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La muerte tiene un precio

Por 15 de noviembre de 2010 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Vicente Molina Foix

El dolor que la muerte produce a los vivos también está sometido al tráfico de dinero y al abuso, y ésa fue para mí la noticia más luctuosa de los pasados días de difuntos, propicios para recordar y tal vez llevar unas flores a quienes faltan de nuestro lado. Como no pude hacerlo, por culpa de un pequeño accidente que limita mis movimientos, me dediqué a ver por televisión lo que daban sobre la fiesta de Todos los Santos. La primera comprobación de que no todo es santo ese día me vino a través de un extenso y bien hecho reportaje en el informativo vespertino de la Cuatro, con las declaraciones destacadas de un sepulturero casi tan filosófico como el Gravedigger de ‘Hamlet’ (pienso que lo que acabo de decir es redundante: ¿acaso no hay que ser muy filósofo para tener un trato constante con cadáveres y cuidar los despojos de nuestros semejantes?). El sepulturero de la Cuatro no hacía retruécanos como el de Shakespeare, pero era igual de contundente: "Ya no vienen tantos como antes", dijo a las cámaras, y no se refería a los que vienen a quedarse eternamente en el camposanto, sino a los que vienen de visita pesarosa o de cumplido. La gente cumple menos, por lo visto, con el ritual de acompañar un rato de un día al año a los allegados que ya no están en vida.

    Sin duda eso se debe en parte al aumento de las cremaciones; muchas personas (un 30% del total de fallecidos, según Cuatro) la prefieren al enterramiento, y su preferencia no está, o no está sólo basada, me parece, en la economía. El precio medio de una cremación es unos 500 euros más barato que el del entierro, que hoy está en torno a los 2.500, pero hay evidentemente razones sentimentales y ecológicas en esa decisión tomada por quien sabe que va a morir o por los familiares al producirse una inesperada muerte; para unos, es una forma de no dejar huella ni espacio, siquiera simbólico, en la tierra, para otros la drástica voluntad de disiparse en la estratosfera o ir a caer al fondo del mar y allí, entre las algas y las espinas, fundirse con la naturaleza del agua.

      Todo lo que deseo para mi propio entierro es no ser enterrado vivo, dijo Lord Chesterfield, expresando un temor recóndito que Edgar Allan Poe recogió turbadoramente un siglo después en alguno de sus relatos y ahora aparece en la reciente película de Rodrigo Cortés ‘Buried’. Ni el noble ‘wit’ británico Chesterfield ni el conductor norteamericano de camiones caído, tras una emboscada en tierras de Irak, en ese cajón de madera donde nos angustia durante hora y media, le dan importancia al modo de ir vestido a la última cita que los seres humanos apalabran, casi siempre sin querer, con la muerte. Me impresionó, así, saber a través de ese reportaje de Cuatro que la creciente industria para-funeral (mil millones de euros cambian de mano cada año) está lanzando catálogos de ropa ‘chic’ para aquellos que van a ser incinerados; el tejido arde sin resistencia, los botones son de madera, y las cenizas mezcladas del cuerpo y la vestimenta van a parar, otra novedad, a unas urnas biodegradables hechas de arena y proteínas naturales. El lado sostenible del tránsito final.

    Y El País se ocupaba hace poco del grupo ASV de Servicios Funerarios, creado para proporcionar a sus clientes (vivos) la posibilidad de tener escrita la biografía de un ser querido muerto, glosado y rememorado en una publicación como las de verdad, bien encuadernada y adornada de fotos y mementos. La justicia poética en el más allá de las editoriales y los suplementos literarios.

    Lo más macabro, sin embargo, de todo este comercio lo supe el martes 2, el antiguamente llamado Día de los Difuntos, gracias al noticiero de Pedro Piqueras en TeleCinco, donde se informaba con todo detalle de las iniciativas que algunos desaprensivos están tomando para vender sus ‘parcelas’ fúnebres, se supone que desahuciando antes los restos de sus propios difuntos. El programa filmaba con cámara oculta (aunque borrando el rostro de los negociantes) una oferta ante la puerta principal del cementerio de la Almudena, y como la ley, naturalmente, no permite esta siniestra compraventa, los propietarios de columbarios, tumbas y panteones lo disfrazan de cesión amistosa, después de recibir en metálico el precio acordado. El nicho mediano estaba en el mercado a dieciocho mil euros.   

     Hay tanto dinero negro en juego que ya se ha llegado a la fase del blanqueo de sepulcros.

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Vicente Molina Foix

 Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017), Kubrick en casa (Anagrama, 2019). Su más reciente libro es Las hermanas Gourmet (Anagrama 2021) . La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.  Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Foto: Asís G. Ayerbe

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