Vicente Molina Foix
Me quedé en mi casa en Semana Santa, sin hacer penitencia. Leí dos excelentes novelas españolas, ‘Las manos cortadas’, de Luisgé Martín (Alfaguara), y ‘Otras islas’, de Manuel de Lope (RBA), sobre las que volveré en este blog, vi una lustrosa película británica, ‘La Duquesa’, por fidelidad a dos actores que sigo sin falta, Charlotte Rampling y Ralph Fiennes, y luego tuve una experiencia religiosa, la más espiritual que un laico podía tener esos días en Madrid. Consistió en acudir -mientras por la ciudad desfilaban los pasos con sus ignominiosos lacitos blancos- a un edificio noble del Paseo de Recoletos, entrar por su ante-patio ajardinado, depositar en un taquillón la mochila que llevaba y, sin pagar entrada, iniciar un viaje al más allá lleno de sorpresa y vorágine, de sublime invención y humor capcioso. Todo ello se encuentra en lo que para mí supone la más bella y arrebatadora exposición de arte del momento, ‘Max Ernst: ‘Une semaine de bonté’, abierta en la sede central de la Fundación Mapfre hasta fines de mayo.
Lo curioso de este fulgurante viaje a lo maravilloso es que hace exactamente 73 años ya se realizó en el mismo paseo madrileño donde ahora se exponen los collages originales de Ernst. Fue aquella vez entre marzo y abril sólo, y del conjunto de láminas faltaban cinco, censuradas (habiendo entonces un gobierno republicano) por el mismo espíritu ultramontamo que ahora decide poner símbolos del más rancio nacional-catolicismo en las procesiones. En las salas del llamado Museo de Arte Moderno, situado en los bajos de la Biblioteca Nacional, fueron mostradas durante la primavera del 36, con insólita celeridad, las estampas de los cinco cuadernos compuestos en el verano de 1933 por el pintor surrealista de origen alemán y publicados al año siguiente. España venía de un retraso secular, en el que, tras el paréntesis o espejismo de la Segunda República, caería de nuevo al ganar Franco la guerra, pero, con amputaciones y todo, las avanzadas y tan influyentes "composiciones supra-realistas" de Ernst (así se anunciaban) causaron sensación. Hubo polémica en la prensa, asistencia masiva y visitantes ilustres, como un joven falangista, Dionisio Ridruejo, quien, cien días antes de tomar las armas al servicio del fascismo, recorre las salas de Recoletos coincidiendo con conocidos de las dos orillas ideológicas a punto de enfrentarse: Luis Escobar y Vitín Cortezo por un lado, Pablo Neruda con Delia del Carril por el suyo. Ridruejo, que evocaría ese día en sus Memorias, quedó fascinado por los "imantadores objetos surrealistas".
‘Una semana de bondad’, como las otras dos grandes novelas-collage de Ernst, se inspira en el folletín gráfico del siglo XIX, al que aplica, con tijera y pegamento, el tratamiento de choque de una escritura plástica en la senda del automatismo surrealista más puro. Los cinco cuadernos expuestos en Mapfre, en un elegante y sugestivo montaje, cuentan una historia a su modo dislocado y ‘deslocalizado’, y es aconsejable hacer la visita con tiempo, pues las láminas se van leyendo, en su contundente sutileza, como páginas de una larga novela por entregas subliminales. Las cinco desaparecidas "por razones especiales" en la muestra de la acera de los pares de Recoletos en 1936 están ahora, por supuesto, expuestas (y debidamente señaladas para el visitante); su blasfemia es, para nuestro temperamento hoy curtido en mayores osadías expresivas, juguetona antes que injuriosa, y no me imagino ni siquiera a Monseñor Rouco saliendo a la calle bajo palio para anatematizar a Max Ernst.
Los cinco capítulos de ‘Una semana de bondad’ son trepidantes en su siempre rico juego de contrarios, desde los primeros episodios leoninos hasta el agitado final sin desenlace. Pero son las partes centrales, los cuadernos segundo (correspondiente al lunes de la semana), tercero (martes) y cuarto (miércoles), los que más conmueven o remueven: el agua fluctuante por todos los rincones de la conciencia, los animales fantásticos cruzando la raya entre la naturaleza y la monstruosidad, y ese pájaro edípico abriendo con su pico la puerta de un espacio sagrado donde el lector de esta obra puramente visual, una de las grandes novelas del siglo XX, no necesita postrarse ni ponerse cadenas para llega al éxtasis.