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10 libros odiados (por los snobs)

snob En una nota de El Mercurio de Chile encuentro una mención al libro Diccionario de literatura para los snobs (editado en el 2007), de Fabrice Gaiginault y publicada en España por Impedimenta. En el artículo de Constanza Rojas se transcribe los 10 libros que deben ser odiados por todo aquel que se considere un snob. Aquí les dejo la lista. ¿Podríamos hacer una con libros latinoamericanos y españoles? Bella del señor (Albert Cohen) El extranjero (Albert Camus) El amante (Marguerite Duras) El Principito (Antoine de Saint Exupery) La condición humana (André Malraux) Las uvas de la ira (John Steinbeck) El viejo y el mar (Ernest Hemingway) La náusea (Jean Paul Sartre) La espuma de los días (Boris Vian) En el camino (Jack Kerouac)

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21 de febrero de 2011
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Recuerdos con niebla

 

Me cuesta, me avergüenza, volver a aquella noche de hace treinta años. No fuimos muy valientes. No ocupamos  las plazas, ni tomamos las calles- quizá todavía creíamos que eran de Fraga y sus policías franquistas-ni salimos en manifestación. Al menos, no la mayoría. Algunos salimos, salieron, después de escuchar que el Rey estaba con la Constitución, con la democracia, dimos vueltas en una noche desangelada, entre la niebla y el frío por los alrededores de un Congreso que estaba secuestrado por unos tipejos uniformados, estertores del peor franquismo, indeseables salvadores de una patria que solo pertenecía a sus retrógrados y mezquinos intereses. España, la mayoría de españoles, estábamos en otra parte, en otro mundo, en otro país, en otro mundo.

Consiguieron, eso sí, que siguiéramos desconfiando de nuestra transición. Todo tan de guante blanco, de reformar sin cambiar, no pedir cuentas, casi pedir perdón por creer que había que mirar de frente a los beneficiados de un injusto régimen.

Franquistas sociológicos que se disfrazaron de demócratas a la española. Una católica y poca sentimental manera de entender el poder y su soberanía. Muchos siguen teniendo poderes, territorios, mando, negocios, medios y enteros a su lado. Finalmente sí somos un país normalizado en su democracia, aunque con una seria carencia en no haber podido mirar las zonas oscuras, y más o menos recientes, de nuestro pasado. Hay muertos sin sepultura y responsables sin vergüenza. Para ya no será imaginable un Congreso, unas calles o una televisión tomada por unos cuantos fantoches más o menos desorganizados.

Ahora podemos aburrirnos con nuestros políticos y los cuarteles son unos recintos en extinción para la formación de ayuda humanitaria. Quizá tengo una tendencia a confundir el deseo y la realidad, pero así me parece el futuro militar.

Me irrita leer todavía sobre aquellos golpistas y sus mentiras. Me molesta poder encontrarles en la calle o en un tren, me gustaría que estuvieran más inmovilizados y, sobre todo, que su espíritu estuviera muerto y enterrado.

Vuelvo a aquella tarde, la misma en que salía de un cine que ya no existe de ver "American gigoló", las misma en que al llegar a casa me enteré entre la irritación y el estupor, que uno pocos pretendían que retrocediéramos muchos años. Una tarde, una noche, en la que estuvimos a punto de escaparnos a Portugal que ya estaba democratizada y desmilitarizada. Una tarde, unas horas, que estuvieron espléndidamente contadas por el libro de Javier Cercas, "Anatomía de un instante". No confundir con la película sobre el 23-F. Nada que ver. Una tarde, una noche, en la que volvimos a demostrar lo capaces que somos para la huida y el disimulo.  

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21 de febrero de 2011
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Europa cobarde, Europa libre

El lado oscuro de Europa lo conocemos bien: durante cinco siglos -hasta el pasado- nuestro continente colonizó y saqueó el resto del mundo. En América los europeos acabaron con poblaciones enteras y civilizaciones imponentes, y en el África de hoy todavía son bien visibles las fronteras del expolio, con ese mapa geométrico trazado en las cancillerías europeas para repartir el botín y que, al no respetar las tradiciones e identidades locales, ha sido después, tras las independencias de esos países, motivo continuo de conflictos sangrientos. Tampoco Asia se libró, por supuesto, de la furia depredadora e imperial europea, que durante mucho tiempo consideró a antiguas civilizaciones del calibre de la china o la india como productos primitivos y exóticos. Con razón, ese lado oscuro ha sido estudiado minuciosamente por los historiadores, porque durante cinco siglos la globalización dirigida por Europa, casi siempre con violencia, preparó el escenario del mundo que ahora contemplamos. Los no europeos nos recuerdan a menudo nuestro lado oscuro, para reprocharnos el pillaje sufrido o simplemente para justificar situaciones actuales, y muchos europeos también nos lo recordamos de tanto en tanto, bien por sinceridad, bien para gozar de una buena conciencia.

Lo que no es nada evidente es que unos y otros nos acordemos, aunque sea levemente, del lado luminoso de Europa. Es posible que los no europeos se muestren insensibles a cualquier indicio de esta luz, sea porque la desconozcan o desprecien, sea porque la "rica" y "tecnológica Europa" interesa por otra cosa, como tierra de migración, y no por sus supuestos valores morales y espirituales (es difícil aceptar la moralidad y la espiritualidad de la cultura que te ha oprimido).

Más extraordinario es que los propios europeos no parezcan ya en condiciones de reconocer, con cierta convicción y consecuencia, el lado luminoso que también alimenta su herencia. Dicho brutalmente: una Europa cobarde y acomodaticia se ve incapaz de defender su patrimonio espiritual, al que sistemáticamente camufla u oculta con el ánimo de preservar privilegios económicos que hagan más llevadero el implacable declive. Como si estuviera vencida de antemano, Europa disimula su mejor legado para conservar, triste y groseramente, prebendas para las que intuye que hay una fecha de caducidad.

Durante muchos años he denunciado -y sigo denunciando- las tropelías históricas de Europa, pero desde hace tiempo encuentro necesario recuperar un sentimiento de autoestima fundamentado en lo que vengo llamando, aquí, el lado luminoso.Curiosamente esta necesidad se me hizo más patente a grandistancia de las fronteras europeas, en Benarés, durante las muy estimulantes conversaciones con el pensador indio Vidya Nivas Mishra acerca de las afinidades y distancias entre las mentalidades europea e india, que culminaron en un libro conjunto.

Aunque soy un gran admirador de la tradición hindú y Mishra -fallecido poco después en un accidente de automóvil- era un hombre en extremo convincente, pronto me di cuenta de que estábamos situados en miradores radicalmente diferentes. Mientras en mis palabras aludía siempre al "yo" -un "yo" bastante desamparado, por cierto, falto de cobertura religiosa o ideológica, al menos en mi caso-, Mishra siempre se refería a "nosotros", pero no a un "nosotros" puramente actual, sino a una entidad colectiva que se remontaba cuatro milenios atrás. (Los mismos, elocuentemente, de existencia de Benarés, junto con Damasco la ciudad más antigua continuamente habitada). Esta circunstancia, pensé entonces, a lo largo de nuestras charlas, otorgaba una imbatible superioridad al punto de vista de Mishra sobre el mío.

Ese hombre, me dije, habla con la enorme seguridad de saberse acompañado por millones de compatriotas cohesionados por el flujo continuo de miles de años, en tanto que yo -¡otra vez el solitario yo!- tenía que presentarme como representante exclusivo de mí mismo y, cuando aludía al pasado, tenía que hablar de un río, el de la civilización europea, constantemente interrumpido por diques y cambios abruptos de cauce. Mi posición en el diálogo era claramente desfavorable pues, frente a la fortaleza de la continuidad que dibujaba mi interlocutor, yo, como europeo, no podía dejar de mencionar nuestros constantes virajes y revoluciones, de la antigüedad clásica al medievo cristiano, del renacimiento a la ilustración y a la modernidad. Europa se había negado y reinventado constantemente de manera revolucionaria hasta el punto que, en nosotros, tradición y revolución se requerían mutuamente y eran, casi, una misma cosa.

En Benarés, tan lejos de Europa, me di cuenta de que este era, precisamente, el rasgo esencial del pensamiento europeo y que, si bien era cierto que a lo largo de la historia habíamos ejercido como invasores y expoliadores implacables, no era menos cierto que habíamos conseguido desarrollar un "instinto" para la crítica y la autocrítica del que carecían, por lo que yo sabía -aunque, desde luego, podía equivocarme- las otras regiones del mundo. En el último día de nuestras conversaciones traté de explicarle esta singularidad europea a Vidya Nivas Mishra aludiendo al destino de Antígona y al hecho de que, en la tragedia de Sófocles, se daba carta de naturaleza a la libertad individual como el motor de la condición humana. Le añadí que, con este presupuesto, era imposible que el pensamiento no fuera el escenario de la crítica y la autocrítica, y que la historia no fuera sino una sucesión de revoluciones, de sacudidas ansiosas de libertad, que obligadamente me dejaban a mí en soledad frente a sus milenios de comunidad espiritual. Pero no estoy seguro de que me comprendiera pese a su permanente sonrisa afable e inteligente.

Y creo, en efecto, que este es nuestro lado luminoso, el haz de libertad que brilla en medio de la oscuridad a la que, con tanto afán sangriento y codicioso, hemos contribuido. Hemos destruido mucho pero, en la estela de Antígona, hemos apostado con frecuencia por la libertad de conciencia, incluso contra la omnipresente "razón de Estado" (confundida, en ocasiones, con la "razón de Dios") en la que encuentran cobijo tantas tradiciones del mundo que nos rodea.

Esta es la gran lección del humanismo europeo, antiguo y moderno, lección que los europeos actuales, sumidos en la molicie mental y refugiados en una concepción gélida y burocrática de Europa, se empeñan en olvidar. La vergonzosa actitud de la comunidad europea ante los recientes acontecimientos en los países del norte de África -todos ellos antiguas colonias europeas- no son sino la lóbrega coronación de un silencio culpable que se repite ante cada hecho que incomoda la seguridad senil y avariciosa de un continente que omite cualquier construcción moral ante la vigilancia de los "mercados". Europa calla ante cualquier atropello de los derechos individuales -proceda este de reyezuelos, como los de Túnez o Uzbekistán, o de emperadores, como en el caso chino-, siempre temerosa de que cualquier gesto le suponga la definitiva retirada de prebendas que -y esto aumenta el miedo- consideran ya medio perdidas bajo la espada de Damocles de la decadencia.

Y este es, sin duda, el camino peor porque, afortunadamente obsoleta su función saqueadora, la única auténtica riqueza de futuro que le queda a Europa es Antígona. Quiero decir: la reivindicación de la libertad individual de conciencia, el derecho a la crítica, la necesidad de la autocrítica. Esta, la razón del individuo, es el bien único, espléndido, que todavía podemos exportar y que aún puede ganarnos un respeto en el mundo. Acobardados y sumisos ante la razón de Estado solo nos queda prepararnos para ser unos obedientes y eficaces esclavos.

El País, 16/02/2011

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20 de febrero de 2011
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La orquesta del Titanic

El crujido de las cuadernas debiera hacernos estremecer. Un mundo entero, el mundo que hemos conocido, se está hundiendo. Dentro de poco no podremos reconocerlo. Es como una segunda réplica del final de la guerra fría, un arreón que se está llevando por delante lo que quedó de todo aquello. Congelados en la historia, los pueblos árabes se habían convertido en la variable fija sobre la que se asentaban todos los otros cambios. Los antiguos países comunistas accedieron a la libertad; terminó el apartheid en Sudáfrica; Europa se encaminó con desigual fortuna a su unificación; emergieron las potencias del futuro bajo el rótulo de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China); el islamismo democrático llegó y se asentó en el poder en una Turquía también emergente; y Estados Unidos, país fundado por terratenientes ilustrados y esclavistas, puso al fin a un afroamericano en la Casa Blanca. Y los pueblos árabes, mientras tanto, siguieron petrificados en su régimen de siempre, bajo la bota de unos autócratas casi siempre corruptos y ladrones.

Era la fatalidad, el destino. Maktub. Estaba escrito. Hasta ahora, cuando el choque de placas tectónicas o la colisión con el iceberg, no importa la metáfora, ha resquebrajado el casco de este buque, que es el de nuestro viejo mundo, el del mundo tal como lo hemos conocido. No sabemos cómo será y hay que confiar en que sea mejor e incluso echar una mano para que así sea, en vez de lamentarse por su hundimiento o despotricar contra quienes han permitido que se hundiera. Pero será distinto. Ya no desde Marruecos hasta Bahréin. Aquí mismo, en la Europa que se creía un balneario y se verá ahora obligada a tomar el pulso a la criatura y adaptarse a su ritmo. Costará. Y mucho. Para empezar, enterarse de lo que está ocurriendo. En dos meses han caído dos regímenes. No hay país árabe que no se halle afectado por la llamada a la revuelta, dirigida por los jóvenes y sus habilidades tecnológicas. ¿Hay conciencia ahora mismo en España de lo que supondría una revolución democrática en Marruecos, que pusiera en jaque a la monarquía feudal de Mohamed VI? ¿Tienen nuestro Gobierno y nuestra oposición ideas claras sobre cómo quisiéramos que fuera el Marruecos del futuro? ¿Saben qué papel deben desempeñar Ceuta y Melilla? ¿Estamos preparados para ayudar a su transición hacia una monarquía constitucional y un Estado descentralizado y democrático? Donde más costará enterarse, está visto, es donde menos debiera. Mientras se incuba la revuelta entre nuestros vecinos marroquíes, aquí seguimos con nuestra vieja y aburrida música doméstica, ajena a los crujidos del buque. Ocupados por obligación en la rectificación de nuestras cuentas y medios de vidas, y por devoción a desprestigiar al adversario, somos los músicos del Titanic, dispuestos a seguir con la murga mientras el transatlántico se hunde.

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20 de febrero de 2011
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Agustín Fernández Mallo en "To Be Continued"

Colifato. Ilustración de Pablo C. Revidiego El proyecto To Be Continued sigue viento en popa. Al primer capítulo, escrito por Santiago Roncagliolo, le han seguido tres autores jóvenes, elegidos por un jurado (entre los que me encuentro) sobre varios finalistas de mucho valor. Asimismo, las historias han sido ilustradas también con talento. Ya tenemos cuatro capítulos escritos y el quinto capítulo tendrá un escritor invitado: Agustín Fernández Mallo, que tendrá la complicada labor de darle una vuelta de tuerca a la historia del detective Colifato y el crimen en la cartelera del High School Music. Complicado lo que le toca al narrador español, pero seguro saldrá bien librado del reto (él, que no le teme a los retos y ha publicado una versión del borgiano El Hacedor, ni más ni menos). Si quieren ver los capítulos publicados hasta el momento, o saber cómo participar en el futuro, ilustrando o escribiendo continuaciones, pueden ir a la página web del proyecto.

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20 de febrero de 2011
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Las cosas no hablan ni deciden

Con ocasión de los acontecimientos en Túnez y en Egipto, el lingüista y filósofo francés Jean- Claude Milner hace unas declaraciones que van mucho más allá del tema concreto y que encierran una implícita respuesta a la pregunta que me formulaba Basilio Baltasar y que yo recogía en la anterior columna:

"Es hoy muy raro que los gobernantes afirmen que han efectuado una elección. Hay una especie de cascada de mimetismo. Los gobernantes  declaran hallarse  sometidos. A los mercados, a la protección de la naturaleza, a las encuestas de opinión, en resumen, acosas que no hablan. Y como se consideran a ellos mismos sometidos, esperan que los gobernados también lo estén. Como el poder reposa en cosas mudas, esperan que todos se callen. Esta desconexión entre la política y nuestra condición de seres de palabra es grave."

Sólo añadiré por mi parte que la conciencia de esta desconexión es ya un indicio de que la conexión puede darse. Una vez más se trata de un problema de confianza kantiana: indisociable de la exigencia de libertad, la razón y la palabra no son reductibles a la naturaleza inmediata. Los seres de lenguaje somos sistemas abiertos sometidos al segundo principio de la termodinámica, pero a nada más; e incluso esta sumisión tiene sus límites: no es lo mismo ser  mero objeto del cambio destructor que ser espejo del mismo

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18 de febrero de 2011
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II. Un parque zoológico

Que la gente tome por su cuenta el restablecimiento de la democracia, no es un asunto de geografía. Ha sucedido ya en América Latina no pocas veces, prueba de que cuando hay anomalías y vicios en el ejercicio del poder, es la gente en las calles quien se encarga de corregirlos. Los ejemplos sobran. Entre las más preciadas de mi colección de fotos históricas, tengo una de la Cumbre de jefes de estado de la OEA celebrada en Panamá el 22 de julio de 1956, a la que asistió el presidente Dwight Eisenhower de los Estados Unidos. Eran los tiempos dorados de las repúblicas bananeras, cuando los hermanos Dulles, uno desde el Departamento de Estado, el otro desde la CIA, ejercían a plenitud su señorío, y sostenían y quitaban gobiernos, como había ocurrido dos años atrás con el derrocamiento del presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz.

            Allí aparece sentado a la mesa de la cumbre, precisamente, el coronel Carlos Castillo Armas, ahora dictador de Guatemala, sustituto de Arbenz. Uno contempla esa foto, y todo aquello parece un parque zoológico. Está Anastasio Somoza García, dictador de Nicaragua. Y Fulgencio Batista, dictador de Cuba. Héctor Bienvenido Trujillo, hermano del Generalísimo Rafael Trujillo, quien suele prestarle la presidencia decorativa de la República Dominicana como deber fraternal, y está también su vecino, el general Paul Magloire, dictador de Haití.  Está el general Gustavo Rojas Pinilla, dictador de Colombia, y sentado a su lado el general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, el dictador petrolero de Venezuela. En fin, hay más, pero la lista se hace demasiado larga.

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18 de febrero de 2011
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Neuman sobre San Valentín

San Valentin Andrés Neuman, irónico como siempre, ha dado en el clavo en todo este tema del día de San Valentín en su blog Microrréplicas. Esto es lo que escribió:

VALENTÍN ATRASA.  Me prometí no decir una palabra sobre San Valentín durante todo el día de San Valentín. Esta norma profiláctica no me impide referirme al asunto, ya de mucho mejor gana, 48 horas más tarde. Escribir sobre San Valentín es como aquello de regalar rosas: sólo resulta cursi una vez al año. En general, la actualidad parece más reveladora cuando se llega a ella con cierto retraso: como ojear periódicos viejos. Eso acabo de hacer con Le Parisien del 14 de febrero, cuya espantosa portada romántica se vuelve interesante, un punto trágica hoy, cuando ha pasado el tiempo y las parejas han vuelto a la rutina. El artículo principal se titula Cómo lograr que su pareja dure: las cinco reglas de oro. La quinta regla universal sostiene sin rastro de ironía: «Cree su propio modelo». Desarrollando un poco más la idea, desde aquí proponemos humildemente una sexta y última regla: «Pídale el divorcio en la Torre Eiffel». Los grandes finales siempre conquistan. ? 

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17 de febrero de 2011
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Perdonar

Hay, al menos, dos clases de circunstancias en las que puede ejercerse el perdón. La primera es aquélla que tiene lugar cuando el ofendido recibe una completa y hasta satisfactoria explicación de quien  cometió la ofensa, voluntariamente o no.

La otra circunstancia, más ardua, es la que remite al caso en  que el ofendido no recibe justificación alguna y el mal comportamiento del otro permanece latente, invariado, hiriente, sin siquiera una pista o un fragmento de donde obtener las explicaciones para la curación.

 Esta segunda oportunidad de perdón es acaso frecuente pero por ello menos doliente. Uno mismo debe carbonizarse en aras del otro que no proporciona luz sobre el suceso dañino. Uno mismo debe carbonizarse y carbonizar el agravio para lograr un absoluto borrón y cuenta nueva. Un blanco del negro, un silencio  en la humillación oral.

Esta clase de perdón posee, sin duda, una categoría semidivina. Es la clase de perdón del poderoso que condona la deuda al país del tercer mundo, es la acción de Dios que borra los pecados sin que los pecados hayan dejado de haberse cometido y sigan flotando en la conciencia sucia. Incluso si se han cometido como blasfemias, directa y conscientemente se perdona porque este perdón duro es droga dura. Nos chuta hacia un nivel de condescendencia fuera de todos los mercado, nos sitúa al margen del intercambio y de su mezquina productividad puesto que la rentabilidad de tal  perdón proviene, sin duda,  de la capacidad para sentirse más valioso que el demérito recibido. Así quien  perdona sin entender la injuria y sin recibir siquiera datos para proceder al entendimiento es un asceta o un santo puros. Perdona a pecho descubierto. Da el perdón desde el fondo de su pecho santo que si antes poseía un aforo humano y concreto ahora, tras exhalar la piedad, se amplia, se vuelve musculoso y voluminoso ya que , en suma, e desde su seno ha brotado, como en los alumbramientos, una nueva concepción de sí. Nueva condición que sale como una llama que chamusca  el pecado, que quema la ofensa y  que nos quema a nosotros mismos, en cuanto sujetos ("sujetos") hasta el extremo de transformarnos en una suerte de esencia que da humo, un humo de aroma que parece bendición.

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17 de febrero de 2011
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La agenda de la libertad

Hay pavor en la Internacional Autoritaria. No son buenos tiempos para los autócratas. Tampoco para sus amigos y aliados occidentales. La oleada revolucionaria promete un tiempo nuevo, que exigirá una forma de gobernar y de comportarse distinta, probablemente fuera del alcance de la mayoría de los dictadores y reyezuelos que roban y oprimen a sus ciudadanos.

Los jóvenes de la plaza Tahrir, los que de verdad han doblado el espinazo a una dictadura crucial en la geopolítica de Oriente Medio, han trazado una línea que organiza el mundo político del futuro: ya no valen las derechas y las izquierdas del siglo XX. Las ansias de libertad y prosperidad de esta nueva generación global y tecnológica dejan a un lado, y bajo un mismo estigma, a Fidel Castro y al coronel Gaddafi, a los reyezuelos de la Península Arábiga y al último dictador europeo, Aleksander Lukashenko; y, naturalmente, a los más eficaces y autoritarios de todos, quizás no lo más corruptos personalmente, como son los mandarines chinos. Ahora hay que decidirse, para que todos sepamos quien queda de un lado y del otro de la línea y cómo debe tratarse desde la parte de acá a los de la parte de allá. Lo primero, pues, es saber si queremos estar al lado de los tunecinos y los egipcios, si les apoyamos en la construcción de la democracia y la prosperidad o preferimos seguir enredando.Washington ya ha dicho que sí, rotundamente, mientras que Bruselas no se sabe muy bien si ha dicho algo y qué ha dicho. Si atendemos a la gesticulación italiana con la inmigración estamos diciendo que no y que nos gustaba más el mundo anterior, con las poblaciones bajo el control de los dictadores. Si nos fijamos en Francia, basta con ver la cara que le está quedando a su ministra de Exteriores, Michèle Alliot-Marie, para ver que nos gustaban más los tiranos, con quienes tan buenas relaciones mantienen ciertas élites europeas, francesas sobre todo. Esa nueva división del mundo entre autoritarios y liberales es tan sencilla de enunciar como difícil de definir y organizar. Después de un mes de vacilaciones, peleas domésticas y lluvia de críticas, la Casa Blanca y el departamento de Estado han empezado a ponerse a la tarea. Hay talentos del pesimismo que no cesan en su imprecación contra Barack Obama. Lo último que podía admitir el pensamiento más conservador es que Mubarak cayera o que vencieran los héroes de Tahrir y que no fuera por el impulso directo de una orden salida de Washington. El ensanchamiento de la libertad en el mundo se concibe como una reducción del poder y la fuerza de Estados Unidos. Curiosa forma de contemplar a un país que tiene sus orígenes en una revolución asentada sobre la idea de la libertad del ciudadano. De modo que EE UU ha hecho lo único que no les gusta estos apóstoles de la estabilidad: acompañar al movimiento y empezar a cambiar de posición en su actitud ante las dictaduras en el mundo. Una nueva agenda de la libertad está ahora en el taller de las ideas para responder al desafío y poner al día a la política exterior de Washington. A diferencia de la anterior, la de George Bush, que también quería extender la democracia por el planeta, la de Obama no será militar, sino pacífica. No hay que cambiar regímenes a punta de pistola, sino exigirles que respondan pacíficamente a quienes se manifiestan pacíficamente; demandarles el reconocimiento de las libertades de expresión y de reunión; apoyar moralmente a los ciudadanos que se movilizan; y estimular a los regímenes para que respondan a las exigencias de cambio. Estas son unas primeras ideas esbozadas por el presidente, en su rueda de prensa del martes, en la que se declaró ?en el lado correcto de la historia? y recordó que ?la democracia es un lío, porque no tienes que negociar con una persona sino con un amplio abanico de puntos de vista?. Hillary Clinton, la secretaria de Estado, el mismo día, amplió estas ideas con una notable intervención acerca del mundo digital. Es la tecnología la que amplia el espacio público compartido del siglo XXI. Los estados democráticos deben comprometerse para que el ágora global sea abierta y los ciudadanos cuenten con libertad de conectar. En el trato con las dictaduras, habrá que situar también en primer plan esta exigencia, que no afecta a un sector industrial, el de Internet y las telecoms, sino al futuro de la libertad en el mundo. La reacción de Washington ante Wikileaks no es el mejor modelo para esta nueva agenda, pero sí lo es el esfuerzo por atrapar la ola revolucionaria. Como la revolución misma, el giro no ha hecho más que empezar y la nueva agenda, menos realista, más idealista, es apenas un esbozo que veremos crecer en los próximos meses. (La idea de que existe una internacional autoritaria no es mía, sino de una periodista ucrania, la editora internacional de Reuters, Christya Freeland y de un intelectual bielorruso, Vitali Silitski. Saben por experiencia propia de lo que hablan).

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17 de febrero de 2011
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