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Píldoras amargas

Por 21 de septiembre de 2010 Sin comentarios

Lluís Bassets

Habrá que tragar esas píldoras amargas y habrá que hacerlo quizás con los trucos y engaños que se usa con los niños para que no lloren mientras ingieren las medicinas desagradables. Esas píldoras son exactamente todo lo contrario de lo que nuestras sociedades quieren, pero todos saben, incluidos los ciudadanos que se paran a pensar, que no hay más remedio que tomárselas. Más inmigración, aunque mejor gestionada y seleccionada, para compensar la caída demográfica, cubrir las enormes necesidades de mano de obra que se generarán en los próximos decenios y garantizar incluso el mantenimiento de un mínimo Estado de bienestar. Más impuestos, también mejor calibrados y distribuidos para no perjudica a las clases productivas, para cubrir los déficits públicos, sanear la economía y satisfacer las necesidades en inversiones que mantengan la competitividad de nuestras sociedades. Y más Europa, más integración europea y más traspaso de soberanía, para contar y pesar en las grandes decisiones y negociaciones que se producen en la nueva timba del poder mundial donde se acaba de repartir cartas mientras los europeos nos hallábamos distraídos ocupados en nuestras cosas.

No será fácil. De momento, las píldoras del doctor Futuro están dando energías y votos al populismo de extrema derecha que está ascendiendo en toda Europa y acaba de hacer su entrada en el parlamento de Suecia, la patria de la socialdemocracia y el país que había inventado en modelo más evolucionado de Estado de bienestar y de redistribución de la renta. Los populismos lo quieren todo: mantener las ventajas sociales sin aumentar impuestos ni admitir inmigrantes, y por eso se hallan en fase ascendente, especialmente entre las capas de la población más desfavorecidas y también las clases medias más golpeadas por la crisis. Sustraen clientela de los viejos electorados izquierdistas, incluidos los restos de lo que hace medio siglo fue la clase obrera. No es una casualidad que el ascenso de esa extrema derecha xenófoba y antieuropea se produzca en paralelo a la ruina del último baluarte de la izquierda, la vieja socialdemocracia europea, en retroceso en todo el continente.
No es que la derecha clásica se encuentre en una situación muy boyante. La ruina ha alcanzado a todas las ideologías, de forma que al final triunfan los más pragmáticos y desideologizados, capaces de convencernos para que nos traguemos las píldoras. La socialdemocracia supo hacerlo en algún momento: véase el caso de Gerhard Schroeder, que fue quien empezó las reformas del Estado de bienestar en Alemania. Pero ahora son los partidos de centro y de derecha, sobre todo los moderados, los que tienen la mano; con la particularidad de que en muchos casos hacen ellos mismos políticas socialdemócratas aunque estén ajustando a la vez el Estado de bienestar característico de la socialdemocracia: también Alemania aporta el ejemplo, con el caso de la señora Merkel. La derecha clásica también nota los efectos del populismo, hasta el punto de sufrir su atracción fatal, como sucede en Francia, o llega a fundirse con él, como ha sucedido en Italia.
La moda ahora es meterse con la izquierda. Caído el árbol, hay que hacer leña. Si no se le atribuye directamente la causa y culpa de los populismos se le hace culpable por inacción y por falta de respuestas ante este ascenso. Nada que decir si se trata de un debate sobre el pasado, pero si hablamos del futuro tiene más interés atender a la evolución de los Gobiernos de derecha y de centro derecha, la mayoría, que a veces se sienten tentados a utilizar el envoltorio de los populismos para hacer tragarnos las píldoras amargas. En algunos es de temer, incluso, que se utilice la demagogia extremista únicamente para mantener la popularidad y el poder sin llegar ni siquiera a las píldoras, es decir, las reformas que nuestras sociedades necesitan. Este es el camino en el que se encuentra la Francia de Sarkozy. A poco que se descuide el hiperpresidente se quedará sin reformas modernizadoras y sin valores republicanos. Y también, naturalmente, con una presidencia arruinada.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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