Escrito por

Sònia Hernández

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El lápiz no se borra

En el cartel que anuncia la última exposición de Leticia Feduchi aparece un conjunto de naranjas sobre un fondo blanco, aunque no impoluto. Componiendo un bodegón imperfecto, las frutas no representan la naturaleza, porque han sido arrancadas del árbol y ya tienen el tiempo contado. Feduchi es capaz de hacer que sí representen un paisaje, pero es necesario que quien observa sepa verlo.

Continuando con la imagen del cartel, me llama poderosamente la atención el rastro de lápiz que la pintora no ha querido cubrir o borrar. Tal vez debiera escribir ‘carbón’ o ‘carboncillo’. La permanencia de ese rastro es una constante en su obra. Y, curiosamente, a pesar del virtuosismo en la reconstrucción naturalista de las formas, allí donde ella se hace más presente es en esa huella que hace pensar en un olvido o un descuido. Porque se trata de un falso olvido, o de un descuido mentiroso.

El lápiz, que es el punto de partida en el proceso de producción y que debería ser eliminado por sucesivas capas de color, permanece: no se olvida. De alguna manera, está revelando la idea inicial, la imagen proyectada por la artista antes de realizar la obra y que, sin embargo, quedó truncada, porque la naturaleza, al manifestarse, condujo la realidad por un camino diferente. No obstante, el deseo motor inicial no se borra. Convertido en pasado, en posibilidad abandonada, sigue formando parte del presente y de la obra actual. Como los deseos no concedidos o los que no hemos sabido realizar.

La pintura de Leticia Feduchi está repleta de pequeños matices que reclaman atención. El rastro del lápiz es sólo uno. Gran retratista –por sus pinceles han pasado destacados nombres de la sociedad española, especialmente del mundo de la cultura–, asegura que los paisajes siempre se le han resistido; aunque varias de las obras que compusieron la exposición que tuvo a finales de 2020 en La Galería de Sant Cugat la desmintieron. No le gusta hablar demasiado. Acostumbra a pintar los objetos que tiene más a mano. Si se le pregunta qué buscaba al emprender su autorretrato, contesta que una modelo que estuviera cerca y disponible y que le permitiera pintar. Sus elegantes sillas cubiertas de sedas y otros tejidos bastan, además de para evidenciar la calidad de su pintura, para crear la atmósfera del gabinete perfecto donde sentirse siempre en terreno seguro.

Pasó el confinamiento de 2020 en una casa de campo en Mallorca, un entorno muy diferente a su estudio barcelonés. La exposición que presenta ahora, durante el mes de febrero, en la Casa de Cultura de la localidad del Masnou, a unos 20 kilómetros de Barcelona, se compone de las obras que pintó entonces y algunas cerámicas. Hay muchas frutas, y flores, porque es lo que tenía más a mano y porque desde hace algún tiempo le apetece pintar flores. Además, éstas dialogan con la casa modernista que acoge la muestra.

Aunque no le gusta trabajar en series porque le aburre repetir el mismo cuadro, en esta ocasión presenta un conjunto de parejas o dobles. Ya saben, dos cuadros que son el mismo, pero sin serlo. Ni siquiera cada una de las obras de la pareja, por separado, es el cuadro que debía de ser. Eso lo delata el lápiz y las sombras que no desaparecen. Recuerden que el lápiz –contra lo que suele decirse– no se borra y que, al contrario, se convierte en cicatriz. Este fenómeno al que me refiero también lo ilustran los dibujos de William Kentridge que pudieron verse hasta mediados de enero en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. El genial artista sudafricano, buscando el movimiento, dibuja sobre trazos anteriores falsamente borrados. Así, una figura nueva se forma en buena medida con el resto de la anterior, aquella que se pretende desechada.

Algo semejante sucede con los cambios que experimentamos nosotros mismos. Eso de que llegas a un sitio nuevo porque vienes de otro del que no te acabas de ir nunca. Entonces, ¿cuáles son los limites del movimiento que nos lleva de una situación a otra? ¿En qué momento exacto una imagen deja de ser la inicial para convertirse en el resultado definitivo del cambio? Emmanuel Carrère, hablando de lo que se conoce como "la forma" en tai-chi, en su última novela, Yoga, nos llega a hacer creer que el movimiento no existe: somos un continuo. No tarda en desmentirse, pero tal vez no es tan importante para el resto del mundo como lo es para él detenerse a solucionar esta paradoja. Tal vez eso sólo les importe a los que se detienen a preguntarse el significado de esa cicatriz que es el rastro de lápiz en los cuadros de Feduchi.

La cuestión es si el cuadro que no llegó a ser está realmente dentro del que efectivamente estamos viendo, o si en nuestra inmovilidad somos capaces de entender también el vértigo de los movimientos que no hacemos pero aun así nos definen: el paisaje paseado que representan las naranjas en su cuenta atrás hacia el deterioro.

Centrando de nuevo la atención en esas obras, el trazo presente del lápiz que había de apuntar el desarrollo del cuadro cuestiona también los motivos de esa evolución. Nos preguntamos entonces si realmente la pintora ha alcanzado el cuadro que había imaginado. ¿Es realmente posible realizar el deseo que nos hizo arrancar a caminar? ¿O, por el contrario, acabamos encontrando la única imagen que posibilita la realidad y que ya existía incluso antes de empezar? Entonces, ¿por qué, al repetir el mismo ejercicio, no aparece un cuadro idéntico?

Tal vez, tener que bregar con todas estas cuestiones es lo que provoca en Leticia Feduchi su pasión por el proceso creativo en sí mismo: ahí está la vía de descubrimiento, el camino para ir encontrando el cuadro que posiblemente ya existe en algún lugar, para ir superando las contradicciones que plantean la lógica, las palabras y la pintura cuando se manifiesta.

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25 de enero de 2021
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Esperando a Chet Baker

Qué difícil resulta describir el entusiasmo sin parecer excesivamente impresionable. Nuestra época nos obliga, para ser tenidas por inteligentes, a mostrarnos hipercríticas y de vuelta de todo. Para que nuestro halago sea recibido sin suspicacias, es preciso escoger y mostrar cuidadosamente los argumentos que den corporeidad a una sensación tan abstracta.

He leído la recuperación de Chet Baker piensa en su arte, en la editorial WunderKammer, como si se tratara de la nueva novela de su autor, Enrique Vila-Matas. De alguna manera, lo es, o eso puede hacer pensar el acto de rescate que el escritor ha querido llevar a cabo, decepcionado porque en su día la novela corta pasara desapercibida al ser incluida en una antología de sus relatos en una edición de bolsillo.

Normalmente, las obras de un autor se citan por orden cronológico, es decir, lineal. Sin embargo, los títulos publicados por Vila-Matas se me presentan como una sucesión de círculos concéntricos, desde un núcleo esencial. En su expansión, cada nuevo anillo explora lo que hasta ese momento había sido el exterior, a la vez que amplía el corpus. Simultáneamente, el nuevo círculo está delimitando dentro de la forma que se considera como la más perfecta todos los elementos anteriores. La sucesión de límites superados hace esperar que el siguiente también será una expansión de fronteras.

Quienes leen a Vila-Matas ya saben de su querencia a los juegos de despiste. Quiere hacernos creer que su obra, básicamente, se construye a partir de la literatura de otros. Para ello, llena sus libros de citas –algunas ciertas, otras inventadas–. En sus páginas abundan los personajes que fingen ser lo que no son, como sucede en Chet Baker piensa en su arte. El protagonista se ha propuesto escribir una ficción crítica en la que depositará todo su talento para la escritura y todo su conocimiento, pero que sin embargo no leerá nadie excepto él. Aceptamos este nuevo engaño para que exista la historia, para que tome forma la metáfora.

Italo Calvino, en Si una noche de invierno un viajero, nos interpela directamente como lectores, incluso imagina cómo compramos el libro, la postura en que lo leemos y las ansiedades que nos provocará. Así, sabemos que somos una parte imprescindible para que todo lo que cuenta pueda llegar a existir. Por el contrario, Vila-Matas niega la existencia de los posibles lectores, con lo que sólo nos deja la posibilidad de situarnos, precisamente, en el centro de la fábula: en la voz del narrador.

El protagonista pretende, además, que creamos una impostura mayor: que el suyo es solo un escrito sobre escritura y lectura. Quiere analizar si es mejor literatura, o más perdurable, la que nos describe la realidad –como hizo Simenon– o bien aquella que acepta –al modo de Kafka– que la realidad es bárbara y muda, compuesta por cosas sin significado.

No, no hay que precipitarse a dar una respuesta. El libro está lleno de quiebros y pruebas falsas en un sentido y en el otro. Para empezar, como ya he dicho, no está hablando de literatura, sino que realmente lo que quiere que el lector se plantee es cómo percibe la realidad: como un conjunto de materia y acontecimientos lógicamente sucedidos que conforman un relato comprensible; o bien como un misterio bárbaro y mudo que sólo puede afrontarse como un juego arriesgado –como Joyce jugó en su Finnegans– para, al final, poder llevarse algo a casa.

También se refirió a la percepción de la realidad, a propósito de la literatura fantástica, Borges en la entrevista que le realizó Ronald Christ en 1967 para la París Review y que forma parte de la magnífica antología publicada recientemente por Acantilado. Citando a Joseph Conrad, afirma Borges: «Cuando uno escribe sobre el mundo, así sea de un modo realista, está escribiendo ya una historia fantástica, porque el mundo es en sí fantástico, insondable y misterioso». He estado a punto de introducir un lapsus de copista porque, al reproducir la cita, casi escribo «mentiroso» en lugar de «misterioso».

La opción literaria y vital Hire, la de Simenon, construye una realidad más placentera, amable y abarcable. Por eso es capaz de fabricar una descripción que ordena los acontecimientos de todos y cada uno de los días. La opción Finnegans, en cambio, requiere estar dispuesto a crear un nuevo lenguaje, a veces incomprensible, a experimentar sensaciones a veces fútiles y a la vez rutilantes. Quienes optan por este segundo modelo –si es que de verdad se trata de una elección– han de saber jugar y tomarse el humor muy en serio, o al revés, poner humor en lo más serio.

El protagonista de esta brillante novela de Vila-Matas recorre no sólo un mundo, sino dos, y lo hace sin salir de su habitación de hotel en Turín. La ventana es suficiente para mantener bajo control esos dos universos. Y mientras el personaje mira a través del cristal, los lectores seguimos esperando la llegada de Chet Baker para que nos explique de qué manera su arte, su imprescindible música, justifica y da sentido y guía incluso a la existencia más atroz.

No queda lugar a dudas sobre qué tipo de literatura defiende Vila-Matas al reivindicar aquí el libro Los ilegibles. Diccionario del Fracaso y la Dificultad, de Susan Strand. Por cierto, que la conexión entre lo que no se escribe en sus Bartlebys y lo que no se lee en el diccionario de Strand tampoco debe pasar desapercibida. Literatura y vida. Nadie dijo que iba a ser fácil, ¿o sí?

Tal vez, cuando llegue Chet Baker y nos hable de su arte, entenderemos la imagen de la realidad que también él está defendiendo; y comprenderemos por qué lo que se nos presenta como tan difícil y amenaza con el fracaso, acaba mereciendo la pena y resultando incluso tan delicioso.

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11 de enero de 2021