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Dímelo al oído, por favor

Por 19 de enero de 2009 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Varias películas han presentado ya un grupo de adolescentes criminoides, transformados en agradables ciudadanos gracias al poder de la música. Ideal que tiene su referente verdadero en la ya célebre orquesta venezolana dirigida por José Antonio Abreu y reclutada entre segmentos juveniles difíciles. No me parece a mí que sea el mejor camino para encomiar la música. Como aquellos científicos que exponían la eficacia de la música de Mozart para aumentar el ordeño de las vacas. No obstante, es un medio admirable para que la música deje de parecer un deporte de élite como el polo y se advierta lo que es en verdad: la más gloriosa fiesta del espíritu.

    En nuestro país (el mayor productor europeo de ruido) este esfuerzo de la música por caer simpática ha de ser aplaudido. En Cataluña se ha seguido el ejemplo de la orquesta venezolana y hay un puñado de grupos musicales dedicados a la música culta o a la música ligera, formados en su mayoría por inmigrantes. Algunos conjuntos como Rumbazigha o la Orquesta Àrab de Barcelona, usan la impronta étnica que tanta riqueza ha traído a la música occidental desde el siglo pasado; otros son clasicistas, como la Orquesta de Cámara Iberoamericana.

    En este país de sordos que gritan más que hablan, cualquier impulso a la música es un avance fundamental para la convivencia. Por esta razón me permito saludar a otros héroes, los que han lanzado una colección de música en la editorial Nortesur. Su primer libro, la biografía de Horowitz por Piero Rattalino, da idea de cómo era el mundo hacia 1960 cuando éste inmenso pianista tenía casi cuarenta millones de oyentes en las radios de los EEUU. Sus conciertos fueron el anticipo histórico de los Rolling, con miles de admiradores haciendo cola varios días para conseguir entradas en el Carnegie Hall. Un matrimonio con la hija de Toscanini y una vida sexual secreta, pero conocida, le asemejan a otros rockeros. Conocer a uno de los más sutiles poetas del piano que jamás haya existido puede excitar la curiosidad de oírle. Sería óptimo: sus discos curan la sordera.

Publicado el sábado 17 de enero de 2009.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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