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La belleza del infierno

Por 12 de septiembre de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Seguramente me han salvado mis colegas de congreso. Nos habíamos reunido en Lanzarote un grupo de ecólogos, urbanistas, biólogos y sinvergüenzas (yo) para dar un curso sobre las peculiares características de la vida insular en la reputada Fundación César Manrique, gente encantadora. A mí me tocaba explicar la transformación de los centros urbanos en ínsulas de historia prefabricada. O sea, en simulacros ideológicos.

Lanzarote invita a gritar “¡esto está que arde!” incluso sin llegar a los 32º con una humedad del 60%, como alcanzamos desde el primero hasta el último día, porque lo cierto es que la vida natural de la isla es volcánica. Todo es volcánico, todo es erupción y lava y solfatara y azufre. Hasta los grifos del hotel tienen explosiones inesperadas. El suelo es negro con tachuelas metálicas y los campos de color ligeramente zaino se extienden entre lenguas de carbón. Uno cree encontrarse en las puertas del infierno.

Sin embargo (ya me lo habían contado los que se internan en el desierto), poco a poco la sinfonía carbonizada comienza a matizarse, aparecen manchas coloreadas aquí y allá, crecen vegetales minúsculos en los rincones más inverosímiles, en ocasiones tan sólo líquenes de pálido amarillo, y de pronto te das cuenta de que nunca has visitado un lugar tan lleno de vida, de plantas, de animales, de maravillosos colores cuya existencia jamás habías sospechado. La potencia de los supervivientes, por microscópicos que sean, hace gemir la tierra.

Así, por ejemplo, bordeamos un campo de cactus, a la altura de Guatiza, cuyas pencas me parecen enfermas y así lo digo. Frenazo. Todo el mundo a mirar los cactus. “Son Opuntias”, dice Rocío, la encantadora sevillana, y al ver que me pongo bizco, aclara: “¡Sí, hombre, que es la ficus índica, no la ficus carica!”. Respiro aliviado, “¡Ah, bueno, en ese caso…!”. “Hay que ver lo tonto que eres”, dice, toma en su mano una muestra del hongo blanco que mancha las pencas, lo aprieta, y su mano se tiñe de un color rojo vivísimo. Por la noche aún lo llevaba. No hay quien lo borre. Es el carmín más preciado del mundo, y no es un hongo, es una cochinilla, y no es una enfermedad, es un cultivo. Este espléndido carmín escondido en una chinche no se me olvidará en la vida.

Seguimos viajando por tierras de malpaís, es decir, zonas negrísimas en donde los escombros de lava no permiten cultivo ninguno, y de repente se abren unas lenguas de arena como brochazos amarillos que llenan el paisaje de luz. Son los jables, las tierras cubiertas de arena de playa que el viento arrastra desde el otro lado de la isla por pasillos naturales cuando soplan desatados los alisios.

Cerca de los jables, allí en donde la ceniza volcánica (el picón) tiene la hondura adecuada, en el valle de la Gería, se cultiva la viña en preciosos embudos protegidos por muretes diminutos en media luna llamados socos. Las hojillas y las uvas de malvasía se ven casi translúcidas contra el suelo oscuro de picón. El conjunto de las parras, cada una con su soco particular, forma un campo de semicírculos verdes cristalinos en admirables arreglos geométricos sobre fondo lacado en negro, un Kandinsky de los años cuarenta.

Camino del Mirador del Río, hacia el norte, el malpaís está ya alfombrado de tabaibas, sólo han pasado quinientos años y ya la tierra carbonizada y cubierta de escoria va verdeando con una vida pujante. Las manchas delicadas de las euforbiáceas nos van conduciendo hacia el único palmeral de Lanzarote, el de Haría, pero cuando lo avistamos, está muy estropeado. Fernando Parra, que lo había visto hace quince años, se lamenta. Imagino que para él debe de ser como haber conocido a Brigitte Bardot en los años sesenta y verla ahora. Están construyendo mucho en Haría, este pueblo de belleza escalofriante, el único cubierto de buganvillas de toda la isla y que parece salido del Antiguo Testamento. Sólo le falta un borrico y la Sagrada Familia para que venga Giotto y lo pinte.

De repente Fernando Roch, que es urbanista y está muy enfadado, señala una casita blanca y radiante como una novia abrazada a una palmera y exclama: “¡Pero a quién se le ocurre construir una casa al lado de una monocotiledónea!”.

Me parece una de las frases más poéticas de la jornada.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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