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Crónica de un reencuentro anunciado

Por 4 de julio de 2006 Sin comentarios

Marcelo Figueras

Durante el fin de semana volví a ver The Sound of Music, o bien La novicia rebelde, como le pusieron aquí en la Argentina haciendo gala de falta de imaginación. Según mis cálculos, hace casi cuatro décadas que la vi: fue la primera película no animada a la que mi madre me llevó. La experiencia no se repitió hasta hoy (para ser preciso, debería decir que este fin de semana la vi completa por primera vez), a pesar de que vuelvo a ver clásicos todo el tiempo. Pero entiendo mi reticencia: la decepción que produje a mi madre todavía me llena de culpa.

Hasta entonces sólo había visitado los cines para ver dibujos animados. Frecuentaba dos salas, una que se llamaba Real, que ya no existe, en pleno centro de Buenos Aires; y otra llamada Los Ángeles, que aún existe, consagrada a los productos de la fábrica Disney. Todo indica que aproximadamente en 1966 (la película de Robert Wise es de 1965, y en aquel entonces los estrenos del Norte se tomaban un tiempito en llegar a estas costas) mi madre vio The Sound of Music, salió cantando del cine como todo el mundo y concibió la idea de que yo podía llegar a disfrutarla, a pesar de mi corta edad. Nadie debió de convencerla respecto de mi precocidad, ya que ella era la principal inventora del mito que, para ser sinceros, yo venía interpretando hasta entonces con bastante competencia: a los cuatro años ya leía, y por cierto disfrutaba del cine.

Pero mi madre erró el cálculo. Imagino que debo haber tolerado la primera parte, entre los paisajes alpinos, los niños y las canciones pegadizas. Después sobrevino el intervalo, y pasaron más paisajes alpinos, y (ahora lo sé) más intrigas amorosas, y más canciones, y más nazis; y en algún momento de esta segunda mitad –mi madre me expuso a una película que dura casi tres horas- me quedé dormido.

No recuerdo nada de la velada, pero sí recuerdo el enojo de mi madre. Al quedarme dormido, le había fallado: la decepcioné. Imagino que con el tiempo lo habrá superado, especialmente desde que entendió que el cine empezaba a gustarme de verdad, por lo menos tanto como a ella. Recién ahora comprendo que nunca me vio trabajando en cine, murió mucho antes de que publicase mi primera novela y escribiese mi primer guión. (Lo más próximo al rubro que me vio escribir fue crítica cinematográfica.) Quizás sea por eso que no puedo apartar de mi cabeza la idea de que, de alguna forma, me dedico al cine tratando de reparar aquella decepción que le produje.

¿Qué qué me pareció hoy la película? Tan sólo simpática. Para musicales largos, me quedo con My Fair Lady: mejor película, mejores canciones, mejores actores. Para musicales con Julie Andrews, prefiero Mary Poppins. (¡Que sin duda alguna debo haber visto por vez primera en el cine Los Ángeles!) Mi ojo profesional creyó detectar infinitas situaciones –tanto dramáticas como de potencial comedia- desaprovechadas, y demasiados tránsitos bruscos: el guionista Ernest Lehman escribió cosas mucho mejores, como Sabrina, North by Northwest y Sweet Smell of Success.

Pero lo que definitivamente no puedo hacer es negar su influencia en mi vida. Estoy por editar mi cuarta novela, que se llama La batalla del calentamiento pero a la que el título El sonido de la música le quedaría pintado. Tengo tres hijas que estudian actuación, cantan y bailan; una de ellas ya estudia cine y la más pequeña lo hará apenas termine el secundario: esto equivale a media familia Von Trapp. (El resto viene en camino.) Y de hecho me dedico al cine, cosa que sin duda habría cambiado el humor de mi madre de habérselo jurado aquella tarde, al despertar de mi siesta alpina.

Durante muchos años me dije que no me había tenido paciencia. Hoy me pregunto si de alguna manera no habrá sabido que el tiempo que le quedaba era escaso; y si no habrá pretendido avisarme que, una vez muerta, podría reencontrarme con ella cada vez que sonase el sonido de la música.

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

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