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El oxígeno de vivir

Se ha publicado un libro sobre el fotógrafo Enrique Meneses (Madrid, 1929) que se titula La vida con oxígeno. En uno de los telediarios nocturnos de La Primera apareció la autora de ese texto y también Enrique Meneses, una vez sentado en una silla de ruedas y con el tubito de oxígeno incrustado en la nariz y otra sin nada de todo aquello, respirando normalmente y afirmando con desparpajo que "la vida es muy pero que muy divertida". Parecían irritarle todos estos que, aquí o allá, vamos quejándonos de los dolores y contrariedades de la vida y difundiendo, al socaire, un triste concepto de ella.

Más tarde salió otro personaje en la pantalla que, sin relación con el anterior, declaró que la vida, por dura que sea, "vale la pena". La vida vale la pena. ¿Qué vale la vida? La pena. La pena es el coste de la vida pero, al cabo, la vida es tan divertida que no es nada raro tener que pagar algo a cambio de su gran espectáculo de entretenimiento.

Pienso que basta dar un paso atrás, o tres, o cinco o diez. Basta echarse atrás y contemplar el hecho de vivir y el deshecho de morir, para estar pronto de acuerdo con los que propagan una fama positiva de la existencia. Mortales como somos ¿qué puede gustarnos más que vivir y vivir?

"La alegría de vivir", la joie de vivre con que se titulan los cuadros más gozosos, es un pleonasmo, casi una obviedad y hasta una fatal redundancia. Es decir, el cero del cerebro que sigue o no en silencio, mientras el corazón no para.

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2 de febrero de 2011
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¿Condición genuflexa o brutal relación de fuerzas ?

En  tres  columnas que hace unas semanas me valieron observaciones muy críticas  yo ponía en tela de juicio que las soluciones clásicas de la socialdemocracia fueran algo más que utopías en una situación como la actual, en la que los estados revelan su carácter de superestructuras,  incapaces de introducir auténticas  medidas correctoras en la brutal dialéctica de los mercados. En la correspondencia evocada con Felix de Azúa, éste apunta que el fracaso de   la socialdemocracia sería proporcional al grado en el que responde a la  construcción delirante que sería la idea mismo de socialismo:

"En cuanto a la inexistencia real del socialismo (¿dónde lo ha habido?) me gustaría creer que es tan sólo una secularización más del  cristianismo, como el neogótico. Y que ya ha terminado su aventura semántica. Es cierto que la revolución de octubre fue una fiesta, pero para  anunciar una inmediata esclavitud, del mismo modo que la revolución francesa anunciaba el considerable poder financiero que ha durado  hasta 1970".

Felix me  señalaba  que esclavitud y explotación no son excesivamente mal recibidas por las poblaciones, al menos que sean mal gerenciadas. Y cargando la suerte, me indicaba algo en el límite de lo politicamente incorrecto, pero que desgraciadamente no veo manera de negar, a saber que, en caso de calamidad como en Haití, una dictadura introductora de orden sería bien recibida por la población. Hay ejemplos muy claros, como el de la Somalia del dictador Barre, el Tunez de Ben Ali y hasta los dos regímenes basistas de Irak y Siria, que mantenían, entre otras cosas , un forzoso equilibrio entre las comunidades religiosas que en definitiva favorecía a las  posiciones laicas. Y sin embargo...perdura aquí el problema planteado por Kant:

¿Puede el ser de razón conformarse con ordenamientos económico-jurídicos que garantizan su subsistencia, la decencia física, la seguridad, el confort y hasta el ornato de las vidas, pero que lo hacen al precio de la libertad? Dejando de lado que considerando el mundo en general no hay siquiera regímenes autoritarios que se muestren así de eficaces, suponiendo que  realmente los hubiera, la respuesta kantiana a la pregunta es obviamente que no: alcanzar  la libertad es un imperativo  del ser de razón que no será nunca erradicado. Frente a ello Felix me remitirá quizás a la empiria. Yo objetaré que ésta no puede ser jamás una prueba frente a la única facultad legitimada para  establecer qué tiene y qué no tiene carácter de prueba. De manera más concreta: la sumisión efectiva de individuos y pueblos enteros a la esclavitud constituye  muestra  de una relación de fuerzas y no  indicio de condición genuflexa.      

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2 de febrero de 2011
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Café amargo

Tomar un sorbito de café en la mañana es el equivalente nacional al desayuno. Puede faltar cualquier cosa: el pan, la mantequilla y hasta la inalcanzable leche, pero no tener ese buche caliente y estimulante al despertarnos es el preámbulo de un mal día. Mis abuelos, mis padres y todos los adultos que me rodeaban siendo niña bebían tazas y más tazas de aquel líquido oscuro mientras conversaban. Siempre que alguien llegaba a casa, la cafetera se ponía sobre la hornilla, porque el ritual de compartir ?una colada?  era tan importante como dar un abrazo o invitar a pasar. Hace algunas semanas, Raúl Castro anunció que se comenzaría a mezclar el café del mercado racionado con otros ingredientes. Fue simpático escuchar a un mandatario hablando de esos temas culinarios, pero también fue motivo de broma popular el que se dijera oficialmente algo que ya es práctica común ?hace años? en toda la Isla. No sólo los ciudadanos hemos adulterado por décadas nuestra más importante bebida nacional, sino que el Estado nos ha superado en ingeniosidad sin declararlo en la etiqueta del producto. Tampoco se puede usar ya el gentilicio ?cubano? en la distribución del estimulante brebaje, pues no es un secreto para nadie que el país importa grandes cantidades desde Brasil y Colombia. De las 60 mil toneladas anuales que alcanzó la producción cafetalera nacional, hoy sólo logran colectarse unas 6 mil. En los últimos meses ?el néctar negro de los dioses blancos? ?como una vez lo llamaron? se ha vuelto escaso. Las amas de casa han tenido que retomar la práctica de agregarle chícharos tostados y molidos para garantizar el sorbito amargo que nos damos nada más abrir los ojos. Si se le puede llamar a eso café, ya no sabemos, pero al menos es algo caliente y amargo para tomar en la mañana.

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2 de febrero de 2011
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Dejemos caer de una vez al Faraón

Toda la preocupación se centraba en la sucesión de Faraón. En su enfermedad. En el movimiento debidamente calculado de mover el peón, su hijo, para convertirlo en rey, justo en el momento adecuado. Los servicios secretos de todos los países concernidos, el ejército, la policía, los gobiernos aliados, todos estaban atentos y preocupados. Los antecedentes no permitían el desánimo: en la vecina Siria se había producido una sucesión como la ahora planificada. El cambio generacional estaba funcionando mal que bien en toda la geografía árabe, sobre todo donde se cuenta con la legitimidad sucesoria de las monarquías. La estrecha colaboración militar con Israel y Estados Unidos parecía también una garantía para que las cosas se mantuvieran bajo control. Todos esperaban, sin embargo, que el momento crucial, cada vez más cercano, sería ?el hecho biológico?. Nadie contaba con la existencia de otros factores, con frecuencia incontrolados, que invertirían el orden de los acontecimientos.

La variable más importante y decisiva no estaba en las agendas ni las prospectivas. Nadie había previsto un incendio como el que se ha declarado a partir de Túnez, en lo que ya es el programa de una revolución democrática árabe. Nadie había contado con lo que, al final, impulsa siempre este tipo de cambios: la gente, los ciudadanos, le peuple, we the people. Los ciudadanos de todos los países árabes, desde Marruecos hasta Irak, jamás habían derrocado a ninguno de sus múltiples y longevos tiranos. Habían sido determinantes, sobre todo en algunos países, en los combates de la independencia, pero luego cayeron en la postración, sometidos al puño de hierro de las distintas policías secretas de los sucesivos tiranos. También ellos estaban hasta ahora recluidos en una inmensa cárcel de pueblos, de la que los tunecinos están saliendo y los egipcios pugnan por salir. Sacrificados a la estabilidad, los ciudadanos de toda la geografía árabe habían sido minusvalorados y despreciados, pecado en el que Europa y Estados Unidos llevan la penitencia: a esta actitud arrogante se debe la ceguera política que ha impedido prever la revolución democrática árabe que se está extendiendo desde el Atlántico hasta el Golfo Pérsico. En vez de enfrentarse a una sucesión delicada, Washington y sus aliados se han encontrado con la ola revolucionaria imprevista que amenaza con derrocar a su fiel aliado de 30 años y les sitúa en un dilema insostenible. Si le empujan para que caiga, imparten una lección peligrosa a todos sus otros aliados: pueden prepararse los monarcas árabes mimados por occidente. Si le siguen sosteniendo, rubrican una vez más el doble rasero tradicional con los que se ha tratado a los árabes: la ejemplar democracia estadounidense les dice a los árabes que ellos no tienen derecho a la democracia. Obama no tiene la culpa histórica de este dilema, pero sí la responsabilidad. Ha seguido la misma política de todos sus antecesores, incluido por supuesto a George W. Bush; no ha sabido traducir sus palabras de El Cairo en hechos; nada ha hecho avanzar el proceso de paz entre israelíes y palestinos; y su actitud ante los egipcios, y sobre todo la de su vicepresidente Joe Biden, no es mejor que la de Sarkozy y su ministra de Defensa, Michèle Alliot-Marie respecto a los tunecinos.

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1 de febrero de 2011
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Astucia clásica de gran actualidad

El célebre tratado en doce libros "Res rustica" que suele titularse entre nosotros "Agricultura", obra monumental del gaditano Lucius Junius Moderatus Columela, contiene un largo apartado sobre el cuidado de las abejas -animales delicadísimos, caprichosos, a veces neuróticos, pero en sustancia divinos-, que es de gran interés. Ocupa todo el libro Noveno, con un breve prólogo, al menos en mi edición, dedicado a la formación de cotos y de cómo se encierra en ellos a los animales montaraces. Siendo la abeja un animal montaraz, no en eso distinto de la liebre, bien están ahí ambos conjuntados.

    Es el caso que las abejas soportan mal que el mielero, colmenero o abejero sea de naturaleza tosca y sucia. El olor a cebolla les marea hasta la nausea y también les espanta el pelo. Cuando les entra el disgusto, las abejas se comunican rápidamente entre sí con mucho escándalo, mandan un emisario a la reina y si ésta es de buen carácter emprenden la huida. Resulta bonito de ver un enjambre que huye del apicultor maloliente o hirsuto y se esconde en el bosque como una nube zumbante hasta que encuentra su lugar de anclaje.

    Ante semejante catástrofe, dice Columela, el apicultor sensible lo primero que debe hacer es despedir sin miramientos al empleado que desayunó pan con cebolla o que olvidó depilarse las axilas. Lo segundo, recuperar el enjambre, es asunto laborioso porque, atemorizado y espantadizo, el enjambre suele esconderse muy bien en el oscuro vientre del bosque, donde se queja y lloriquea durante semanas, y no hay quien lo encuentre.

    Da Columela unas instrucciones de astucia clásica, las cuales paso a contarles pues son de aplicación en multitud de ocasiones, cuando se produce la huida de otros animalillos pequeños o no tan pequeños en nuestros hogares.

    El apicultor minucioso conoce perfectamente el lago, charca, alberca o riachuelo donde acuden sus abejas para tomar el agua que necesitan a diario. Pues bien, córtese una de las cañas que tanto abundan en aquellos parajes. Vacíese pulidamente el alma de la caña y déjese gotear la miel por su interior. Atienda luego el apicultor con la caña tendida sobre el agua a que lleguen las abejas, exactamente como el pescador de truchas.

    No pasará mucho rato sin que acuda la primera abeja sedienta (aún no han podido localizar una nueva fuente más cercana a su refugio), la cual entrará por la caña para tomar la miel, siendo empujada de inmediato por otra que también quiere entrar y así sucesivamente, como en las colas del metro, hasta que en el interior de la caña se apretujan doce o quince ejemplares. Tápese entonces con gran decisión y velocidad el agujero de la caña con el pulgar.

    Señala Columela "el pulgar", en efecto, pero sin duda puede usarse cualquier otro dedo que se tenga a disposición en aquel momento.

    Váyase entonces el apicultor al umbral del bosque y deje salir una abeja y sólo una, volviendo a tapar de inmediato la caña. Verá que la abeja, un tanto desconcertada al principio, da unas vueltas sobre sí misma como haciendo cabriolas, pero luego, gracias a ese instinto admirable que tenemos las criaturas, emprende una carrera rectilínea indicadora de que ha hallado la dirección correcta.

    Por mucho que corra el apicultor entre el espeso boscaje es seguro que al cabo de un tiempo, mayor o menor según su edad y capacidades, habrá perdido la pista de la abeja. ¡Abra de nuevo la caña separando el pulgar! Una nueva abeja volverá a dar volteretas y saldrá luego disparada en línea recta hacia el hogar interino. Siga así hasta agotar los doces ejemplares. Raro será, razona Columela, que en doce o quince trechos no llegue el apicultor al enjambre, pero si no llega, es cosa de repetir toda la operación llevando la caña llena de abejas hasta el último punto donde le condujeron sus hermanas.

    De cómo se recupera entonces el enjambre, colgado de rama u oculto en un tronco, es asunto que trata en otro apartado: "Del modo de recoger los enjambres y de impedir su fuga". Me ha parecido, sin embargo, que la parte urgente, en nuestros días, es la anterior. Ya sabe el lector que nos estamos quedando sin abejas, atacadas y destruidas por un abejón dañino llegado del extranjero y no es exagerado decir que en unas decenas de años la miel puede convertirse en un bien tan escaso como el ámbar. Cada vez hay menos razones para seguir con vida.

    Así pues, cuide de su enjambre el colmenero, de su familia el padre hogareño, de sus amores el agraciado que los tenga, de sus libros el bien leído, de sus canarios el ornitófilo, de su grey el diputado, y vaya en busca de las bestezuelas huidas con un método tan refinado como el que nos recomienda el sabio latino y yo les he repetido. Pero antes de eso, lávense bien, por favor, eviten la cebolla cruda y no dejen de rasurarse todos los días.

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1 de febrero de 2011
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La nieta

Es una noticia común ser abuelos y, además, los abuelos repiten como loros las mismas palabras para referirse a sus sensaciones, igualmente iguales, inversamente noticiables. Ahora me ha tocado a mí, desde ayer, entrar en esa cofradía. Confieso que no siento interés alguno por esta asociación biológica ni tampoco por todos aquellos que se muestran orgullosos de ser sus miembros. La niña -no la nieta- es muy mona, muy rosada, muy... Paro para no ingresar inadvertidamente en ese universo repetitivo que no deseo pero que, por lo que advierto, es él, su mundo abuelo el que te asume y, como otras involuntarias peripecias de la vida mucho menos añosas, acaba tolerándose primero y luego, por su persistente fatalidad, aprendiendo a quererlo. La niña se llama Claudia y es hija de mi hijo Juan, el más bueno.

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1 de febrero de 2011
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La biblioteca que escapó del fuego

 Como estamos mucho más habituados a las imágenes de libros en las hogueras, resulta difícil de imaginar el proceso contrario: la salvación de una gran biblioteca del acecho de las llamas. La de Alejandría fue incendiada varias veces, y tenemos abundantes noticias sobre quema de libros en cualquier época sometida al fanatismo, hasta el pasado más reciente. Por eso llama la atención lo ocurrido con la Biblioteca Warburg. Curiosamente, todo fue muy rápido, pese a que las negociaciones secretas entre los alemanes y británicos implicados en el plan de salvación de la biblioteca fueron largas y laboriosas. A principios de 1933, Hitler alcanzó el poder, y a finales de ese mismo año los volúmenes que Aby Warburg había reunido en el transcurso de cuatro décadas ya se encontraban en su nueva morada londinense. Los acontecimientos se precipitaron, sometidos al vértigo sin precedentes de un periodo que culminaría en el mayor desastre de la historia. Los continuadores de la obra de Aby Warburg -pues este había fallecido un lustro antes- pronto advierten que será imposible proseguir con su labor bajo la vigilancia nazi. En consecuencia, empiezan los contactos destinados al traslado. Primero se piensa en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, donde escasean los fondos para el futuro mantenimiento. Después, en Italia, el lugar más adecuado de acuerdo con el contenido de la biblioteca, pero el menos fiable tras el largo Gobierno de Mussolini. Finalmente, se impone la opción británica. Eric M. Warburg, hermano de Aby, escribió una crónica pormenorizada de las negociaciones que, como apéndice, se incluye en el recién publicado texto de Salvatore SettisWarburg Continuatus. Descripción de una biblioteca (Ediciones de la Central y Museo Reina Sofía). El relato nos introduce en una trama de alta intriga.

¿Por qué era tan singular la Biblioteca Warburg? Es difícil obtener una respuesta unívoca. De la lectura del libro de Salvatore Settis, así como de la del también reciente y muy recomendable ensayo de J. F. Yvars Imágenes cifradas (Elba), se desprende una suerte de paisaje de círculos concéntricos según el cual la misteriosa personalidad de Aby Warburg abrazaría la estructura de su biblioteca, del mismo modo en que los hilos de la telaraña no pueden comprenderse sin el instinto constructor del propio insecto. También las explicaciones, ya clásicas, de Fritz Saxl, Ernst Cassirer, Erwin Panofsky o E. H. Gombrich sobre el maestro de Hamburgo apuntan en la misma dirección. Lo que podríamos denominar el caso Warburg se refiere a un hombre que dedicó su vida a la formación de una biblioteca que, con el tiempo, sería muchos mundos al unísono: un edificio, construido en Hamburgo por el arquitecto Fritz Schumacher, que debía inspirarse en la elipse orbital de Kepler; un laberinto que atrapaba al visitante, según Cassirer; una colección organizada de acuerdo con criterios sutiles y completamente heterodoxos, todavía no enteramente dilucidados; un polo espiritual que magnetizaba a cuantos se acercaban y que daría lugar, primero en Alemania y luego -póstumamente respecto al fundador- en Reino Unido, a la más prestigiosa tradición contemporánea en el territorio de la Historia del Arte.

En el centro de la telaraña, el hombre, Aby Warburg, continúa siendo un misterio, alguien mucho más evocado que leído, a pesar de que últimamente crece la edición de sus escritos, incluido su crucial Atlas Mnemosyne (Editorial Akal), comparado, con razón, por Yvars con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin. De Aby Warburg siempre se recuerdan dos circunstancias que acotan su trayectoria vital. De sus últimos años se saca a colación la enfermedad nerviosa que motivó su internamiento en un sanatorio y, en el otro extremo de su biografía, se alude al adolescente que, en un gesto bíblico, renunció a su primogenitura en el seno de una familia de la gran burguesía hamburguesa a condición de que, en el futuro, siempre dispusiera de los fondos necesarios para adquirir cuantos libros quisiera. A los 13 años, la edad en que se produjo esa renuncia, Aby parecía haber adivinado ya sus dos pasiones futuras: coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección. El resultado fue, sobre todo después de la construcción del edificio que obedecía a sus innovadores criterios, una biblioteca radicalmente distinta a las demás.

Las estanterías de la Biblioteca Warburg reunían volúmenes que guardaban entre sí "afinidades electivas", lo cual suponía extraños alineamientos de arte, medicina, filosofía, astrología o ciencias naturales alrededor de unas imágenes simbólicas que, aisladas en cada especialidad, perdían su fuerza genealógica. Así, por ejemplo, y para horror de los historiadores ortodoxos, en los paneles del Atlas Mnemosyne Warburg juntaba motivos alegóricos, fragmentos de cuadros, emblemas esotéricos, fórmulas matemáticas o grabados sobre la circulación sanguínea en un solo plano de múltiples relaciones. Gracias a esas "afinidades electivas", el historiador podía excavar el pasado a través de múltiples túneles que se iban entrecruzando en el subsuelo de la memoria(Mnemosyne era el frontispicio que presidía la Biblioteca Warburg). Esta idea, susceptible de ser aplicada a toda la historia de la cultura, era particularmente importante al tratar de identificar las fuentes antiguas del arte renacentista, como demostró el mismo Aby Warburg con sus extraordinarias radiografías de El nacimiento de Venus y La Primavera de Botticelli. Sus discípulos experimentaron pronto que su biblioteca, lejos de ser un archivo inerte, era un organismo vivo que trasladaba a la imaginación por las diversas islas del conocimiento.

Lo que los dos barcos de vapor transportaban aquella gélida mañana de diciembre de 1933 no eran solo miles de libros cuidadosamente escogidos a lo largo de décadas, sino la semilla de una sabiduría singular que daría frutos magníficos. Parece que la decisión del municipio de Hamburgo de prestar por tres años la Biblioteca Warburg irritó sobremanera a la Cancillería del Reich en Berlín. Empezaban las hogueras por todas partes y, desde luego, era escandaloso que se hubieran escapado sigilosamente 60.000 posibles víctimas.

El País, 29/01/2011

 

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1 de febrero de 2011
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Unanimidad

Carraspeó antes de explicar por qué estaban allí reunidos, en el sobrio teatro que apenas se usa ya. Entre sus manos llevaba, como pauta, el folleto azul con los lineamientos para el VI congreso del Partido Comunista y tras de sí la mesa la presidencia incluía funcionarios municipales y provinciales. Antes de dar la palabra a alguien, recalcó que debían atenerse a lo escrito en aquellas páginas y sólo se discutirían temas económicos. Deletreó está última palabra con énfasis, para que no fueran a exigir su derecho a la ?libre asociación? o a reclamar  que les permitieran ?entrar y salir libremente del país?. E-CO-NÓ-MI-COS volvió a silabear, abriendo los ojos y levantando las cejas con énfasis, mientras miraba a los empleados más conflictivos. Con semejante introducción, la reunión se convirtió en un trámite aburrido, en una tarea añadida a la jornada laboral. Mecánicamente decenas de brazos se alzaron ante la pregunta de si estaban de acuerdo con cada punto. Silencio incómodo después de las frases ?¿Quiénes están en contra?? y algo de fatiga al escuchar ?¿Quiénes se abstienen??. Sólo un joven cuestionó la prohibición vigente en el país de comprar autos y casas, pero inmediatamente un militante tomó la palabra para leer un largo encomio a la figura del Máximo Líder. Así, siempre que alguien apuntaba un problema, salía otro recalcando las conquistas del proceso. Los apologistas estaban ubicados en puntos equidistantes dentro del auditorio y reaccionaban como ante un guión estudiado o una coreografía ensayada. La sensación de estar en una asamblea preparada competía en intensidad con el deseo de irse ?cuanto antes? a casa. Al otro día, el centro de trabajo había vuelto a su rutina. Un mecánico que estuvo sentado muy cerca de la presidencia, ya no recordaba ni uno sólo de los lineamientos. La muchacha del almacén le resumió a sus amigas las discusiones de la tarde anterior con un simple ?Ah? lo mismo de siempre? y el chófer del administrador encogió los hombros escéptico cuando un colega le preguntó por lo ocurrido. Muchos habían vivido aquella jornada como el anticipo de lo que sucederá dentro del Palacio de las Convenciones el próximo abril, un avance a pequeña escala del congreso del PCC cubano. Sólo que en unos meses lo verán en la pantalla de la tele, pero por esta vez han sido ellos los que levantaron la mano, los que votaron por unanimidad ante la mirada severa del director.

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31 de enero de 2011
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Tao Lin y el "nuevo minimalismo"

Uno de sus libros tiene como título el sonido que hacen los delfines (Eeeee eee eeee). Una reseña en The Guardian lo compara con Easton Ellis y Coupland en sus inicios y sugiere que su estilo es "beckettiano". Hace tres años, como parte de una campaña para promover un libro, pegó por todo Nueva York una calcomanía que decía "Britney Spears". Poco después vendió seis acciones de dos mil dólares cada una para poder renunciar a su trabajo y escribir una novela; los que compraron las acciones tendrían derechos sobre las ventas. Uno de sus libros podía comprarse en Urban Outfitters (el autor ha dicho que su público ideal son "hipsters"). En eBay vende manuscritos de sus cuentos, y en recitales de poesía es capaz de repetir la misma frase durante siete minutos. Hace un año fue arrestado en una librería en Nueva York (ha robado muchas veces en tiendas, y ha sido arrestado un par de veces).

Se llama Tao Lin, nació en 1983 y en poco tiempo se ha convertido en el escritor más representativo de la nueva generación en los Estados Unidos. Lo ha hecho gracias a sus gestos promocionales y a su capacidad narrativa para capturar la anomia, la falta de dirección, la soledad de los jóvenes veinteañeros que pasan la mayor parte del tiempo en Internet chateando en Gmail, leyendo blogs, viendo YouTube. A falta de otros nombre, lo que hace Lin junto a otros escritores de su misma órbita es conocido como "nuevo minimalismo". Quienes lean sus dos últimas novelas (Shoplifting from American Apparel y Richard Yates, esta última de inminente publicación en España) estarán de acuerdo.

La prosa de Lin posee un vocabulario muy básico y no hay ningún intento de buscar metáforas, imágenes o descripciones originales; el ritmo es monótono hasta la exasperación: "Regresó al piso. Bebió una bebida energética. Escribió durante dos horas y media. Se echó en la cama de su hermano escuchando música. Leyó la mayor parte de la nueva novela de Stephen Dixon y se durmió a eso de las tres de la mañana". En cuestiones de estilo, Tao Lin es lo opuesto a Jonathan Franzen. La escritura es floja, pero lo es de manera intencional: se necesitan muchas horas al día para convertir una "mala escritura" en una estética.

Las novelas parecen versiones de películas indie para ser leídas en el metro. Shoplifiting from American Apparel narra dos años en la vida de Sam, un joven escritor de culto que es arrestado por robar en American Apparel. Buena parte de la novela son chats en Gmail. La pseudotrama cuenta las pseudorelaciones de Sam. No se sabe mucho de sus sentimientos. Cuando Hester, una de sus parejas ocasionales, le dice que a veces desearía saber lo que siente, Sam responde: "No tengo... nada de qué quejarme. Sólo estoy, no sé, no quiero seguir hablando" (en Richard Yates, Haley piensa: "Estoy aburrido de la vida. Espera. No lo sé. No importa").  

No debe ser fácil escribir sobre personajes que no saben o no quieren decir lo que sienten. Lin captura el zeitgeist de su generación, aquello que Charles Dodd White ha llamado "la búsqueda de una neutralidad en los sentimientos que resulta ostensiblemente de una sobreexposición a los medios y quizás a la información en general". Lin también tiene algo de humor (en Shoplifting, se dice que Chopin es "emo"; en Richard Yates, hay una discusión acerca de quién ganaría en una pelea entre Bruce Lee y millones de hormigas), algo de ironía y juego (los personajes principales de Richard Yates se llaman Haley Joel Osment y Dakota Fanning) y es notable su capacidad, mencionada por Miranda July, para narrar estados de ánimo que otros escritores evitan ("la pereza, la vacuidad, el aburrimiento"). El problema principal es que su registro monocorde termina por cansar. Lin repite una situación una y otra vez y no la lleva a ninguna parte, ni tampoco explora esa falta de conexión de sus personajes consigo mismos y con los demás. Quizás esa es la idea. Si es así, funciona mejor en la teoría que en la práctica.  

(La Tercera, 31 de enero 2011)

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31 de enero de 2011
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Sangre y arena

Dentro de su encomiable esfuerzo por mantener vivo y accesible a Vicente  Blasco Ibáñez la Biblioteca Castro publica ahora el Tomo III de los cinco volúmenes que dedicará a sus  Novelas, con lo cual el lector de lengua castellana tendrá a su disposición una veintena de obras del genial escritor valenciano. De los cuatro títulos que componen la presente entrega, los dos primeros, La bodega y La horda, pertenecen al ciclo de las llamadas "novelas sociales" y en cierto modo entroncan con Cañas y barro o Arroz y tartana. La mayor diferencia consiste en que en lugar de estar ambientadas en La Albufera, la primera, La bodega, ocurre  en el campo andaluz y tiene como tema fundamental los latifundios y los levantamientos campesinos; La horda, por su parte, está ambientada en los miserables suburbios de Madrid  y soporta con bastante donaire una comparación no maliciosa con La busca, de Pío Baroja.  En cambio la tercera, La maja desnuda, es de ambiente internacional y se lee con gusto pero tiene la desgracia de haber sido alcanzada y sobrepasada por el tiempo, aparte de que los protagonistas juegan con la desventaja de llevar unos nombres que son una afrenta a la credibilidad y la verosimilitud: él, el héroe, es un pintor llamado Mariano Romerales, mientras que Ella, la maja desnuda, es una dama llamada Alberca.

Como todo el mundo sabía que Blasco Ibáñez se inspiraba en su propia experiencia y que buscaba modelos reales para sus personajes, a casi nadie le cupo la menor duda de que la susodicha Alberca era en realidad Elena Ortúzar,  una bella chilena que a la sazón era públicamente su amante y que luego pasaría a ser su segunda esposa. Pero digo "casi todo el mundo" porque a Clotilde, la mujer de Joaquín Sorolla, tampoco le cupo la menor duda de quien era la amante desnuda en cuestión,  salvo que identificó al pintor de ficción con su marido real y al pobre hombre el equívoco le costó un considerable disgusto.

La cuarta y última de las novelas incluidas en este volumen es Sangre y arena y aunque también ha sido alcanzada por el tiempo, en cambio ha cobrado actualidad gracias a la polémica suscitada a raíz de la prohibición de la "fiesta nacional" en Catalunya y la conmoción que tal medida ha causado en el mundo de los toros. Mientras lea, el lector acabará por preguntarse qué es en realidad esa fiesta que con tanto ahínco defienden los taurinos, pues lo que actualmente se ve en las plazas de toros apenas tiene nada que ver con lo que eran los toros hace ahora justamente un siglo.  En cuyo caso el lector acabará preguntándose de paso qué es lo que con tanto ahínco defienden los partidarios de la tradición y la identidad. Ahora que el campo es lo más parecido a un parque temático y que el campesino vive colgado de las subvenciones europeas, la vieja aristocracia rural es lo más parecido a esas cabezas de toro disecadas que cuelgan en los bares de ambiente taurino, y sus hijas más preclaras, esa rubísima y cosmopolita Doña Zol que obnubila al pobre torero de baja extracción, en realidad le proporciona a éste tantas excusas para quitársela de encima que ni el propio Blasco se cree que ella vaya a ser causa última de la previsible hecatombe del héroe y, en efecto, el pobre hombre acaba sucumbiendo a su propia falta de valor y no por las insidias de una caprichosa malcriada. Y otro tanto cabría decir de la ideología, la mentalidad, las costumbres, la vestimenta o las causas más profundas que regían las vidas de nuestros mayores: si nada de todo eso es reconocible hoy, qué es lo que se defiende cuando se habla de identidad y tradición.

Quede claro, sin embargo (y creo que esto bien podría hacerse extensible a gran parte de la literatura del pasado), que tener la paciencia del cazador y pasar páginas y más páginas muy bien escritas pero intranscendentes acaba siendo altamente rentable porque, de pronto, la prosa se libra de aceites y telarañas y se alza con la majestuosa nitidez de la verdad, lo imperecedero, lo que está más allá de cualquier discusión. Y no es necesario que se trate de temas trascendentes. Hablo, por ejemplo, de la prodigiosa descripción del traslado, de noche y al galope tendido, de unos toros criados a una dehesa y que van a ser  lidiados en la Maestranza de Sevilla. O de la descripción (sí, a estas alturas) de una procesión de semana santa, también nocturna, o de una reflexión sobre la tauromaquia como elemento civilizador (con respecto a un pasado inmediato aún más salvaje y sanguinario). Son momentos esporádicos  y que van apareciendo aquí y allá, pero que son deslumbrantes y justifican de sobras dedicar a estos libros la atención que merecen.

 

Novelas III

Vicente Blasco Ibáñez

Biblioteca Castro

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31 de enero de 2011
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