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La máscara funeraria

Por 16 de enero de 2012 Sin comentarios

Lluís Bassets

Hubo una época en la que a los grandes hombres se les sacaba un molde del rostro cuando morían. Del negativo en cera de la cara del moribundo salía la escultura mortuoria, la máscara funeraria, que pasaba a engrosar las reliquias del finado. Esta tarea la hacen ahora los medios de comunicación, que vuelcan en cuestión de horas un torrente de palabras e imágenes sobre la muerte del ?grosso personaggio?, al que le sucede lo que a todas las súbitas corrientes de agua: la falta de control produce desbordamientos y excesos, a veces bordeando el ridículo, casi siempre entrando de lleno en la exageración. No hay que darles mucha importancia, porque son meras coronas mortuorias, licencias mediáticas que se desvanecen en cuanto se da el duelo por despedido a la salida del cementerio.

El escultor que se encarga de la máscara quiere construir una imagen culminante, la síntesis de una personalidad y de una vida, trenzada por los éxitos y los logros a los que se debe la fama y el prestigio y apenas moteada por los fracasos, las villanías o los comportamientos mediocres. De ahí que este momento crucial para la posteridad descarte la teoría contraria: que una vida pueda ser una concatenación de fracasos, uno detrás de otro, apenas ensombrecidos por unos pocos destellos victoriosos, que en ninguno de los casos alcanza la cima anhelada y señalada por el desenfreno de la ambición.
Este hombre quiso ser presidente de su país y tuvo que contentarse con presidir su región. Quiso reformar desde dentro un régimen de matriz estrictamente totalitaria, y lo hizo con talento y talante autoritarios, pero tuvo que conformarse con que fueran otros correligionarios suyos los que pactaran la ruptura con las instituciones y leyes de la dictadura en los acuerdos de la transición con la oposición. Intentó ganar en las urnas lo que había perdido sin ellas y también fracasó, convirtiéndose en el líder de una derecha nostálgica y ultramontana. Se creía rompetechos pero nunca rompió el suyo y esto fue su ruina: era más apreciado por la izquierda en el gobierno como jefe sempiterno de la oposición que por la derecha aspirante. Cayó en un error internacionalmente imperdonable: no propugnar el voto afirmativo en el referéndum sobre la OTAN, suficiente para descalificar a un partido conservador occidental. Le costó sacar a la derecha del pozo, pero lo que él no había podido conseguir lo hicieron sus herederos; sin complejos, después de haberle creado el complejo de que un ministro de la dictadura jamás llegaría a la meta.
Fracasos, errores, villanías… No voy a seguir, los materiales están a mano: Grimau, Ruano, Montejurra, Vitoria… Nunca fue un demócrata, aunque arrimó el hombro en favor de la democracia después de navegar en tantas ocasiones en dirección contraria. No olvidemos a uno de sus maestros, don Carlos, el jurista nazi Carl Schmitt. Era una vocación política total, una ambición sin freno, dispuesto a todo. Habría sido un caudillo en tiempo de caudillos y quiso ser un presidente electo en tiempo de elecciones. Pero no pudo ser, entre otras razones porque mucho habría que decir sobre su pericia y sus habilidades; bien discutibles a la vista de tantos fracasos. Más claro sería hablar de oportunidades, que las tuvo en dictadura y en democracia: este hombre tuvo muchas y no consiguió sacarles provecho, aunque se esforzó con voluntad bien oportunista, haciendo concesiones cuando hiciera falta. Nadie puede decir que fuera un hombre de convicciones.
Como sucede con las trayectorias largas, hay una piadosa tendencia a confundir las virtudes de su tiempo con los méritos de quien finalmente no es más que uno más entre muchos protagonistas. Cuesta encontrar un momento, una institución, una historia concreta que se la debamos entera y sea toda ella mérito suyo. Algunos caracolean buscándola y se dan de bruces con lo contrario, con los fracasos y los errores. Para mi gusto quien más se ha acercado a la definición de su máxima obra de beneficencia ha sido Rosa Montero: es el tipo que se comió a los caníbales y un caníbal él mismo al que debemos estar agradecidos por esta hazaña que justifica toda su vida política.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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