Vicente Verdú
Hay hombres decía Ortega que sin esfuerzo, mediante su voz y su palabra, con su prestancia, sus obras y sus gestos se imponen como ejemplares ante los demás. Los demás los contemplamos y les admiramos sin envidiarlos porque su condición es incuestionablemente superior. Y, además, benéfica.
Todos hemos conocido a gentes, hombres y mujeres, con esta categoría seductora, Y también a hombres y mujeres a los que de antemano se les reconoce como "personajes" históricos y nos felicitamos de haber coincidido en una época con ellos. Así me pasa con Manuel Vicent con quien empiezo la lista tras escucharle el domingo por la tarde en Radio Nacional. Pero enseguida, dentro del periódico, se manifiestan inconfundiblemente hombres como el eximio Javier Pradera, que parecía inmortal o el mismo Juan Luis Cebrián un titán de la dirección, la ambición, la perspicacia y la habilidad para desenvolverse entre diferentes colectivos. Y no se olviden del gran Juan Cruz cuya figura tardará mucho la historia en poder repetir y disfrutar. Quien no haya conocido a algunos de ellos no sabe cuánto se ha perdido. En unos casos más que en otros pero disfrutando siempre un nivel superlativo. Luis Carandell, Jorge Herralde o Fernando Savater también han sido de una pasta flora muy sabrosa y especial. Luis venía a casa a ver los partidos de fútbol conmigo pero también con mis hijos pequeños y su compañía era estar de fiesta. Luis no sólo era bueno y simpático, sino tan cordial y amistoso que no era fácil imaginar nada mejor. Era, en efecto, un personaje, del que no había dos. Se me agolpan otra docena de nombres que han alegrado de manera especial la biografía. Mujeres jóvenes muy radiantes y hasta una vecina octagenaria que poseía una personalidad intimidante, tanto por sus vestigios de belleza como por su inteligencia de diamantes. La condición de ejemplaridad, de singularidad y excelencia se halla casi por todas partes aunque en dosis muy ínfimas. Sin embargo se puede disfrutar de ese don en los restauradores y los camareros, en los pintores y los arquitectos, en los médicos o en las muchachas de servir. Seres que irradian una luz tan insólita que de inmediato deseamos ser incluidos en su resplandor.