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Mejor tener talento que talante

Por 30 de marzo de 2009 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

El pintor Eduardo Arroyo acaba de publicar unas memorias: Minuta de un testamento(Taurus), título robado a Don Gumersindo de Azcárate. Hay gente a la que el talento le sale por los poros. No contento con ser uno de los pocos pintores internacionales que quedan en este país, Arroyo, además, es escritor benemérito. Sus libros anteriores sobre Panama Al Brown y tumbas de boxeadores, entre otras aficiones, eran tan buenos que parecían ingleses. Su actual "Minuta" es aún mejor. Cuenta cosas que sólo un pintor puede apreciar, como esos despachos dedicados al maquillaje en los diarios franquistas, donde expertos en guache mejoraban las fotos según la corrección política.

No se atribuye a sí mismo, quizás por modestia, el trucaje de un retrato de Pasternak, sentado a la mesa de su cocina. Hubo que borrar una nevera cochambrosa que aparecía en la foto porque no era admisible que un ruso tuviera nevera en propiedad. El pobre Pasternak seguramente nunca supo que un artista se dedicó a ennegrecer las paredes, borrar la nevera y ponerle grietas a su modesta cocina hasta convertirla en una cueva de murciélagos. Uno imagina a Arroyo, torrencial hablador, agarrado al litro de whisky que le sirve de apoyo en este mundo cruel, contando la historia ante sus amigos. El talento es así, se siembra a puñados, como el trigo, es una bendición.

    Lo del talento es misterioso. Hay en Inglaterra tantos cabestros como en España, basta ver los sombreros de los hooligans. Y no son menos populacheros, como ha demostrado esa mujer que agonizó ante las cámaras por un montón de dinero, lo cual sólo se explica si una termitera social vive en éxtasis la pornografía tétrica. Sin embargo, el área de gente con talento sigue teniendo una densidad homérica.

En cambio, en España la capa de talento es débil y quebradiza como florecilla silvestre. Y esto viene siendo así desde que Fernando VII impuso con magnífica anticipación los planes de estudio de los sucesivos gobiernos españoles. Un proyecto que ha durado ya dos siglos. Menos mal que a veces, de puro milagro, sale gente como Eduardo Arroyo.

Artículo publicado el sábado 28 de marzo de 2009.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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