Escrito por

Jesús Ferrero

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Locos, verdades, Zola, potencia, estremecedor

"No hay nada incomprensible", decía Lautréamont. Y habría que añadir: ciertamente es así para los locos.

 

"No admirar nada es una fuerza", decía Paul Léautand. Yo más bien creo que es una debilidad mental.

 

"La verdad tiene un corazón tranquilo", dijo Shakespeare. Hermoso idealismo: cuando la verdad es hiriente, se enardece su corazón, pienso yo.

 

VÍctor Hugo creía que la verdad era una dimensión solar, capaz de iluminarlo todo. Otros, menos triunfalistas, piensan que la verdad es una dimensión difusa como la luz de la luna otoñal.

 

Puentes sobre ríos sin peces, bosques sin ciervos y sin pájaros, praderas sin flores, sin hierba, sin abejas... Vámonos de camping, cielo. ¡Es tan hermoso el silencio...!

 

Algún día nos avergonzaremos de tanta negatividad, tanta irresponsabilidad, tanto desprecio, tanto desatino.

 

La belleza es un estado de ánimo”, decía Zola. Casi acertó: la belleza sería una realización que exige, para su materialización, un estado de ánimo muy especial.

 

El humor es la lógica elevada a la enésima potencia, que estalla en forma de risa o de carcajada.

 

Los seres que más admiro son los que saben nadar en un mar de conflictos sin permitir que les arrebaten su propio ser.

 

¿Verdad que el oído nos dice que "estremecedor" tendría que escribirse extremecedor? La etimología también lo dice, pero la lengua tiene sus caprichos.En nuestro país la coherencia brilla tanto por su ausencia, que habría que decir que resplandece.

La generosidad se demuestra cuando te dan algo que no pides

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2 de octubre de 2022
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Extraños movimientos y ensayos cartográficos de Vicente Huici

Vicente Huici se ejercita en el haiku desde la adolescencia, época en la que nos conocimos. Ambos vivíamos en Pamplona y recuerdo que la ciudad se portaba con los adolescentes bastante bien, pues la Sala de Cultura contrataba a las mejores plumas nacionales y extranjeras, así como a numerosos artistas de vanguardia. Fue algo así como la edad de oro del desarrollismo navarro, y la ciudad era un estallido de alegría industrial y de entusiasmo generalizado. El espíritu positivo parecía ser la única respiración de la ciudad; nosotros sin embargo éramos existencialistas, pesimistas, esnobs hasta el infinito, y para el que nos viera desde fuera, pintorescos y divertidos. Queríamos parecernos a la generación Beat. Vicente fue el primero en leer en Pamplona el libro del Tao, que me recomendó vivamente, y el primero en adentrarse en los misterios de la poesía japonesa.

De aquella época llegan algunos de sus haikus, que incluyo en esta pequeña antología nutrida por dos libros: Teoría del extraño movimiento, publicado en 1985, y Breve ensayo de cartografía, que salió en el 2015. Leyendo los haikus de Vicente estalló en mi cabeza la evidencia: el haiku además de ser un pieza de música mínima y semánticamente muy cargada, es también un microrrelato y hasta una micronovela, pues a menudo observamos en los haikus (y no sólo en los de Huici) lo que Delibes cree que es una novela: la conjunción en el texto de un ser humano, una pasión y un paisaje. En algunos haikus de Vicente, quizá en los más hermosos, vemos una figura humana o dos, una pasión, una atmósfera, un escenario y una dimensión del tiempo y del espacio que permite que vuele bien alto la imaginación.

1.Teoría del extraño movimiento

 

entre las ruinas

la túnica de Ulises

y sus sandalias

*

bajo la aurora

con las olas y los locos

por compañía

*

redondo palacio blanco

que se acepta

en la memoria

*

ciudad lejana

suspiro contenido

del pensamiento

*

y tu mirada

acechando el espejo

de otra sombra

*

desde los dedos

el viento delicado

de la tristeza

*

¡y altos álamos

acunado el silencio

de su destierro!

*

el agua azul,

el rostro del jinete

y la Frontera

*

desde el rumor de la fiesta

le miraba

el viejo océano

 

2.Breve ensayo de cartografía

 

Hacia otra tierra,

pupilas encendidas

y bruma y sal.

*

En el mapa

la línea de la frontera.

¿Dónde tus besos?

*

Lento tren, noche

y luna, viento sur,

pesar sin cura.

*

Hasta el torreón

olores de batallas

jamás contadas.

*

Y de aquel rostro

caliente junto al mar,

sólo su nombre.

*

Ni ángel ni piedra,

la pálida sonrisa

y el abismo.

*

Fresca alborada,

bajo la luz invernal

una hoja en blanco.

*

Memoria de una

mano blanca, el silencio

y la penumbra.

*

(Patria)

Luz, mar azul,

cóncava nave negra

y sin bandera.

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31 de agosto de 2022
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Las desdichas de Fitzgerald en Hollywood

Extraño tejido urbano el de Los Ángeles, pienso mientras contemplo la urbe vasta y plana desde el observatorio de Griffith Park. Estoy junto al escritor francés Jean Rolin, que ha venido a Los Ángeles para escribir una novela ácida y pop. Rolin me dice:

-No sé si ha advertido usted que nos hallamos en la terraza del observatorio inmortalizado en Rebelde sin causa.

-Lo he advertido. Justamente estaba pensando en la expresión “rebelde sin causa”, que me parece muy norteamericana. La ideología en la que se sustenta el sueño americano es bien evidente: América es la tierra de las oportunidades, donde puede triunfar cualquiera, y si no triunfa ha de suponerse que no es por culpa de América ni por culpa del sistema. Aquí toda rebelión contra el sistema es considerada una rebelión sin causa.

-Cierto, o al menos eso nos hacen creer.

Rolin se marcha en un automóvil rojo bermellón de los años sesenta y yo sigo contemplando aquellas urbanizaciones infinitas, bajo el sol desfalleciente. A lo lejos percibo un incendio y recuerdo los disturbios de Los Ángeles de 1992. Aunque los originó una horrenda injusticia que corría un tupido velo sobre el racismo de la policía, pasaron a la historia como agitaciones sin causa, o de causa muy difusa. Como agitaciones exageradas. La rebelión, en Norteamérica, es percibida como una exageración, circunstancia que le confiere al rebelde americano una sorprendente originalidad existencial y plástica. Todos los rebeldes americanos difundidos por la novela y el cine son de aire existencialista más que de aire político. No encarnan rebeliones sociales, encarnan rebeliones personales, porque están condenados a ser libres. Son el triunfo heroico de la individualidad, hasta cuando mueren trágicamente. Es lo que veo cuando pienso en los personajes encarnados por James Dean, Robert Mitchum, Paul Newman, o cuando leo las novelas de Fitzgerald, Hemingway, Kerouac. Hasta en Hemingway pesan más las emociones individuales que las colectivas: se percibe muy bien en Las nieves del Kilimanjaro, su novela más introspectiva y existencial, si nos olvidamos de El viejo y el mar. Ocurre lo mismo con algunos rebeldes de Faulkner, si bien en él tiene mucha importancia el clan, y en el clan se disuelven las individualidades hasta que irrumpe la impronta violentamente personal de algún hombre o alguna mujer, cuyos actos nos dejan profundamente desconcertados, a pesar de su lógica y su implacable geometría emocional

Más tarde regreso a mi hotel, en una oscura bocacalle del Sunset Boulevard. Desde la ventana de mi habitación veo una casa abandonada en la que se refugian los drogadictos más tristes de la tierra y donde se inyectan heroína y ketamina, en un ambiente negruzco y polvoriento. A mi derecha hay un café que permanece abierto toda la noche y donde me vuelvo a encontrar con Jean Rolin. Mientras tomamos cerveza, hablamos de la perra existencia. Rolin ha escrito un libro sobre los perros vagabundos. Un tema perfecto para hablar de nuestro tiempo. Rolin me pregunta por qué me interesa Fitzgerald y yo le digo que en otro tiempo me fascinaba su enfoque de la individualidad y su demolición del heroísmo made in America, pero que ahora lo que más me interesaba es observar cómo Fitzgerald encarnó en sí mismo la muerte de la novela.

Con ese pensamiento regresé a mi cuarto. Me obsesionaban las quemaduras de la moqueta y el aire de provisionalidad, tan típico de Los Ángeles. El ventilador del techo hacía un ruido tremendo y lo tuve que detener. Pero entonces me moría de calor y me refugié en la ducha. Mientras el agua caía sobre mi cabeza como milagrosa lluvia de verano, entretuve mi ansiedad analizando los días de Fitzgerald en California. Francis llegó a Hollywood en 1937, creyendo que inauguraba una nueva vida, si bien tres años después ya estaba muerto. Lo sorprendente fue que, en su estancia en Hollywood, Fitzgerald adquirió una conciencia más aguda de la argamasa política en la que se apoya toda existencia, y percibió con más claridad que antes la estructura económica de las clases sociales, hasta el punto de considerarse “esencialmente marxista” (según sus propias palabras) a la hora de enjuiciar su vida y su fracaso económico y existencial. Esa visión la trasladó a su novela californiana El último magnate, interesándose más por el individuo en relación con la sociedad, y desdeñando una cultura (la americana) que “había vagado en una soledad imaginaria a través de bosques imaginarios durante cien años: demasiado tiempo”. Frase alucinante de Fitzgerald en la que creemos ver el germen de Cien años de soledad, de García Márquez, y de su idea más unitaria y general.

A la mañana siguiente, me dirijo a un café de Santa Mónica, desde cuyos ventanales puede verse el océano Pacífico. Allí me aguarda Robert Sklar, amante de la historia del cine y autor del libro Francis Scott Fitzgerald, el último Laoconte. Robert es un hombre afable, de barba blanca y ojos penetrantes, que conoce bien los avatares de Fitzgerald en Hollywood. Mientras tomamos té helado, Robert me comenta:

-Antes de emprender la escritura de El último magnate, Fitzgerald trabajó durante un tiempo como guionista para la Metro Goldwyn-Mayer. Acababa de salir de una depresión de hondo calado, y aspiraba a resucitar, si bien tenía una opinión muy negativa del cine. Tiempo atrás había dicho: “Vi que la novela, que en mi madurez había sido el medio más poderoso y maleable para trasmitir reflexión y emoción, había quedado sometida por un arte mecánico y masivo que, tanto en manos de los comerciantes de Hollywood como en las de los idealistas rusos, solo era capaz de reflejar los pensamientos más vulgares y las emociones más obvias. Un arte en el que las palabras estaban subordinadas a las imágenes, y donde la personalidad del escritor resultaba tan inservible que descendía hasta el ínfimo nivel de la mera colaboración”.

-Parecen frases proféticas.

-Lo fueron, ya que la labor de nuestro escritor en Hollywood no pasó de la colaboración. Empezó revisando el guión de Un americano en Oxford, y luego colaboró en el de Tres camaradas. Un trabajo amargo, pues el productor Mankiewicz le tachó todas sus frases y las reescribió a su manera. Todos piensan que Mankiewicz destruyó el guión, algo muy habitual en el mundo del cine. Más tarde trabajó en el guión de Infidelity, que no llegó a convertirse en película por problemas con la censura, y luego colaboró en otro sobre Madame Curie, que también fue descartado. Al año siguiente concluyó su contrato con la M.G.M, y no fue renovado. Fitzgerald tenía que ganase la vida y pagar su deudas, y volvió a colaborar en la revista Esquire con la serie de cuentos de Pat Hobby, a la vez que intervenía como guionista independiente en la primera fase de los guiones de Lo que el viento se llevó y Carnaval de invierno. Fitzgerald pensaba que en la vida de los norteamericanos no hay segundos actos, y no le faltaba razón. Hollywood lo llenó de amargura y desolación, y en el año 1939, regresó al arte de la novela con El último magnate.

-Una novela muy paradójica.

-Sin duda, ya que fue la novela que le permitió ver el cine de otra manera, a través de su protagonista, el productor Monroe Stahr. Por lo que he podido ver revisando sus notas, el texto inconcluso que nos ha quedado de The Last Tycoon es muy inferior a la obra que Fitzgerald había imaginado. Fitzgerald quería darle un aire épico y nacional, desplegando todo lo que ha significado el cine para América, y aventurándose a desarrollar ideas generales sobre el esplendor y la decadencia de las civilizaciones, parcialmente inspiradas en las ideas de Spengler, que no eran ninguna novedad en su vida, pero también de Marx, si bien muy a su manera. Quería diseccionar muy bien las clases sociales, su dependencia de la economía y sus luchas recónditas y venenosas, así como el desmoronamiento de toda una concepción del héroe que había sobrevivido hasta su generación y que había sido ampliamente resucitada por el cine. Hollywood recogía los sueños de América, los deglutía, los reelaboraba, y los entregaba a las masas abrillantados y rejuvenecidos. El cine participaba en la historia nacional, trasmutádola en mito y en un destino social más grande que el propio yo. El cine no era desde luego una cuestión personal, como bien sabía Monroe Stahr. Pero en esa playa tan próxima y tan remota Fitzgerald rara vez disfrutó. En 1940 sufrió tres ataques al corazón, y con el tercero dijo adiós a la vida y adiós también a todos los sueños de redención.

Fui casi lo último que me dijo Robert Sklar. Curiosamente, al año siguiente él también murió y Jean Rolin publicó la novela que había estado escribiendo en Los Ángeles, mientras frecuentaba los mismos hoteles y los mismos bares que yo. A veces los hechos conforman extrañas cascadas de vida y de muerte, Fitzgerald lo había dicho en más de una ocasión.

-Claves de Razón Práctica, 2020-

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1 de agosto de 2022
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Arder de indignación

Mientras arde mi provincia, leo un poema del gran poeta zamorano Jesús Hilario Tundidor. "Hondos barcos de pesadumbre navega desde siempre el hombre... Todo se pierde, se nos va perdiendo... Todo se pierde, las palabras nunca contienen la distancia de lo perdido...

Y es verdad, lo perdido es sencillamente la representación de la distancia, de lo que se va, de lo que se escapa.

Y esa distancia en incontenible, indefinible, y trágica. ¿Qué pensar de quién provoca las llamas del olvido y la distancia?

Hereje no es el que arde en la hoguera, hereje es el que la enciende, decía William Shakespeare), y tenía razón porque...

... las hogueras no iluminan las tinieblas.

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21 de julio de 2022
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Deseo, remember, Schopenhauer, tonterías

El deseo es la forma más intensa de la esperanza, y también la más ambiciosa y obstinada.

Los cobardes son enemigos muy peligrosos, porque actúan en la sombra. Nunca dan la cara, y cuando la dan, suelen llevar máscara.

"Desde el fondo de un pozo el cielo se ve muy pequeño", decía Yu Han. Una evidencia muy esclarecedora que nos invita a añadir: no caigamos en pozos que achican el cielo tanto como agrandan el infierno.

Un hombre se mide por sus enemigos”, decía José Martí. ¿Y por los amigos no? Juraría que nuestra medida y nuestra valía las definen más las personas que queremos y nos quieren. Recordemos el dicho popular: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.

En su libro "I Remember", Brainard dice: "Recuerdo haberme desprendido, en dos ocasiones, de todo lo que poseía". Sorprendente, el desprendimiento absoluto es una forma de liberación a la que casi nadie se atreve.

Asombra que odiemos en nombre del amor. Se supone que las guerras de religión son eso. Toda una paradoja, y toda una aberración.

La gente suele llamar destino a sus propias tonterías, como creía Schopenhauer, y a veces hasta creen ver su confirmación en el cielo. Conozco a unos cuantos seres de esa naturaleza. Creen que el cielo confirma su destino. 

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18 de julio de 2022
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Salones, Diógenes, fanatismo, autopistas

"Tenemos que vivir, a pesar de la caída de tantos cielos", decía D.H.L. Yo diría: a pesar de la caída de tantos infiernos sobre nuestras cabezas. Su fuego reduce a la nada los cerebros, aunque muchos ni lo notan. No tienen cerebro desde hace tiempo.

 

"La belleza es un modo de ser de la verdad", decía Heidegger. Y se podría añadir: "La verdad es un modo de ser de la belleza."

 

"Los salones mienten, las tumbas son sinceras" decía Heine, olvidando que también las tumbas mienten, a veces clamorosamente. Desde antiguo se sabe; grandes sepulcros para grandes infames.

 

De no ser Alejandro, quisiera ser Diógenes", decía Alejandro Magno. Lo que equivale a pensar: de no ser rey, me gustaría ser un filósofo mendigo y cínico. La lógica de la contradicción es siempre la más esclarecedora, ¿o no?.

 

"Dime lo que crees ser y te diré lo que no eres", decía Jean Le Rond. Cierto, y para eso basta con dejar al otro que despliegue el relato de su vida. A través de lo que el otro cree ser, adivinamos sus carencias, sus realidad, su falsedad, su miseria.

"No hay más que un paso del fanatismo a la barbarie", decía Diderot. Yo creo que no, que ni siquiera hay un paso y que están tan pegados como las dos partes de un lenguado.

Si los periódicos son los ferrocarriles de la mentira, como creía Aurevilly, las redes sociales serían sus autopistas.

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9 de julio de 2022
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Animales, demencias, ausencias

"Los animales son amigos tan discretos que ni hacen preguntas ni repiten chismorreos", pensaba George Eliot. Cierto: practican las virtudes del silencio, seguramente intuyendo que si supiéramos lo que piensan de nosotros, su destino sería más adverso.

"La palabra no está hecha para cubrir la verdad, sino para decirla", pensaba José Martí. Glorioso pensamiento negado por la realidad, ya que a menudo las palabras ahogan la verdad en lugar de iluminarla, y ante esa evidencia, da igual para qué están hechas las palabras.

"No es cierto que todo sea incierto", decía Pascal. Sí, salvo en política.

"Es difícil conocer a un necio si es callado", aseguraba Alonso de Ercilla, pero ocurre que los necios no se suelen callar. Dificultad solucionada.

Doble imperio: La soledad es el imperio de la conciencia y el imperio de la demencia

En toda disputa la verdad acaba brillando por su ausencia.

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27 de junio de 2022
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Aquellas ferias de libros del segundo neolítico

Me dijeron que hubo un tiempo en que se celebraban ferias de libros en algunas ciudades.

Se disponían casetas como en los mercados de dátiles y olofrendas o como en las ferias de mardelos y de ocomindas de nuestra época.

Me dijeron…

Eran tiempos en los que los libros circulaban todavía con normalidad. Se decía (pero es una leyenda) que mucha gente sabía leer. Aún no tenían incorporado a su cerebro el programa total que hace innecesarios muchos aprendizajes, y tenían que descifrar el texto página a página. No podían asimilar como nosotros textos de mil páginas en segundo y medio.

Todo en ellos era tosquedad, pero para nosotros siempre tendrá aquella época el encanto de lo primitivo y lo primordial. Tardaban días enteros en leer un solo libro. ¿No es para alucinar?

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12 de junio de 2022
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Proust (9) La respiración

La conciencia de la muerte le obliga a interpretar de otra manera sus encuentros con los amigos. Para Marcel la tragedia siempre había estado unida a la idea de irreversibilidad. Los viajes en tren podían tener un aire trágico porque eran irreversibles.

En cuanto el tren se ponía en movimiento ya no había marcha atrás. En cuanto la muerte se empezaba a apoderar de tu mente y de tu cuerpo tampoco había marcha atrás. Por eso sus despedidas tienen ya la gravedad de un dictamen y el espesor de la losa sepulcral.

Cuando se despide de sus amigos les está diciendo adiós para siempre. Es difícil imaginar un estado tan flotante y tan definitivo. Seguramente sus amigos sentían en sus manos húmedas el frío de la muerte, como decían de Keats los pocos que le tendieron la mano durante sus últimos días.

Los ataques de asma son cada vez más agudos, y cada vez frecuentes los desvanecimientos. Todo se complica cuando contrae una bronquitis que hace aún más doloroso el acto mismo de respirar.

Siempre la respiración fue para mi algo mucho más complicado que para los demás, pero en este momento respirar es ya un verdadero suplicio”, puedo suponer que le dijo más de una vez a Celeste Albaret, su devota sirviente que le acompañará hasta la muerte.

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8 de junio de 2022