Vicente Verdú
El retoque es la fase del trabajo dentro de la pintura en que los ojos deben aguzarse más. Ese momento pertenece al último tramo de la obra que culmina para sí y forma parte del principio de la obra que será pronto contemplada por los otros.
La obra ha cumplido su misión de establecerse, de ganar un estatuto aprobable por el autor pero, a continuación, exige ser retocada para que el ojo ajeno coincida con el nuestro. La prolongada mirada del artista ha llegado a familiarizarse n con el cuadro pero el que llega tropieza con un suceso para el que no posee, generalmente, introducción, código apropiado. Esto, claro está, si se exceptúa a la masa de pintores que se copian a sí mismos y repiten la fórmula de éxito como si reprodujeran su logo popular sobre cualquier tela.
Exceptuando esta manada de esclavos del marchante o del mercado, los otros, no esclavos sino libertos, no esforzados sino hedonistas, pintan un cuadro sin tener seguridad de su más o menos en la cotización o el entendimiento de los demás. Pintan como un canto nacido del gozo de pintar y, en consecuencia, en el proceso es inevitable encariñarse con la memoria de ese goce. De ese placer, sin embargo, hay que descamar ciertos deleites personales para que al exponerlos no perturben la comunicación y aún la falseen con su obscenidad o su ridículo.
El oficio enseña esta necesidad que nada tiene que ver con adaptar la obra al gusto general sino de adaptar la obra a la precisa comunicación del gusto propio. El retoque viene a ser, por tanto, como una cirugía final que elimina de la obra ciertas adherencias sentimentales, ciertas males artes y dudas que, como gangas, se han agregado sin calidad ni pertinencia a la globalidad del cuadro.
El retoque es un repique de campanas que advierten contra el riesgo del desequilibrio emocional de baja calidad o, también, contra el abandono del producto sin haberlo cernido en la autocrítica. En esa autocrítica participa tanto el juicio del autor como el ojo crítico de los receptores, sean todos ellos como un segundo o tercer ojo que decide la óptica definitiva.
El cuadro nunca será perfecto ni complacerá a todos pero debe ser públicamente digno puesto que su carácter no es, en sustancia, algo de orden interno, un hecho para permanecer oculto, sino un hecho externo destinado a la exposición.
El punto crucial del retoque reúne tanto la manufactura creadora como la manufactura comunicativa. Las dos se suman -o no- en el resultado productivo. Y productivo en el sentido de generar importantes sensaciones en los demás, no reducidas por la abulia o la torpeza de la terminación. Un cuadro, en fin, no se encuentra concluido en su gestación plena sin el esmero del retoque porque de la misma manera que muchas mujeres no se sienten seguras en las noches de fiesta sin retocarse de vez en cuando el color, el cuadro no asienta su personalidad ante la diabólica observación de los demás si no se siente afianzado y consciente de su apariencia. Se trata sólo de actuar sobre pequeños detalles, de pequeños toques, pero ¿quién no ha sufrido en las personas o en las cosas, en la escritura, la pintura o la música un malestar inesperado, inexplicable y desproporcionado por culpa de un mal adjetivo, un relente inadecuado o una nota fuera de su lugar. Lo que en música se entiende tan bien con el nombre de afinar o desafinar, en la pintura se comprende con el retoque que, efectivamente, no se ve como tal si es atinado o se ve como algo, incluso siniestro, si la mano que otorga belleza falla o falta.