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Nacionalismo internacionalista

Por 23 de octubre de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Lluís Bassets

Internacionalizar. Esta es la palabra. ¿El conflicto? No, por favor. Eso pertenece a un campo semántico ajeno, exactamente el del entorno de ETA. En Cataluña no hay exactamente conflicto, al menos de momento, pero sí hay que internacionalizar. Estoy transcribiendo lo que oigo en Barcelona en los medios soberanistas más al caso. Intentemos ver, entonces, en qué consiste la internacionalización de la reivindicación o del caso catalán.

Hay una internacionalización elemental que ya se ha producido. Consiste en colocar a Cataluña con su reivindicación en el mapa. Se ha hecho con muy escasos medios y buenos resultados propagandísticos. Y en buena parte a caballo de una fácil ecuación: desprestigio de España, fulgor de Cataluña. Gusta mucho, es cierto, a quienes han entendido siempre que la prueba del nueve de la pureza catalanista es el daño que se inflige a España. El propio Artur Mas ha jugado esta baza: ante una España debilitada Cataluña ofrece al mundo su propuesta ilusionante. La teoría del expolio fiscal, de la España ladrona tan próxima a la Lega Nord, funciona muy bien en la internacionalización mediática. El hundimiento de la economía española es el argumento de enganche de esta historia que reclama primeras páginas.

Hay una segunda internacionalización más profunda. Corresponde a la teoría de la oleada. Ahora llega a Europa occidental, territorio asentadísimo de los estados nacionales fraguados en la paz de Westfalia (1648). Escocia va por delante. Flandes se suma gracias al ascenso de la Nueva Alianza de Bart de Wever, el nuevo alcalde de Amberes, que quiere llegar en las elecciones generales de 2014 a una encrucijada decisiva en la división de Bélgica. Ahí está en segundo plano, en declive pero como una amenaza vigente, la pionera del nacionalismo fiscal, la Lega Nord. Y luego las nacionalidades ibéricas, sueltas de nuevo gracias al alcance de una profunda crisis española, económica e institucional.
El sueño nacionalista convierte el mapa estable e inamovible de Europa en campo de la fragmentación soberanista. Serán como fichas de domino. En lo más profundo del sueño, Cataluña es la pionera que abre las puertas a la redistribución del espacio soberano europeo. Pequeños estados federados que superan a las viejas y arrogantes naciones westfalianas. Los más lanzados y festivos encuentran muy atractivo que no existan antecedentes, que jamás se haya ensayado este camino en la Europa civilizada: qué bien, seremos pioneros.

Es un sueño pero podría convertirse en una pesadilla. Los Estados-nación han hecho Europa. La ley ha hecho Europa. No hay democracia sin esas leyes y sin esos Estados. La refundación soñada exigiría una previa demolición del euro, de la UE y de algunos de los Estados actuales. ¿Cuántos? ¿Cómo afectaría al conjunto? Puede que el escenario idílico sea lo más cerca al cuanto peor mejor. Ya lo hemos conocido en otras épocas. Nada facilitaría mejor la culminación del nacionalismo onírico que un regreso caótico a los años 30 del siglo XX. Es difícil que se produzca una transformación de tal envergadura, al menos en el corto y medio plazo, mediante el diálogo y el acuerdo. Más bien lo contrario: sería la balcanización del continente.

No podemos darlo por imposible, aunque casi nadie quiere ir en esta dirección en Cataluña. Tampoco fuera. Solo unos pocos frikis de la esfera mediática madrileña y sus correspondientes del radicalismo independentista apuestan y desean fervientemente que las cosas vayan por el peor derrotero. La inmensa mayoría de un lado y de otro, y del lado de quienes no quieren estar ni en un lado ni en otro, apuestan por una vía tranquila y pacífica, democrática añaden. Y todavía hay que exigir más: a Artur Mas sobre todo. Por una vía democrática y legal. Que no se olvide el president: legal. Sería bueno escucharlo de sus labios. Sin ambigüedades, claramente. Esta es la clave de la última internacionalización que quiero discutir hoy aquí. La legalidad es una. No hay dos ni mucho menos tres. La catalana es española. Y también lo es la europea. Solo hay un Estado de derecho al que acogerse. Ahí no caben frivolidades.

Si internacionalizar es saltarse la legalidad estamos batasuneando. Llevar el debate y la presión política a la opinión y los organismos internacionales puede estar bien. Pero la legalidad vigente no es un expediente ni un trámite que hay que pasar. Es muy dudoso que un acto ilegal de un gobierno legalmente constituido pueda ser avalado por los socios europeos y por las instituciones de la UE. Al contrario: lo más probable es que nadie lo avale, que nadie lo reconozca. Ni siquiera los nacionalistas de las otras nacionalidades, porque todos ellos querrán obtener satisfacción a sus reivindicaciones dentro del marco de la legalidad. Los nacionalistas catalanes que quieran aventurarse en este camino deben saber que es la vía del populismo, el de Chaves y Cristina.

Internacionalizar quiere decir encontrar aliados y amigos. El soberanismo catalán ya los ha encontrado en los medios de comunicación, sobre todo los anglosajones. No será tan fácil que los encuentre en la diplomacia internacional y en los gobiernos. Son gremios cerrados, habitualmente hostiles a los advenedizos y a quienes pretenden ser nuevos socios sin títulos suficientemente acreditados. Hostiles por principio con quienes frivolizan con el principio de legalidad. El gobierno de Madrid actuará, seguro, con reflejos más vivos que hasta ahora. Tiene un aparato diplomático, servicios secretos, presupuestos del Estado, la Corona.

Habrá que ver si Mas es capaz de obtener una foto oportunity, una sola, con algún mandatario de relieve antes de las elecciones. Las cosas se le complicarán incluso con los nacionalistas, internacionalistas solo de sus propias causas pero no de las de los otros. Si se trata de convertirse en Estado dentro de la UE, Alex Salmond quiere que Madrid le ayude, no que le vete, de ahí que prefiera tomar distancias con Artur Mas, tal como ha explicado Walter Oppenheimer. Lo mismo sucederá con De Wever. Incluso los nacionalistas vascos temen que el independentismo catalán se lleve por delante su independencia fiscal ya efectiva desde hace más de 30 años. Urkullu no será un buen aliado. ¿Alguien creyó acaso que separarse de un Estado nación surgido de Westfalia era como coser y cantar, o bufar i fer ampolles, como decimos en catalán?

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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