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Suena funk en el cielo

Por 11 de enero de 2007 Sin comentarios

Marcelo Figueras

La Navidad vino con un blues debajo del brazo. La muerte de James Brown me tomó desprevenido, yo creí que sería eterno, tan inhundible como su música. Supongo que él también lo creía. Acudir al dentista cuando más allá del dolor en la boca padecía una neumonía delata su convicción de ser invulnerable, alguien que no puede sufrir nada más grave que una caries. Hasta su despedida suena a hit potencial, tiene el título de esas baladas desgarradoras que colaba entre tanto funk, como It’s a Man’s Man’s Man’s World; según su amigo Charles Bobbit, que lo acompañaba en el hospital, Brown dijo I’m Going Away Tonight, o sea me voy esta noche; después respiró profundamente tres veces, esas bocanadas que formaban parte tan indivisible de su canto, y cerró los ojos para no volver a abrirlos.

Tuve la suerte de verlo en vivo dos veces hace pocos años, una de ellas fue en el Hard Rock Café de Buenos Aires, sonando a tan sólo un par de metros de mi azorado cuerpo. No podía creer que el viejo pudiese bailar y cantar con semejante energía. Pero al descubrirme envuelto por el sonido de la banda, con el corazón acelerado para sincronizar con el beat, y alentado por los gritos guturales de esa garganta prodigiosa, entendí que era al revés, que la energía no era de Brown sino de la música que existía más allá de su cuerpo y que Brown, el Aprendiz de Brujo, la había creado precisamente para cargar baterías cada vez que la interpretase; cuando estaba dentro de esa música su cuerpo no envejecía, por eso nunca dejó de cantar, mientras cantase sería eterno, a nadie debería extrañarle que haya comenzado a morirse el 23 de diciembre cuando abrió la boca para algo que no era cantar, desparramado sobre el sillón del dentista.

Jonathan Lethem, el autor de Motherless Brooklyn y The Fortress of Solitude, escribió hace meses en la Rolling Stone que en 1958 James Brown comenzó a visitar el futuro, y por ende a oír su música. De allí en más, al regresar a su tiempo físico Brown “parecía tratar de impartir una epifanía a la cual sólo él tenía acceso, una epifanía que tenía que ver con el ritmo y con sus posibilidades cinéticas inherentes pero que hasta ese momento nadie había descubierto en el R&B y la música soul que lo rodeaba”. Supongo que también podría decirse que Brown no viajó sólo hacia el futuro, sino también hacia el más remoto pasado, al momento en que un hombre oyó por primera vez el batir de un tambor y comprendió que el golpe resonaba en su cuerpo, que su cuerpo también podía ser un tambor. De algún modo Brown se deshizo de los oropeles de la música popular y se quedó con su esencia rítmica, en su banda no era la base ni la percusión la que producía ritmo sino todos los instrumentos en conjunto, Cold Sweat fue en 1967 el primer hit en estar compuesto sobre un único cambio de acordes, la piedra basal del funk. Podría decirse que decodificó el jazz, el rhythm & blues y el rock and roll del mismo modo que Godard decodificó el cine narrativo, con la ventaja de no producir arte experimental sino música primal: Brown es Godard que se puede bailar.

Todavía hoy, cuando escucho a James Brown me parece que todo lo demás suena antiguo. El consuelo que nos queda a aquellos que ya no recibiremos nueva música suya es el de saber que cuando lleguemos al cielo, el lugar va a ser mucho más funky de lo que era hasta ahora. Mientras tanto Dios aprenderá a bailar, lo cual es una buena noticia para todos los que estamos aquí abajo; un Dios que baila es un dios que no se aísla.

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

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