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La montaña desencantada

Por 26 de enero de 2009 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Lluís Bassets

De nuevo el ritual de Davos. En la estación suiza alpina, un año más, se reúne esta semana que hoy empieza la flor y nata del capitalismo mundial, además de un buen puñado de políticos, académicos, intelectuales y periodistas. El presidente del World Economic Forum, Klaus Schwab, ha evocado en su conferencia de prensa previa el espíritu de Thomas Mann, que situó la acción de su ‘Montaña mágica’ en esta localidad balnearia y más en concreto en un sanatorio antituberculoso. La idea del sanatorio le ha aparecido útil a Schwab, a la vista del estado en que se encuentra la economía mundial, de la desaparición de la banca financiera de Wall Street y de la dificultad para hacer incluso un diagnóstico creíble sobre la profundidad de la recesión y marcar el calendario de salida. Los debates de Davos tienen un fuerte carácter anticipatorio: se trata de atisbar las tendencias, oler los nuevos aires, conseguir desde aquellas alturas una mejor preparación e información que quienes andan pos los valles y las llanuras. De ahí que el tema de este año no sea analizar la crisis sino la remodelación del mundo después de la crisis. Se da por descontando que el capitalismo saldrá de ésta y sanará, pero se supone que hay que aprovechar los aires alpinos para proporcionar los reconstituyentes de su vigorosa convalecencia.

La historia del WEF empieza de verdad en 1987, justo un poco antes de la caída del Muro de Berlín. Originalmente, desde el año 1971, había sido un estupendo encuentro sobre gestión de empresas, organizado por un profesor suizo que quería importar masivamente las técnicas y enseñanzas norteamericanas a Europa. Pero a finales de la década de los 80 se reveló como un lugar idóneo para la diplomacia paralela, de forma que la unificación alemana, las transiciones democráticas en Europa central y oriental, la reconciliación en Sudáfrica o el proceso de paz en Oriente Próximo contaron en un momento u otro con algún contacto decisivo o alguna declaración espectacular durante los cinco días de reuniones y mesas redondas de esta preciosa localidad alpina. Al terminar la Guerra Fría, pues, se convirtió en una plataforma de debate y concertación política internacional, un seminario de discusión económica y empresarial y, sobre todo, una gran feria de contactos y de exhibición de poderío económico.

La idea de un mundo globalizado, paralela a la imposición del pensamiento único capitalista y a la ausencia de sistemas alternativos, quedó identificada pronto con la reunión anual de Davos y con el ‘glamour’ creciente del ‘nuevo capitalismo’. Samuel Huntington llegó incluso a acuñar la idea del Hombre de Davos, un guiño antropológico que proporciona la idea de un salto en la especie, al que muy pronto, en 1999, se opuso la idea del Hombre de Seattle, otra nueva especie, identificada con los manifestantes que protestaron contra la globalización en la cumbre de la Organización Mundial de Comercio.

Cada año leo en algún sitio que Davos ya no es lo que era. Y cada año el WEF suele ocupar un buen espacio en los medios de comunicación, lo que no es garantía de nada pero requiere como mínimo un análisis. Intentaré empezarlo hoy y seguir en los próximos días, desde Davos mismo, a donde voy a ir por segunda vez: estuve allí en 2000, el mismo año en que los antiglobalizadores llegaron hasta aquellas alturas, con José Bové al frente, para manifestarse contra el capitalismo global, antes de ser invitados a participar en el WEF. Hay pocas cosas que no estén al alcance de su presidente, Klaus Schwab: ¿por que no iba a invitar a quienes están en contra a convertirse en parte de la organización?

El WEF nunca ha sacado conclusiones y los compromisos que se le presumen, con el capitalismo por ejemplo, son presunciones, sólidamente basadas, por supuesto, pero en absoluto excluyentes de otras presunciones. Desde la primera ocasión en que asistí a Davos, y por lo que he ido siguiendo cada año, no han faltado nunca los foros alternativos: este año se discutirá de ciudadanía europea, seguridad alimentaria, derecho a la muerte digna o la paz en Oriente Próximo en el Foro Abierto, claramente crítico con la globalización, organizado por los iglesias protestantes de Suiza, y ya perfectamente integrado en el programa general. Regreso así a la pregunta que me hacía sobre el auténtico calibre de la reunión: además de la feria de las vanidades, que lo es y en grado sumo, es también uno de los lugares más interesantes y donde más puede aprender cualquier persona ocupada en observar la marcha del mundo.

Hans Castorp, el héroe de Thomas Mann, llega a Davos en tren desde Hamburgo, en un viaje largo y lento, con el propósito de permanecer tres semanas, que se alargan nada menos que seis años. Se supone que estamos en el verano de 1908, hace ahora un siglo, poco antes de la Primera Gran Guerra, en la que combatirá y quién sabe si morirá el personaje. El desplazamiento a la localidad alpina altera el espacio y el tiempo de Castorp y le desconecta del mundo, a pesar de que allí encuentra un microcosmos donde aparecen los reflejos y las tensiones de la vida que transcurre en los valles y llanuras. Es lo contrario del Davos actual, fuertemente conectado, trepidante, concentrado y, sobre todo este año, desencantado. Del mercado, de la desregulación, de los fondos de riesgo, del capitalismo financiero, de Wall Street en definitiva.

Entre los mensajes cruzados en los blogs, twitter, facebook, sms antes del foro ya se sobreentiende que habrá caras largas entre los capitanes de empresa. Y que habrá muchas ausencias: la clase dirigente del capitalismo se renueva y a veces cae y desaparece estrepitosamente arrastrada por la crisis de las empresas que cierran o son engullidas por otras. El profesor Schwab ha pedido, una vez más, un código ético de conducta para los empresarios, es decir, un capitalismo ético, la riqueza con reglas: un magnífico oxímoron mientras no se demuestra lo contrario. Hay otros temas que debieran suscitar la atención de los asistentes, como es la situación en la franja de Gaza, el estado del euro, la crisis en China, el futuro de algunas industrias como el automóvil o la prensa, pero no es nada seguro. ¿Interesan de verdad los sectores industriales en crisis o en decadencia en este lugar donde la presión de la moda es enorme? Veremos.

Obama, que es el político y el tema de la temporada, y suscita el máximo interés, no estará en Davos, a pesar de que los organizadores reconocen que lo han intentado. Y su recién instalado equipo tampoco estará muy bien representado. Estaba prevista la participación de Lawrence Summers, un clásico del foro, actual director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca, y del general James Jones, nuevo consejero nacional de seguridad de Obama, pero no estará ninguno de los dos. Tampoco Timothy Geithner, el nuevo secretario del Tesoro, que no había confirmado su asistencia aunque todavía había esperanzas. Al final será Valerie Jarret, consejera especial del presidente para relaciones intergubernamentales y públicas, quien le represente en este primer Davos de su presidencia.

Sobre la presencia de unos y otros, el economista de la OCDE Javier Santiso ha escrito un artículo en Negocios/El País, en el que subraya algo que viene percibiéndose año tras año, como es la escasa participación española, que no se corresponde con el tamaño ni con la vocación internacional de nuestra economía. Hay pocos empresarios, apenas hay políticos (uno de los asiduos en su buena época era Jordi Pujol, que algún provecho sacó para Cataluña de esta diplomacia privada suiza) y, que yo sepa, nadie relacionado con las nuevas tecnologías. El aspecto más dinámico y regular de Davos es precisamente el de la creatividad y las empresas tecnológicas, donde la institución del profesor Schwab recupera su vocación primigenia de conferencia sobre gestión empresarial. Uno de los momentos más brillantes de la historia del WEF han sido los años de la nueva economía, a pesar de que a veces se haya llegado muy lejos con el espejismo de un crecimiento sin ciclos, palpablemente rechazado por la realidad en dos ocasiones desde 2000, la última de forma más que dolorosa.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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