Rafael Argullol
En la que me ocupa alguien sale por la puerta de atrás: es un viejo monje con mirada entre sonriente y desamparada, el Dalai Lama nada menos, para muchos un campeón de la espiritualidad, y para otros un parásito religioso. Los periódicos han reproducido esa triste salida del Iluminado, por la puerta de servicio, solo, sin ruedas de prensa y entre grandes bolsas de basura. El mensaje no ha podido ser más claro.
Ha sido recibido en la Casa Blanca porque no había más remedio si se quería guardan las formas, pero recuerda que la recepción no ha tenido lugar en el Salón Oval, como corresponde a los auténticos poderosos, sino en una habitación contigua, destinada a invitados subalternos o a visitantes molestos. Recuerda también que, aunque de vez en cuando simpaticemos con tu causa y hagamos películas sobre ella, porque realmente lo del Tíbet es un atropello brutal, estamos obligados a halagar a China, al menos, a no irritarle en demasía. Nuestro corazón está con el Tíbet, como lo está con la libertad, con el honor y con todas esas cosas que tanto nos gusta citar. Sin embargo, comprende que nuestro bolsillo y nuestro miedo nos exigen ser comprensivos con China, pese a que murmuremos sobre su totalitarismo. Tanto es así que, en adelante, y sintiéndolo mucho, ya no podrás salir por la puerta de atrás porque ni siquiera entrarás en el edificio.
Un mensaje bien claro: para el viejo monje y para cualquiera de nosotros.