjas se afanaban en días festivos para halagar el paladar de canónigos y obispos de mejillas carnosas y sonrosadas, con lo que se conformaban, ya que no podían sentar siempre en sus mesas a los cardenales del sacro colegio, y jamás ni nunca al Papa, tan lejano en Roma; es lo que ocurriría con la cocina poblana en México, en cuya creación metieron sus sabias manos las monjas de clausura. 

Y aún se lleva a la mesa, también en Nicaragua, tras los almuerzos suculentos de domingo, un postre que se llama Pío Quinto, hecho con marquesote -una torta de maíz remojada en miel y aguardiente-  bañado de atolillo de maicena y huevos, y adornado con uvas y ciruelas pasas; un homenaje, también sin duda conventual, al papa Antonio Michele Ghiselieri, que fue fraile dominico y comisario General de la Inquisición Romana antes de subir al trono de San Pedro, y elevado a los altares por Clemente XI en 1712.

El cocinero personal de Pío V fue Bartolomeo Scappi, autor del tratado culinario Arte del cuscinare, y quien llevaba a la mesa pontifical platos tan refinados como lenguas fritas de aves, erizos de mar al horno, y tortillas de huevo revueltas con sangre de cerdo. Es explicable entonces que la fama de sibarita de aquel Pontífice haya traspasado los mares para heredar su nombre a una torta nicaragüense, tan memorable al paladar, y que Rubén no debió dejar de degustar.

Cuando el poeta dice que se ha dado todos los gustos, y ya puede venir la muerte, no puedo olvidar que en Nicaragua, cuando un plato desborda toda medida de lo exquisito, se le alaba diciendo: "¡Está de muerte!".  Y si no es suficiente la alabanza, se dice entonces: "¡Está de muerte lenta!" Lo mismo que un orgasmo.

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Sergio Ramírez

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942). Premio Cervantes 2017, forma parte de la generación de escritores latinoamericanos que surgió después del boom. Tras un largo exilio voluntario en Costa Rica y Alemania, abandonó por un tiempo su carrera literaria para incorporarse a la revolución sandinista que derrocó a la dictadura del último Somoza. Ganador del Premio Alfaguara de novela 1998 con Margarita, está linda la mar, galardonada también con el Premio Latinoamericano de novela José María Arguedas, es además autor de las novelas Un baile de máscaras (1995, Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera traducida en Francia), Castigo divino (1988; Premio Dashiell Hammett), Sombras nada más (2002), Mil y una muertes (2005), La fugitiva (2011), Flores oscuras (2013), Sara (2015) y la trilogía protagonizada por el inspector Dolores Morales, formada por El cielo llora por mí (2008), Ya nadie llora por mí (2017) y Tongolele no sabía bailar (2021). Entre sus obras figuran también los volúmenes de cuentos Catalina y Catalina (2001), El reino animal (2007) y Flores oscuras (2013); el ensayo sobre la creación literaria Mentiras verdaderas (2001), y sus memorias de la revolución, Adiós muchachos (1999). Además de los citados, en 2011 recibió en Chile el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso por el conjunto de su obra literaria, y en 2014 el Premio Internacional Carlos Fuentes.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com

y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez

Foto Copyright: Daniel Mordzinski

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