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Por culpa de Quirón y de Neptuno

Por 28 de febrero de 2007 Sin comentarios

Marcelo Figueras

Hace pocos días, a colación de algo que dije respecto de la ineptitud social de la mayoría de los escritores –limitación que también padezco, por supuesto-, Román me preguntaba si la cuestión no había hecho nunca mella en mi vida romántica. Siento la tentación de evadir el asunto recurriendo a una broma: ¿de qué vida romántica me hablas, Román? Pero en fin, no sería justo que me quejase. Aun a pesar de la condición de escritor mi vida amorosa se las ha arreglado para ser variadísima, con lo cual no pretendo referirme a cantidades (sería poco elegante, y además me dejaría mal parado: lo mío es más bien modesto), sino más bien al arco variopinto de las emociones que me deparó: he pasado por los dolores más desgarradores pero también por las alegrías más intensas. Para ponerlo de forma más clara y categórica: todo el conocimiento que tengo de la felicidad se lo debo al amor, al romántico, claro, pero también al otro, ese amor que uno prodiga y recibe de padres e hijos, de amigos –y hasta de desconocidos, que representan a los verdaderos otros de nuestra vida. Es verdad que la enajenación que nos es común no juega del todo a favor: a menudo las relaciones que tenemos con nuestras criaturas de ficción resultan más reales –y por cierto, la mayor parte del tiempo suelen ser más gratificantes- que las relaciones que sostenemos con gente de carne y hueso; por lo pronto, nuestros personajes suelen tener la ventaja de hacer lo que nosotros queremos que hagan, en tiempo y en forma, mientras que nuestras enamoradas insisten en esta extraña manía de la voluntad propia. Pero a esta altura del partido, Román, puedo asegurar que existen personas a las cuales nuestra ensoñación casi permanente no les resulta inconveniente: por el contrario, forma parte esencial del atractivo que tenemos para ellas. El refranero popular lo expresa de muchas maneras. Se dice que siempre hay un roto para un descosido, por ejemplo. O que a cada chancho le llega su San Martín.

El problema se empeora si además de ser escritor, uno es del signo de Acuario.

Yo no creo en los horóscopos, o quizás debería decir que los miro por encima del hombro con un escepticismo que pretendo saludable. Pero como ya confesé alguna vez, guardo el mayor de los respetos por el señor que hace el horóscopo de la revista Vanity Fair, Michael Lutin. (Que además tiene su propio sitio en internet, por supuesto: www.michaellutin.com.) Mi respeto deriva de la experiencia: este hombre lleva algunos años anticipándolo casi todo en mi vida. Incluso en épocas como la presente, en que no las tengo todas conmigo por culpa de Quirón y de Neptuno, que han tenido el mal gusto de transitar Acuario por estas fechas. Para que veas a qué me refiero, Román: en el texto dedicado a los acuarianos en febrero, Lutin dice que “parte tuya está presente, mientras un gran segmento de tu atención está ausente. Está en otra parte. Periódicamente te vas a sitios donde otra gente no puede seguirte. Eso te convierte en alguien todavía más deseable, tan sólo porque existe un aspecto solitario de tu personalidad que demanda que permanezcas a solas en tu celda de meditación, o en tu propio cuarto. Eso no significa que quieras cortar con tus relaciones. Lejos de ello. Se trata tan sólo de que ahora no puedes entregarte por completo, o aceptar ser controlado. Ocurre que por mucho que ames la idea de fundirte a otra persona, estás atendiendo a una herida que nadie puede curar más que tú mismo. Y además estás convencido de que existe una misión urgente que demanda tu dedicación indivisa. Tonto”.

Así es Lutin: si te tiene que zarandear, te zarandea.

Ya ves, Román. Existe algo peor para la vida romántica que ser escritor. Deberías darte por satisfecho si a pesar de ser escritor, tienes la fortuna de no ser un Acuario.

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

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