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El Premio FIL y la inquisición literaria

Por 7 de octubre de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Jorge Volpi

El pasado 1º de septiembre, un jurado internacional, compuesto por siete escritores y académicos, del cual yo formaba parte, decidió otorgarle el Premio FIL de Literatura al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

El vocero del jurado, el crítico canadiense de origen rumano Călin Mihăilescu, hizo público el dictamen y respondió a todas las preguntas de los periodistas. Mihăilescu dejó sentado, con gran claridad, que el jurado había decidido reconocer la trayectoria narrativa de Bryce y optado por no tomar en cuenta las acusaciones de plagio de diversos artículos periodísticos debido a que éstas habían sido llevadas a los tribunales competentes y no incidían en el valor de su obra narrativa.

La elección se apegó rigurosamente a la convocatoria del Premio: la base 1 establece: "Podrán ser candidatos al Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2012 los escritores con una valiosa obra de creación en cualquiera de los géneros literarios (poesía, novela, teatro, cuento o ensayo literario)". De este modo, Bryce fue reconocido por sus novelas y cuentos (el periodismo no se enumera).  

Las razones del jurado pudieron no agradar a muchos, pero éstas fueron expresadas con absoluta transparencia. Sin embargo, a partir de ese momento no han cesado de aparecer declaraciones en los medios no sólo para expresar su malestar ante la decisión -actitud del todo legítima-, sino para desacreditar al Premio y a los miembros del jurado e incluso, en un acto de soberbia e hipocresía lamentables, para exigir que le sea retirado a Bryce.

Dado que yo no soy el vocero del jurado, estas líneas constituyen una opinión estrictamente personal.

Hay distintas maneras de contar esta historia. Si se cuenta así: "Premio FIL a plagiario", como hizo un sector de la prensa, sólo podrá despertar indignación. Pero los miembros del jurado, provenientes de países y tradiciones muy diversas, la mayoría de los cuales no nos conocíamos y no mantenemos relación alguna con Bryce, consideramos que debía contarse de otro modo: "Premio FIL a un clásico de la literatura latinoamericana".

De entre los miles de libros publicados en América Latina desde los años setenta, apenas unos cuantos han conseguido superar el paso de los años y sólo un puñado pueden considerarse clásicos. Al menos dos novelas de Bryce pertenecen a esta categoría: Un mundo para Julius (1970) y La vida exagerada de Martín Romaña (1981). Le pese a quien le pese, estas dos obras ya han sido sancionadas por el único árbitro confiable del mérito literario: el tiempo. El Premio FIL no ha hecho más que reconocer este hecho avalado a lo largo de 42 años -42 años, repito- por miles de lectores en todo el mundo.

El Premio FIL decidió no pronunciarse -no avalar ni condenar- las acusaciones de plagio recibidas por Bryce. En contra de lo que propugna nuestra "inquisición", consideró que no es función de un jurado literario erigirse en jurado criminal. Querer arrebatarle a Bryce un reconocimiento a su obra narrativa es, en cambio, un atentado a la legalidad. Quienes así lo exigen, arrogándose una autoridad moral y jurídica que no les pertenece, buscan convertirse en acusadores y verdugos de alguien que ya fue sometido a un proceso judicial en su país. Su actitud, disfrazada de "cruzada moral", en realidad esconde el virus de la intolerancia y el autoritarismo.

Si bien entre los críticos del Premio se cuentan académicos y escritores cuya opinión siempre respeto -y cuyas críticas me invitan a la reflexión-, apenas sorprende que los miembros más aguerridos de la inquisición literaria pertenezcan a ese vasto sector que, sin haber escrito jamás una línea perdurable, medra en los márgenes de nuestra vida cultural. Ellos, que nunca se pronuncian ni llaman a firmar desplegados ante las grandes injusticias y descalabros morales del país -de la corrupción de nuestros políticos a las muertes de la guerra contra el narco- en cambio se empeñan en convertir en causa justa la moralidad de un escritor. ¿Por qué concentran su indignación en este caso? Tal vez porque no toleran a alguien que, a diferencia de ellos, fue capaz de crear una obra más allá de sus pecados y sus faltas.

Insisto: cualquiera puede estar en desacuerdo con el premio a Bryce, sea porque sus libros le parezcan poco relevantes, sea porque considere que sólo alguien con un historial moral y penal intachable (con los problemas que conlleva deducirlo) merece un reconocimiento literario.

Me pregunto si nuestra inquisición literaria también recabará firmas para que se le despoje del Premio Nobel a Günter Grass por haber mentido y negar que de joven se enroló en un batallón de las SS? ¿O el Cervantes a Álvaro Mutis, condenado por malversación de fondos? ¿Dirán que este último fue un premio que exalta a los estafadores? ¿O torcerán la lógica para explicar que es mucho peor robar ideas que robar dinero?

¡Cómo cambian los tiempos, en cualquier caso! Cuando Mutis fue internado en la cárcel, Octavio Paz y un nutrido grupo de intelectuales le envió una carta al Presidente para solicitar benevolencia para "un poeta generoso, amable, y un gran creador". Hoy, algunos de quienes se promocionan como herederos de Paz, exigen en cambio el linchamiento civil de Bryce Echenique.

Como puede verse, la discusión sobre si un jurado literario debe avalar no sólo la obra de un escritor, sino su conducta ética, es compleja y me parece bienvenida y saludable. Pero de allí a descalificar al Premio FIL, a los jurados y a las instituciones convocantes se pasa de la crítica a la calumnia. ¿En verdad nunca seremos capaces de instalar un diálogo razonable?

El tiempo verificará quién acierta. Por mi parte, creo que los alaridos de la inquisición literaria pronto caerán en el olvido, mientras que Un mundo para Julius y La vida exagerada de Martín Romaña continuarán siendo clásicos de la literatura latinoamericana por muchas décadas más.

 

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Jorge Volpi

Jorge Volpi (México, 1968) es autor de las novelas La paz de los sepulcrosEl temperamento melancólicoEl jardín devastadoOscuro bosque oscuro, y Memorial del engaño; así como de la «Trilogía del siglo XX», formada por En busca de Klingsor (Premio Biblioteca Breve y Deux-Océans-Grinzane Cavour), El fin de la locura y No será la Tierra, y de las novelas breves reunidas bajo el título de Días de ira. Tres narraciones en tierra de nadie. También ha escrito los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968La guerra y las palabras. Una historia intelectual de 1994 y Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. Con Mentiras contagiosas obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 2008 al mejor libro del año. En 2009 le fueron concedidos el II Premio de Ensayo Debate-Casamérica por su libro El insomnio de Bolívar. Consideraciones intempestivas sobre América Latina a principios del siglo XXI, y el Premio Iberoamericano José Donoso, de Chile, por el conjunto de su obra. Y en enero de 2018 fue galardonado con el XXI Premio Alfaguara de novela por Una novela criminal. Ha sido becario de la Fundación J. S. Guggenheim, fue nombrado Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y en 2011 recibió la Orden de Isabel la Católica en grado de Cruz Oficial. Sus libros han sido traducidos a más de veinticinco lenguas. Sus últimas obras, publicadas en 2017, son Examen de mi padre, Contra Trump y en 2022 Partes de guerra.

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