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Astucia clásica de gran actualidad

Por 1 de febrero de 2011 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

El célebre tratado en doce libros "Res rustica" que suele titularse entre nosotros "Agricultura", obra monumental del gaditano Lucius Junius Moderatus Columela, contiene un largo apartado sobre el cuidado de las abejas -animales delicadísimos, caprichosos, a veces neuróticos, pero en sustancia divinos-, que es de gran interés. Ocupa todo el libro Noveno, con un breve prólogo, al menos en mi edición, dedicado a la formación de cotos y de cómo se encierra en ellos a los animales montaraces. Siendo la abeja un animal montaraz, no en eso distinto de la liebre, bien están ahí ambos conjuntados.

    Es el caso que las abejas soportan mal que el mielero, colmenero o abejero sea de naturaleza tosca y sucia. El olor a cebolla les marea hasta la nausea y también les espanta el pelo. Cuando les entra el disgusto, las abejas se comunican rápidamente entre sí con mucho escándalo, mandan un emisario a la reina y si ésta es de buen carácter emprenden la huida. Resulta bonito de ver un enjambre que huye del apicultor maloliente o hirsuto y se esconde en el bosque como una nube zumbante hasta que encuentra su lugar de anclaje.

    Ante semejante catástrofe, dice Columela, el apicultor sensible lo primero que debe hacer es despedir sin miramientos al empleado que desayunó pan con cebolla o que olvidó depilarse las axilas. Lo segundo, recuperar el enjambre, es asunto laborioso porque, atemorizado y espantadizo, el enjambre suele esconderse muy bien en el oscuro vientre del bosque, donde se queja y lloriquea durante semanas, y no hay quien lo encuentre.

    Da Columela unas instrucciones de astucia clásica, las cuales paso a contarles pues son de aplicación en multitud de ocasiones, cuando se produce la huida de otros animalillos pequeños o no tan pequeños en nuestros hogares.

    El apicultor minucioso conoce perfectamente el lago, charca, alberca o riachuelo donde acuden sus abejas para tomar el agua que necesitan a diario. Pues bien, córtese una de las cañas que tanto abundan en aquellos parajes. Vacíese pulidamente el alma de la caña y déjese gotear la miel por su interior. Atienda luego el apicultor con la caña tendida sobre el agua a que lleguen las abejas, exactamente como el pescador de truchas.

    No pasará mucho rato sin que acuda la primera abeja sedienta (aún no han podido localizar una nueva fuente más cercana a su refugio), la cual entrará por la caña para tomar la miel, siendo empujada de inmediato por otra que también quiere entrar y así sucesivamente, como en las colas del metro, hasta que en el interior de la caña se apretujan doce o quince ejemplares. Tápese entonces con gran decisión y velocidad el agujero de la caña con el pulgar.

    Señala Columela "el pulgar", en efecto, pero sin duda puede usarse cualquier otro dedo que se tenga a disposición en aquel momento.

    Váyase entonces el apicultor al umbral del bosque y deje salir una abeja y sólo una, volviendo a tapar de inmediato la caña. Verá que la abeja, un tanto desconcertada al principio, da unas vueltas sobre sí misma como haciendo cabriolas, pero luego, gracias a ese instinto admirable que tenemos las criaturas, emprende una carrera rectilínea indicadora de que ha hallado la dirección correcta.

    Por mucho que corra el apicultor entre el espeso boscaje es seguro que al cabo de un tiempo, mayor o menor según su edad y capacidades, habrá perdido la pista de la abeja. ¡Abra de nuevo la caña separando el pulgar! Una nueva abeja volverá a dar volteretas y saldrá luego disparada en línea recta hacia el hogar interino. Siga así hasta agotar los doces ejemplares. Raro será, razona Columela, que en doce o quince trechos no llegue el apicultor al enjambre, pero si no llega, es cosa de repetir toda la operación llevando la caña llena de abejas hasta el último punto donde le condujeron sus hermanas.

    De cómo se recupera entonces el enjambre, colgado de rama u oculto en un tronco, es asunto que trata en otro apartado: "Del modo de recoger los enjambres y de impedir su fuga". Me ha parecido, sin embargo, que la parte urgente, en nuestros días, es la anterior. Ya sabe el lector que nos estamos quedando sin abejas, atacadas y destruidas por un abejón dañino llegado del extranjero y no es exagerado decir que en unas decenas de años la miel puede convertirse en un bien tan escaso como el ámbar. Cada vez hay menos razones para seguir con vida.

    Así pues, cuide de su enjambre el colmenero, de su familia el padre hogareño, de sus amores el agraciado que los tenga, de sus libros el bien leído, de sus canarios el ornitófilo, de su grey el diputado, y vaya en busca de las bestezuelas huidas con un método tan refinado como el que nos recomienda el sabio latino y yo les he repetido. Pero antes de eso, lávense bien, por favor, eviten la cebolla cruda y no dejen de rasurarse todos los días.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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