Félix de Azúa
Gracias a Xoan M. Carreira he podido leer el artículo de José A. Tapia titulado “Cien años de Shostakovich” que se publicó en mundoclasico.com el 28 de abril pasado. Tiene toda la razón: el comercio mundial ha elegido a Mozart para celebrar el centenario que toca este año porque no sabe qué hacer con Shostakovich de quien también es el centenario.
Tapia insiste en algo cada día más evidente pero que a mi me ha costado la befa de varios bobos solemnes: la música del siglo XXI no obedece a los mandos. Debería haber seguido la pista abierta por Schoenberg pero está cada vez más cerca de la de Shostakovich. Los ancianos profetas que aún llevan crisantemos a la tumba de Adorno y queman incienso en el altar de Boulez, lo tienen crudo.
Va a ser divertido, porque en países con escasa nervadura cultural, como España, todos los cargos administrativos y todos los prebendados oficiales pertenecen a la cuerda post-viena y post-darmstad. Una ruina.
Lo interesante del artículo de Tapia, sin embargo, no es el aspecto ultra académico de los músicos con plaza, sino la figura crecientemente enigmática de Shostakovich. El compositor ruso, como las muñecas que han hecho famoso a su país, va saliendo cada año de un Shostakovich anterior un poco más amplio. Al tiempo que reduce su tamaño, se oscurece su figura.
Hay un primer Shostakovich vanguardista, ultramoderno y bolchevique, a quien Stalin descalabra de dos collejas por enemigo del pueblo. Viene luego un Shostakovich que trata de ganarse a los funcionarios comunistas con obras dedicadas a la heroicidad de proletariado, sin ningún éxito. Inesperadamente, durante la guerra mundial las sinfonías que celebran los triunfos rusos sobre los ejércitos alemanes cruzan el Atlántico y son recibidas en EEUU como la gran música de los aliados europeos. Bernstein, sobre todo, lo convierte en un símbolo del triunfo democrático. De poco le sirve, porque las chinches del Partido siguen chupándole la sangre y es cuando Shostakovich compone sus obras más geniales y desoladas. Luego, cuando está a punto de conseguir la celebridad, se muere.
Y una vez muerto viene lo mejor, porque gracias a un falsario llamado Volkov (ensayista tipo Ramonet), aparece un Shostakovich anticomunista en perpetua conspiración contra Stalin, alguien que estuvo del lado de los Soljenitsin y los Sakharov y cuyas composiciones están trufadas de panfletos cifrados contra el sátrapa. Nada más falso, pero muy conveniente para escribir programas de concierto y contraportadas de CD.
En la actualidad, la mitad de la crítica afirma que Shostakovich fue un héroe de la resistencia y la otra mitad que fue un pobre hombre que se adaptó cobardemente y como pudo a un régimen genocida. Lo cual es de todo punto admisible y no afecta en absoluto a la calidad de su obra, sin duda una de las más duraderas del siglo XX.
La música tiene esa peculiaridad: puede ser verdadera, pero no por eso dice la verdad.