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¿Qué será, será?

Por 25 de agosto de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Un amigo de Barcelona coincidió en Cuba con la misteriosa desaparición de los hermanos Castro y la subsiguiente reaparición del comandante en plan Santo Padre recuperado. Mi amigo estaba impresionado. Hablábamos al pie de su piscina, un riñón azul turquesa con escalerilla de acero, incrustada como un alhaja en el césped espeso, cortado a la navaja. Al fondo, las Medas en su fase caliginosa. De vez en cuando la novia de mi amigo nos llenaba los vasos. En la mesita del bar iba descendiendo el nivel del Campari. Los invitados saqueaban los cestillos de almendras y patatas fritas. A esa hora suele hacer mucha hambre.

Los cubanos, según creyó ver mi amigo, estaban contentos, amaban al comandante, apenas trabajaban, vivían razonablemente bien, sin nuestro estrés, sin nuestras preocupaciones, los niños jugaban por las calles vacías de coches, la isla era totalmente segura, podías caminar a las tantas de la noche sin el menor peligro, playas espléndidas, clima agradable, y los isleños eran muy amables. ¿Qué más se puede pedir?

Mi amigo es de los que viajó a Chiapas para darle un abrazo al otro comandante, defiende la lucha contra la globalización y vota a los independentistas de Esquerra Republicana; sin embargo, está montando una empresa en Bratislava donde la mano de obra es más barata que la catalana y la corrupción se mantiene en un nivel aceptable.

De nada sirvió que tratara de razonar con él. Sé por experiencia que a muchos ciudadanos de este lugar les fascina Castro. Especialmente a los de clases acomodadas. No sabría decir por qué motivo. Mi amigo, por ejemplo, aseguraba que los inconvenientes de la tiranía estaban perfectamente compensados por las ventajas socialistas.

“¿Como cuál?”

“La enseñanza, por ejemplo”.

“¿Y de qué te sirve la enseñanza si no puedes utilizarla? Además, ni siquiera te dejan estudiar lo que quieres, sólo lo que ellos mandan. Y la lectura está censurada. Como con Franco. ¿Qué puedes estudiar si no hay libros?”.

El Campari había ya bajado más de la cuenta, porque comenzó esa carrera de disparates que parece inevitable cada vez que se habla de Cuba. Intervino una estrella mediática local. Campanudo.

“Tampoco en España hay libertad para todo. No hay libertad absoluta en ningún lugar del mundo. Yo, por ejemplo, tengo prohibido hablar del Rey y de Montilla en mi programa de televisión”.

“Ya, pero si hablas del Rey o de Montilla, incluso bien, no te meten en la cárcel ni te fusilan”.

“O sí: a Xirinachs le han caído dos años”.

El pobre Xirinachs es un cura défroqué medio lelo y ultranacionalista que declaró ante la prensa cuánto amaba a ETA y cómo admiraba a los gloriosos gudaris. Le han caído dos años, pero no los cumplirá, evidentemente. Se lo digo.

“Ya veo. Eres un visceral. Tienes una medida para los cubanos y otra para los catalanes. Para mí son lo mismo Castro que Blair o Bush. No veo la diferencia”.

Sé por experiencia que ahí termina la disputa, cuando aparece la aserción brutal y estúpida comprendes que lo siguiente es la agresión física. De inmediato se pasa al arroz con bogavante y los presentes tratan de olvidar la conversación como borrachos tras romperle la crisma a un paseante.

No es fácil. A mí me sigue pareciendo un enigma que una clase social razonable y entregada con esmero a sus fines egoístas (eso es lo que hace del capitalismo una forma de convivencia superior a cualquier colectivismo obligatorio), tenga en este rincón del mundo una ideología tan extravagante. ¿De quién temen el juicio? ¿Qué clase de castigo les caería si se aceptaran de una vez? ¿Les avergonzaría mirarse al espejo si admitieran lo extraordinariamente conservadores que son?

Siempre que se habla de esta rareza, tan típica de algunos ricos ciudadanos, ya sean parisinos (la gauche caviar), neoyorkinos (the radical chic), o catalanes y madrileños (progres), suele aparecer la misma palabra: “narcisismo”. Será eso, pero ¿qué esconde este término? ¿Qué rara batalla interna tienen los bien situados que se avergüenzan de su riqueza y de su poder, sin por ello renunciar ni a lo uno ni a lo otro? Muy al contrario, suelen ser los patronos más duros. Y no sólo los patronos. Uno de los arquitectos mejor parasitados en el poder fáctico de mi ciudad, conspicuo colaborador de una política inmobiliaria escasamente socialista, brinda por Castro y por ETA cada vez que se le presenta la ocasión.

Si alguien necesita mentirse tan desesperadamente, es seguro que tarde o temprano sufrirá un cortocircuito, el espejo se romperá y le dejará a oscuras con su verdadero rostro. Si la oscuridad dura más de la cuenta, para cuando despierte la piscina estará vacía, no quedarán patatas fritas, la novia se habrá largado con un cubano, y las visitas serán los jueves.

De todos modos, la oscuridad, la duda, la inseguridad, el ataque de sinceridad, no suele durar demasiado en esos ambientes. En cuanto la imagen aparece algo borrosa, se compran un espejo nuevo, o, mejor aún, mandan a un propio a comprarlo.

Me fascinan, pero me parecen totalmente opacos. Me lo digo y me lo repito: si tuviera el talento de Scott Fitzgerald me pondría a escribir una novela sobre ellos para averiguar cómo son.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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