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El lenguaje de los soldados

Por 30 de octubre de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

La otra noche, con Eva y los Albisu, tratamos de reconstruir de memoria los pretéritos españoles. Yo me suelo armar un lío tremendo entre perfectos e imperfectos, sobre todo desde que los perfectos se llaman simples y compuestos, y me mareo con la perspectiva temporal del pluscuamperfecto. Eso de que un tiempo pasado suceda a otro tiempo pasado en el mismo verbo… Lo que los franceses llaman mise en abîme.

Me sucede como a San Agustín: mientras camino no tengo ningún inconveniente en ir poniendo un pie delante del otro educadamente, pero en cuanto me da por pensar en cómo estoy poniendo los pies, me caigo. Rara vez dudo sobre el tiempo a emplear en una frase, por complicada que sea. Incluso me he entretenido, como todo el mundo, en ir variando la forma verbal en esas interminables frases hipotácticas a las que tan aficionado es Ferlosio. Eso sí, en cuanto me detengo a analizar qué tiempos se superponen o suceden los unos a los otros, me sale el vizcaíno: “Vale, quedamos en el Amalur después de comer, si no llovería”.

De los pretéritos pasamos a los imperativos, que son de lo más caprichoso e impredecible. “¿Tú cómo dices en clase: “leeros esto”, “leeos esto” o “leedos esto”?”. Risas para rememorar el más celebrado uso del imperativo, cuando la Pantoja o la Jurado o la Flores, que se me hacen las tres una divinidad mona y trina, se dirigió a la muchedumbre que la acosaba con su amor y gritó desde el balcón: “Si me queréis, ¡irse!”.

Al llegar a casa busqué ayuda en la Guía de verbos españoles de Celia Villar, y no la encontré. Fuime al Weinrich sobre Estructura y función de los tiempos, y tampoco hallé consuelo. Me dieron las tantas y lloraba yo amargas lágrimas sobre mi ignorancia verbal. Entonces puse la tele y pasaban un anuncio de la película esa, Alatriste.

Vaya por delante que soy defensor de los libros de Pérez-Reverte, de los lectores de PR, y del propio PR. Me parece un lujo que contemos con un narrador de la estirpe de Alejandro Dumas. También admito que no lo he leído como es debido, pero por una razón: no puedo entrar en sus personajes por el modo en que se expresan. Hablan como mis alumnos y eso me despista. O estoy en la batalla de Trafalgar o estoy en un aula sin aireación, sin iluminación y con una acústica para perros como corresponde a una Escuela de Arquitectura, pero no puedo estar en los dos sitios a la vez.

El lenguaje que solemos llamar “coloquial” me parece que no existía antes de la aparición de las modernas aglomeraciones urbanas y que en tiempos de Cervantes, de Quevedo y de Alatriste, no debía de haber una gran diferencia entre el modo de hablar de la gente rica y la gente pobre. De ahí que llamara tanto la atención una moda como el cultismo y el culteranismo, o que se hiciera befa de los curas campanudos.

Por supuesto había una enorme carga de localismos (todos hemos pasado por Menéndez Pidal), pero estoy persuadido de que los soldados no decían: “¡Dame el arcabuz, joder tío!”. Tengo para mÍ que hablaban con mayor economía y exactitud. Un modelo de lenguaje barroco para soldados me pareció el de los marineros de la soberbia película Master and comander. Hablaban más o menos como Shakespeare, y eso me parece más verosímil que oírles hablar como un colgao de Lavapiés. Aquel horror de novelas históricas en las que los personajes usaban (mal) el “vuesa merced” y decían cosas como “maguer no haberse personado el Príncipe”, eran aún más inverosímiles, claro.

Digo yo que en aquel tiempo nadie sabía que estaba hablando “en la lengua de Cervantes”, ni que existiera tal cosa como una lengua, o unos verbos y unos pretéritos. Se limitaban a hablar. Y todo esto viene a cuento de que enjugándome las lágrimas volví a la Historia verdadera de la conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, esa Iliada española que pocos leen, y de nuevo me sobrecogió en las primeras páginas aquella voz pausada, tan bella como los galeones en los que navegó su dueño, narrando los sucesos de Méjico y sus aventuras con Cortés y la surreal ciudad de Tenochtitlán y la Malinche y Moctezuma y las pirámides aztecas y el calendario de oro macizo y así sucesivamente, todo en primera persona del singular. Aquel antiguo soldado, convertido en su vejez en pequeño propietario, carecía de formación literaria y su cultura debía de ser muy discreta. No obstante, ¡qué prosa!, ¡Señor, qué fuerza, qué respiración, qué musculatura! Y pienso yo que no hablaría de modo muy distinto.

Por eso digo que los soldados de Pérez-Reverte habrían de cambiar de lenguaje. Y yo, volver a estudiar los verbos.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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