Ficha técnica

Título: La batalla del calentamiento | Autor: Marcelo Figueras | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica |  Páginas: 544 |  Fecha de publicación: 31/1/2007 | Género: Novela |  Precio: 19.50 € | ISBN: 9788420471380 |  EAN: 9788420471389

La batalla del calentamiento

Marcelo Figueras

EDITORIAL ALFAGUARA 

Esta novela cuenta la desmesurada fábula de Teo, de la pequeña Miranda y de la bella Pat Finnegan, tres sobrevivientes llamados a figurar entre los personajes inolvidables de la literatura de hoy. Y también la historia del pueblo de Santa Brígida, gobernado por un insólito Jekyll & Hyde cuya dualidad no hace otra cosa que volverlo más sabio. En La batalla del calentamiento, Marcelo Figueras narra con emoción, humor y un escalofriante suspense, el suceso de una verdadera gesta: la que componen un gigante acuciado por sus fantasmas, una niña hechicera a pesar suyo y una mujer que ha atravesado las tinieblas y pugna por despertar de su pesadilla.  

 

Extracto del libro: 1. Lupus in fabula

El hombre corría entre alerces y coihues, adentrándose en el bosque; el lobo iba detrás. Así vista la escena tenía lógica: se espera que la presa huya y que el predador se lance a perseguirla. Pero al segundo vistazo las inconsistencias se hacían evidentes. El lobo avanzaba con un trote amable, como si no tratase de morder talones sino de conservar la distancia. Y el hombre era enorme, el Kilimanjaro en movimiento. Semejante coloso podía defenderse a mano limpia, descabezando al lobo como quien arranca una manzana. Sin embargo persistía en la huída, porque lo amenazaba un peligro más insidioso que la muerte. El hombre temía haberse vuelto loco. Sólo un loco puede creerse acosado por un lobo que habla. Y el caso era aún peor, porque la bestia hablaba en latín.

«Di nos quasi pilas homines habent», dijo el animal a sus espaldas.

El gigante conocía esa frase; el lobo citaba a Plauto.

¿Una bestia versada en los clásicos? No sabía si reírse o llorar.

Tropezó con raíces, el suelo tembló a cada tumbo. Sus pulmones ardían como fraguas. Buscó un árbol al que encaramarse pero los pinos lo rechazaban, erizos de tierra firme. A tiempo distinguió un alerce que le ofrecía su estribo. En dos saltos estuvo arriba, donde el aire era más flaco.

El lobo se detuvo al pie del árbol. Era un macho gris, de pelambre jaspeada y ojos dorados como el día.

La rama que sostenía al gigante crujió bajo su peso. Decidió subir un poco más.

«Quo vadis?», quiso saber el lobo. Tenía voz de barítono.

El gigante vagaba por el bosque cuando la bestia lo sorprendió. ¿Qué hacía un lobo en aquellos parajes del sur? Se trataba de una aparición insólita: debía haberse escapado de un zoológico, o del coto de un coleccionista. Existía asimismo la posibilidad de que no fuese un lobo de verdad, sino tan sólo un perro con forma de lobo, ojos de lobo y colmillos de lobo. A fin de cuentas el gigante no era una autoridad en la materia, sólo había visto lobos en las ilustraciones de los libros de Jack London.

Enfrentado a ese quid, reaccionó como lo hubiese hecho cualquiera de toparse con un oso polar en el Caribe: registró el absurdo de la aparición y echó a correr, para garantizarse la posibilidad de sentir asombro hasta la llegada de una edad provecta.

Ya había salido disparado cuando oyó el saludo. Pax tecum, decía el lobo, la paz esté contigo. Como el gigante no se detuvo, la bestia emprendió su propia marcha. Mientras trotaba dijo que no le haría daño, había ido hasta allí para darle un mensaje. Pero sus aclaraciones no hicieron más que oscurecer el ánimo del gigante. Uno podía confundir pax tecum con un bostezo, se puede estornudar de tal forma que suene parecido a pax tecum («¡Paxtecum!», exclama uno, y le responden: «¡Salud!»), pero no puede confundir una frase compleja con la contracción involuntaria y brusca del diafragma.

La idea de la locura no sonaba descabellada. El gigante ya era neurótico por naturaleza, en grado similar al de la mayoría de sus congéneres. (El nivel de neurosis entre los habitantes de Buenos Aires es elevado y sin embargo permanece dentro de límites normales; o al menos eso pretenden los psicoanalistas, en salvaguarda de su reputación.) Pero el pobre venía además de padecer una desgracia real, que lo había condenado a sufrir algo más grave que su mal du temps. Si hubiese existido un concurso para aspirantes a la depresión, lo habrían consagrado Estrella del Mañana.

 

No le quedaba otra esperanza que la de estar atravesando la fase inicial del colapso: quizás estuviese a tiempo de rechazarlo. Necesitaba encontrar un punto débil en la armadura de su delirio, una grieta que le permitiese reingresar al mundo de los sanos. El acento con que el lobo hablaba en latín, por ejemplo. Le sonaba familiar. Preguntó con resquemor, encaramado sobre ramas trémulas:

 

«¿Profesor Fatone?»

 

El lobo bajó el morro y produjo una gárgara. El gigante pensó que se había atragantado con una piña, pero enseguida entendió que eso era lo más parecido a una carcajada que podía salir de semejante garganta.

 

Consideró la posibilidad de estar sufriendo una alucinación. La ilusión era perfecta, veía al lobo hurgando entre las raíces con la misma precisión con que estas palabras se recortan sobre el blanco de la hoja. (Con la misma claridad con que lo vemos, lector, concentrado en las primeras páginas de este volumen.) Los espejismos tienen causas racionales, incluso fisiológicas: una falta de irrigación cerebral, por ejemplo; o un tumor. Esta última opción le pareció al gigante más ominosa que la locura.

 

¿Y si se trataba de un sueño? En el marco de una pesadilla, un lobo que hablaba latín con el acento de Fatone era una ocurrencia aceptable. Por cierto, nunca había soñado fantasmagoría más vívida. Le picaba la piel allí donde había rozado las agujas de los pinos. Gotas de sudor se deslizaban por el tobogán de su espalda. La rama que se le clavaba en el culo era más que una molestia: era el desembarco aliado en Normandía.

 

El gigante concedió al sueño el beneficio de la duda: dormido y todo se tienen las sensaciones más intensas. Pero el tufo del lobo le impidió seguir engañándose. Era un vaho agresivo, ajeno a su memoria sensorial, que no podía atribuir a otra cosa que no fuese la bestia. Recordaba haber temido en los sueños, y haber gritado y por ende oído; pero no recordaba haber olido aroma alguno. ¡Nadie huele nada durante un sueño!

 

Abrumado por la evidencia de su descalabro, el hombre pareció resignarse. Su mente se abocó a un recuerdo, el polvoriento edificio de la universidad, el aula fría y el profesor Fatone, que con el tiempo se había mimetizado con su entorno. El gigante penetró todavía más en su memoria, del mismo modo atropellado en que se había adentrado en el bosque. Pensaba en aquel vocabulario, rebus, sic, timor reverentialis, en las declinaciones, en la lectura de Ars amandi, en Ovidio, ¡aquellos versos procaces!, los argumentos con que San Agustín contradice a los escépticos… La frase se le escapó de los labios desde el ramaje más alto de su memoria:

 

«Credo quia absurdum», dijo. Era la forma en que San Agustín defendía su fe: Creo porque es absurdo.

 

«Ak», soltó el lobo con alivio. ¡Por fin empezaban a hablar!

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Obras asociadas