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La suerte

Por 7 de octubre de 2009 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Víctor Gómez Pin

"En razón de lo específico de su naturaleza, todos los humanes aspiran al conocimiento". Versión algo libre pero no sesgada, de una célebre frase de Aristóteles mil veces citada, y sobre la cual ahora pregunto: ¿realmente se trata de todos los humanos?  Recuerdo un día de invierno en París en mis años de estudiante. En realidad se trataba del año en el que se decidía mi futuro precisamente como estudiante. Mi principal preocupación  era entonces conseguir sobrevivir y mis incipientes  estudios de filosofía se alternaban con  horas de limpieza de oficinas, encuestas de opinión sobre asuntos tan excitantes como la eficacia de un fertilizante de plantas llamado Valmorin, y esporádicas visitas a un centro oficial ubicado en la  Rue de Valence en el cual- lejos aun los fantasmas del SIDA- sin ningún tipo de control compraban sangre  destinada a transfusiones. Completaban mis jornadas las horas de militancia política, en primer lugar la asistencia a las reuniones de célula en un sombrío local del barrio latino, separado por una estrecha pared del teatrillo dónde entonces se interpretaba una obra de Arrabal, lo que hacía que antiguos militantes comunistas  del campo de Mathausen y en aquellos años parisinos trabajadores de la Renault de Glignancourt, se hallaran familiarizados con textos, ya que no con imágenes, del llamado "Teatro Pánico". 

En el mes de noviembre tuve un examen parcial muy importante, intuyendo que del mismo dependía mi eventual inserción en el mundo del espíritu. Cuando comprobé que la nota era favorable me apresuré a organizar una reunión de celebración con Anne Desbordes, una de mis compañeras de facultad, profundamente devota de la filosofía alemana, pero sobre todo rigurosísima lectora de Nietzsche y de Heidegger. La celebración consistió en una noche de borrachera en  Les Halles, entonces núcleo de la vida popular de París, en cuyos bares- como en el barcelonés Amaya- se entremezclaban trabajadores, golfos, policías y putas. Anne Desbordes  no sólo era melómana,  sino  que tocaba el órgano, de tal manera que la noche  acabó en un anexo de L’Ecole Normale Supérieure, dónde había uno de esos instrumentos, más bien eclesiásticos.

Salí de allí al amanecer y lloviznaba. La noche que acababa de pasar me producía un sentimiento de privilegio. Era casi un milagro que Aristóteles, Nietzsche y la música de órgano hubieran llegado a ser ingredientes normales de una de mis borracheras. No sentí el frío hasta que, caminando sin dirección por el barrio latino, percibí a unos obreros magrebíes, trabajando en lo alto de un andamio. Me di cuenta entonces de que lo que caía era agua-nieve… y que aquellos hombres parecían  tener como destino  exclusivo el trabajar en lugares como aquel, esperando como máximo que las condiciones climáticas mejoraran, o al menos no empeoraran. Lejos quedaba la frase con la que Aristóteles arranca su Metafísica, lejos de aquel andamio en un noviembre brumoso; a sarcasmo podía allí sonar la afirmación según la cual inscrita está en la naturaleza de los seres humanos el deseo de ser lúcidos.

Tantos años después, leo que nos dirigimos hacia una situación social en la que el número crónico de  personas sin empleo se acercaría al treinta por ciento. En la Francia que acabo de evocar apenas alcanzaba el cinco por ciento. Los magrebíes que entonces  se exponían al agua-nieve treinta y cinco horas por semana, se sentirían hoy quizás afortunadas si se renovaran sus contratos en estas condiciones. La vida del espíritu queda aun más lejos…

Y sin embargo, ¿qué otra cosa podemos hacer sino apostar al pensamiento? Sólo este permite que se muestren en toda su ignominia las circunstancias sociales que parecen hacer del arte,  la filosofía y aun de la ciencia (al menos de la ciencia que se niega a ser mero instrumento  de una técnica a su vez al servicio de la economía) una especie de ocioso complemento de la vida seria. Me digo que sólo en la vida del espíritu subsiste algún rescoldo de dignidad y hasta de alegría, pero a la vez retorna como un fantasma la idea de que sólo circunstancias fortuitas, cargadas de buena suerte (aquel examen parisino que podía perfectamente  no haber superado) me han situado en disposición, sino de plantearme estos interrogantes, sí al menos de que tengan el peso decisivo que ahora en mi vida tienen.

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Víctor Gómez Pin

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO. Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

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