Blogs de autor

Ciudades sin príncipe ni fin

Por 27 de octubre de 2008 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Con frecuencia se habla de las "ciudades mediterráneas" como si fueran similares, a la manera de las antiguas ciudades hanseáticas o las ciudades "orientales". Hace ya mucho que esas ciudades no tienen nada en común, excepto el mercado, que es el mismo en todas partes. Las mismas tiendas en la misma calle pretenciosa, burguesita y sosa se encuentran en Bari, en Málaga y en Niza, pero aparte de eso, cada ciudad (verdaderas "naciones" actuales) ha tenido que espabilar a su manera.

En el circuito mediterráneo nada une ya a Marsella, Génova, Barcelona, Nápoles, Valencia y Atenas, por no hablar de las ciudades del área islámica. Les queda la herencia de una suciedad perpetua y una brutal acomodación al ruido. Aparte de eso, de la vieja Marsella comida de piojos, centro de la droga, de la prostitución y la extrema derecha criminal, nada queda. De la Barcelona pederasta, hermafrodita y esperpéntica que atraía a los parisinos del siglo XX, sólo hay restos en zonas de la ciudad regidas por espectrales mafias. Atenas sigue siendo un caos extraordinario, pero sin gracia. La ciudad ha perdido el exotismo que embriagó a los grandes escritores del siglo pasado. Ahora es tan sólo un poblachón.

Queda Nápoles, eso sí. La ciudad que Greene calificó de "primera ciudad de Oriente", mantiene los arcaicos caracteres románticos del Mediterráneo. Sólo que los piratas se han tecnificado, imitan a figuras de la tele americana y son infinitamente más despiadados que sus abuelos. Nada tiene que ver la camorra actual, cabeza de puente del comercio ilegal chino, con la camorra romántica. El espeluznante Gomorra, de Alberto Saviano, da idea de los tipejos que ahora controlan la ciudad con más asesinatos por habitante de Europa.

Y sin embargo, es también la única de las ciudades "mediterráneas" que conserva el aura paradisiaca que era el atractivo primero de las ciudades levantinas. Su esplendor orográfico, su población abierta e impulsiva, la bella fraternidad de sus pobres, la ilimitada estupidez de sus ricos, el talento de sus intelectuales. Pues mira, me voy a Nápoles.

Artículo publicado en: El Periódico, 25 de octubre de 2008. 

 

Leve visita a un paraíso

El taxista miraba el billete de diez euros con suma atención, como si le hubiera extendido una sábana de quinientos. Por su expresión entre desolada y perpleja ya veía yo que la culpa era toda mía por no llevar los ocho euros que costaba el viaje. ¡Un billete de diez euros! Me juró que a esas horas de la mañana (eran las 13.10) no llevaba cambio, pero que me daría los dos euros en el muelle, cuando volviera a embarcarme. Era la quinta vez que me estafaban, pero es el precio que hay que pagar para conocer la ciudad más caótica y fascinante del continente. No es mal precio.

La escena, sin embargo, no tenía lugar en Nápoles sino en Procida, la menos popular de las islas napolitanas. Junto con Ischia y Capri forma un trío de colosal atractivo que sólo ha tenido fortuna en Capri, isla que ya era célebre en los años veinte del siglo pasado, cuando Alberto Savinio escribió un disparatado reportaje recién editado por Minúscula. En la actualidad Capri es un aparcamiento de masas y el paseo que dio Saviano (o yo mismo hace quince años) por jardines y huertos solitarios es ya imposible. De ahí el premio de Ischia, pero la sorpresa es Procida.

A cuarenta minutos de Nápoles en catamarán, se entra en Procida por el puerto comercial que suele estar en sombra ya a mediodía. La impresión es seductora, aunque no alcanza a los soberbios pueblos de la costa amalfitana. Sin embargo, basta caminar media hora o tomar un taxi doloso hasta Corricela, en la ribera opuesta, para llevarse un susto considerable. Las casitas multicolores trepan hasta alcanzar la altura de una iglesia azafranada, con la cúpula recortada contra un cielo de loza. En el puertecillo hay cuatro o cinco restaurantes bien educados con mesas bajo toldado. He usado la palabra "susto" porque aquel pueblo me recordó, no ya el Cadaqués de hace medio siglo, sino el muy anterior de Josep Pla que yo nunca conocí, pero del que guardo un recuerdo imborrable. Porque los recuerdos más duraderos y dolorosos son los de aquellos lugares y sucesos que nunca conocimos o no tuvieron lugar. Allí, a la vista, estaba el paraíso perdido tal y como me lo había detallado José Vicente Quirante sagaz guía del Cervantes napolitano.

Al parecer este lugar se ha conservado de modo milagroso por el odio que los napolitanos profesan a la isla. Fue penitenciaría durante siglos y todavía hoy puede subirse hasta la cima donde continúa abierta la cárcel militar con una vista apabullante sobre el Mediterráneo. Imagino que otra de las torturas de la pobre gente encarcelada durante el odioso reinado de los últimos monarcas debió de ser la conciencia de que tras los muros lucía la majestad del mar, el arco cromático del pueblecito, la civil danza de las embarcaciones pesqueras.

Tras la idílica estampa de ‘Caracale’, donde todavía se pueden pedir espaguetis con pez espada o con la polpa delle canocchie, después de la augusta serenidad, del chapoteo de las barcazas, del cabrilleo marino, regresar a Nápoles requiere fuerza de voluntad. Desde que Bassolino se ha rendido, la pasmosa ciudad partenopea ha sufrido un descalabro. El antiguo alcalde era uno de esos ex comunistas que no retroceden ante nada y que conocen el farisaísmo de la izquierda italiana (y no sólo italiana), su cinismo, su impotencia en el control de los poderosos. Lo más poderoso de Nápoles es la Camorra, no sólo porque tiene comprados a jueces, policías, comisarios, políticos de todo pelaje, periodistas y cientos de chupatintas sino porque en la actualidad "el Sistema", como se llaman a sí mismos, es un ejército de treinta mil hombres que controla todos los negocios, honestos y deshonestos, del sur de Italia y ocasiona miles de asesinatos. /upload/fotos/blogs_entradas/gomorra_1_med.jpgEs aconsejable leer Gomorra de Roberto Saviano (Debate) antes de emprender viaje a Nápoles. El libro es estremecedor y ha inquietado a los bandidos napolitanos. Como es sabido, estos bellacos han condenado a muerte al buen Saviano, excelente persona, escritor con agallas.

También Bassolino se había enfrentado al crimen con el coraje de los viejos izquierdistas desengañados de la política oficial. Hace diez años, en mi última visita, la obra de Bassolino era evidente. No había logrado que coches y motos se detuvieran con semáforo en rojo, pero el caos se veía más templado que en este último viaje. La barbarie de los motoristas imita a la barbarie de la Camorra. Como escribió Giorgio Bocca, el origen del crimen es que esta gentuza se cree superior a los demás. Consideran que el orden jurídico, la educación, el respeto al prójimo, son cosa de imbéciles, de cobardes burgueses. Ellos son bravos, anarquistas, más listos que los proletarios, y ganan millones con la misma impunidad con la que las motos saltan por las aceras, van a toda velocidad en dirección prohibida o juegan a bolos con los peatones. Son los amos de la ciudad y pobre del que proteste. Bassolino les había hecho daño, de modo que los políticos corruptos le dieron la patada hacia arriba. Ahora es el presidente de la Región, el equivalente de nuestras Comunidades Autónomas. Ya no incordia. Dicen que se rindió. Que no pudo con la admiración que sus compatriotas sienten por Berlusconi, ese fullero campechano que sólo cree en el dinero y las mujeres. Por encima de la ley. El modelo nacional.

Artículo publicado en: El Periódico, 26 de octubre de 2008

profile avatar

Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

Obras asociadas