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Silencio, estallido y estupor

Por 22 de abril de 2009 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

En 1999, el crítico de arte Robert Hughes, uno de los más leídos y respetados del globo, tuvo un tremendo accidente de automóvil mientras seguía una soporífera e interminable autovía diseñada con tiralíneas en el occidente de Australia. No se mató de milagro, pero quedó atrapado durante muchas horas en una jaula de hierros retorcidos. Sufrió luego doce intervenciones quirúrgicas, así como dos años de continuas idas y venidas por una decena de hospitales. Hacia el año 2002 ya podía usar las manos, aunque sus piernas seguían siendo animales ajenos. Según cuenta, mientras estaba atrapado en la garra de la muerte y tras perder la orientación temporal, se sintió poseído por una idea cuya luz le permitió resistir hasta que un indígena que cruzaba el desierto lo halló agonizando entre hierros. La idea le prohibía morir sin antes escribir un libro sobre Goya. Así lo hizo: el libro se editó en 2003 y lo tradujo Galaxia Gutenberg.

    Nada más parecido a un accidente de autopista que esa explosión que solemos llamar "Goya" y quedarnos tan anchos. En la exposición "La Sombra" del Thyssen/Caja Madrid acabo de toparme con una hojalata de 1794 que no es fácil de ver porque se conserva en Dallas. Representa un corral de locos agitándose bajo una lucerna cegadora. Si uno pasa revista a lo que se pintaba por aquellas fechas en Europa, se percata de que el arte europeo era la autopista y Goya el tipo que acababa de darse un tremendo tortazo contra la nada. Ni siquiera los franceses, que habían decapitado a su rey y chapoteaban sobre sangre caliente, iban más allá de las figuras gélidas, especulativas, augustas de David. ¡Y éste era un agitador de guillotina! Mientras tanto Goya, en el corral de locos de España y bajo un cielo de fuego, trazaba en dos manotazos las figuras lelas, vesánicas, frenéticas de nuestra vida futura. La que nadie antes se había figurado.

    El libro de Hughes es excelente, pero habría querido yo entrar en su cráneo para ver los Goya que con uñas de plata acariciaron su cerebro, dándole consuelo mientras se moría lenta y dulcemente.

Artículo publicado el sábado 18 de abril de 2009.

 

 

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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