
Eder. Óleo de Irene Gracia
Lluís Bassets
El escudo antimisiles que acaba de pasar a mejor vida no estaba pensado para defender a Europa y al mundo del peligro iraní sino para que quedara claro quién manda aquí. De ahí el entusiasmo que suscitaba entre las élites políticas, no tanto en las opiniones públicas, de los países concernidos, Polonia y Chequia. Marcarle los límites a Rusia, mantenerla a distancia, dividir a los europeos entre quienes se sienten amenazados por el oso ruso y quienes se hacen sus socios por necesidades energéticas, éste era el programa trazado por los Bush, Rumsfeld y Cheneys que han dibujado los mapas del mundo en los últimos ocho años.
Pero esto se acabó. ¿Por qué Estados Unidos iba a tratar con más escrúpulos y menos realismo a los rusos que a los chinos? El abandono del escudo antimisles es un paso de una gravedad mínima comparado con el pozo en que quedó Taiwán cuando Nixon viajó a Pakín, reconoció a la China comunista como único interlocutor internacional válido ?silla en el Consejo de Seguridad incluida- y preparó la pista para la Chimérica actual en la que la dictadura comunista aporta mano de obra barata y el ahorro a la economía global. ¿Por qué regla de tres deberíamos tratar a los rusos, menos comunistas que los chinos, quizás incluso menos iliberales, peor que la mayor dictadura totalitaria del mundo? ¿Y por qué cálculo estratégico esta curiosa jerarquización debía perjudicar a quienes dependen de Rusia para su suministro energético, como son los europeos?
Mi opinión es que Obama ha hecho santamente. Necesita a Rusia. Para pararle los pies a Irán. Para hacer la paz en Oriente Próximo. Como la necesitamos los europeos. Para nuestro suministro energético o para salvar a Opel, como saben muy bien los alemanes. Lo que necesitamos entonces es una nueva estrategia hacia Rusia, que sepa combinar el realismo con la exigencia y el estímulo en cuestión de democracia y de Estado de derecho. Esto no es apaciguamiento, como dirán y escribirán muchos a partir de ahora. Es la corrección de una jugada incomprensible, dictada por el ideologismo neocon más sectario y absurdo. No iba defendernos de nada, pero estaba destinado a espolear una nueva y larvada guerra fría.
(Escribo estas líneas desde Berlín, donde se acogerá esta iniciativa con discreta satisfacción, a derecha e izquierda. Rusia es un socio obligado, al que hay que tratar con cuidado e inteligencia, también con astuta exigencia en cuestión de libertades y derechos humanos. Aquí estoy, en el momento en que se acelera la campaña electoral. Echando en falta al corresponsal que cubrió para El País tantas elecciones alemanas y concretamente las últimas que llevaron a Angela Merkel a la cancillería. Pero asi es, aquí estoy escribiendo, cuando hubiera preferido estar leyendo. Leyéndole. Al gran corresponsal, al amigo entrañable. A Pepe Comas.)