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La inquietud agazapada en los cuentos de Margaret Atwood

Por 21 de junio de 2021 Sin comentarios

Sònia Hernández

El criterio para ordenar una biblioteca es un tema que da para un debate amplio. Conozco a personas que incluso disponen los libros en los estantes según los colores de sus lomos. Igualmente complejo me parece el criterio por el que colocamos una obra literaria determinada en nuestra vida, es decir, qué nos lleva a leerla en un momento concreto. He tardado mucho tiempo en acercarme a Margaret Atwood, confieso que tal vez demasiado, de la misma manera que confieso que desconfío cuando muchas y variadas voces, no siempre concordantes, hablan de un mismo autor o una misma autora. Me inquieta saber a qué responde tal celebridad de la misma manera que me inquieta saber si estaré a la altura y sabré disfrutar de los voceados festejos.

El caso es que ya he caído rendida a los pies de Atwood a través de Nueve cuentos malvados, publicado por la editorial Salamandra en 2019. Y debo decir que el hecho de que la traductora sea Victoria Alonso Blanco ha sido uno de los principales motivos del feliz encuentro. En magistrales manos y prodigioso dominio del lenguaje ha caído la escritora canadiense. Este trabajo fue reconocido con el XXIII Premio Ángel Crespo de Traducción.

Alonso Blanco nos empuja con garbo no exento de malicia a un universo en el que tanta importancia tiene lo que no se ve ni se dice pero sí se percibe, donde la perversión del ser humano con frecuencia se asume con la misma conmiseración con que se acepta la ternura, porque ambos atributos son manifestación de la misma fragilidad, a la que solo se puede responder con humor. Ahí se las apañen, señores y señoras lectores. Si le atribuyo este empujón a la traductora es porque la lengua con que nos trae a Atwood juega un papel fundamental en los juegos propuestos por la escritora canadiense.

Un hilo argumental une estos nueve cuentos malvados: la amenaza constante de la decrepitud. En la mayoría de los casos, la parábola nos viene a través de personajes de edad muy avanzada a quienes les toca asumir, más que la cercanía del final, el peso del bagaje acumulado a lo largo de tantos años. Un nuevo aviso a navegantes, porque ningún ser humano está nunca inmune ni inmaculado: la mezquindad y la degradación física también persiguen a los jóvenes y a los bellos. Por si fuera poco, lo que realmente afecta a nuestra vida puede y suele suceder fuera de esa zona que creemos controlar. Los mayores males asociados a la existencia se sufren más y resultan truculentos cuando se cierra el enfoque, pero desde la distancia y la perspectiva adquiridas por Atwood en seguida pasamos a resultar grotescos y ridículos. Pequeños personajes que se mueven sin sentido, como los duendes que se le aparecen a la protagonista de uno de los cuentos cuando apenas ya si puede ver la realidad que le rodea. Podemos reír, por supuesto, ya sabemos que la ironía es una magnífica coraza, pero la inquietud seguirá agazapada en algún lugar dejando un rastro ponzoñoso. En ese estado nos dejan todos y cada uno de estos Nueve cuentos malvados.

Margaret Atwood nació en Ottawa en 1939 y desde hace años su nombre aparece entre los que más suenan para recibir el Nobel. Su sólida obra no necesitaba el espaldarazo del éxito de la serie El cuento de la criada, pero ha servido para que su nombre se hiciera todavía más popular. En el cuento que cierra este volumen también pueden verse algunos rasgos de su capacidad para imaginar mundos distópicos: un movimiento social que quema residencias de ancianos porque reivindica que las personas mayores les dejen espacio en este mundo, porque “ya les toca”. Las reflexiones sobre la vejez son constantes en estas historias, pero lejos de abandonarse a la melancolía o al ostracismo, Atwood demuestra una capacidad asombrosa para interpretar la sociedad del siglo XXI, tan predispuesta a ensalzar la novedad y a construirse cada día partiendo de la nada, pensando más en el punto al que le gustaría llegar que en aquél del que partió. Otro motivo más para acrecentar esa inquietud que inyecta al lector, porque, en definitiva, Atwood demuestra que la novedad es un imposible, o un oxímoron, porque desde su misma aparición ya ha generado un movimiento opuesto que tienta contra ella, algo así como que comenzamos a morir en el mismo momento en el que nacemos. Cualquier condición moral o física acaba determinando el desarrollo de la contraria, de ahí la dificultad de construir personajes equilibrados que no resulten demasiado grotescos y –más difícil todavía– darles vida cada día, porque no hacemos otra cosa que representar todos esos estereotipos. Estos cuentos son malvados porque manifiestan la naturalidad con que todo se corrompe, la mezquindad inevitable como parte del ser humano. Ojalá fuéramos capaces de representar todos esos papeles con la gracia y la ironía que desprenden a raudales Atwood y Alonso Blanco. Qué interesante y rico sería cualquier momento del día, entonces.

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Sònia Hernández

Sònia Hernández (Terrassa, Barcelona, 1976) es doctora en Filología Hispánica, periodista, escritora y gestora cultural. En poesía, ha publicado los poemarios La casa del mar (2006), Los nombres del tiempo (2010), La quietud de metal (2018) y Del tot inacabat (2018); en narrativa, los libros de relatos Los enfermos erróneos (2008) y La propagación del silencio (2013), y las novelas La mujer de Rapallo (2010), Los Pissimboni (2015), El hombre que se creía Vicente Rojo (2017) y El lugar de la espera (2019).

En 2010 la revista Granta la incluyó en su selección de los mejores narradores jóvenes en español. Es miembro del GEXEL, Grupo de Estudios del Exilio Literario. Ha colaborado habitualmente en varias revistas y publicaciones, como Cultura|s, el suplemento literario de La Vanguardia, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos o Letras Libres.

Foto: Edu Gisbert    

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