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Encuentro con Clío

Por 15 de octubre de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Lluís Bassets

Clío es de trato difícil e imprevisible. Ya saben, la musa de la historia. Hay que ir con cuidado con ella. Siempre hay que ser prudente en el trato con las musas. Se pierden en la estética. Por cierto, como nos sucede a los catalanes según Unamuno. Y la de la historia la que más, porque su canto suele frecuentar los abismos donde yacen los cuerpos despeñados tras el combate, las banderas desgarradas, los pueblos desaparecidos, los palacios arrasados y las pasiones desatadas entre enemigos irreconciliables. Quien se entretiene en encontrar la belleza en el devenir cruel de la humanidad merece la máxima atención en el trato, no fuera caso… Además de arrebatada, es traicionera, y últimamente voluble y despistada. O incluso bromista.

No es extraño de alguien a quien se requiere para cualquier circunstancia. Es la fatiga que exacerba sus habituales defectos. Hay pocos acontecimientos en nuestra vida contemporánea en los que no se la convoque para que desarrolle su trabajo, en el deporte sobre todo. Hasta el punto de invertir la jerarquía de los acontecimientos: momentos hay en los que todo lo trivial se le atribuye y pasa en cambio desapercibido lo que pertenece en propiedad a su reino.

Y no solo la fatiga. Hace apenas dos décadas se la dio por muerta. ¿Recuerdan? Francis Fukuyama declaró su fin. Una vez caído el muro de Berlín y el comunismo detrás, iba a abrirse la etapa de mayor aburrimiento de la vida humana. Pronto quedó brutalmente desmentida tal noticia, y de qué manera. Clío, cruel como ella sola, cantó la sangre vertida y el dolor de las madres, primero en Irak y en los Balcanes; después en el corazón mismo del imperio, cuando una ira sagrada se abatió sobre las Torres Gemelas; también en África central, en Chechenia, en Afganistán e Irak de nuevo, sin olvidar todos los flancos de Oriente Próximo. No digamos ya el susto mortal que dio a todo Occidente cuando trastocó el mapa entero de los árabes y sembró la más espantosa guerra civil y sectaria en la pétrea Siria de la dictadura alauí de los Assad.

Sabemos que su canto nos pilla siempre a contrapié, como les sucede a las vírgenes imprudentes con la llegada del señor en el apólogo evangélico. No era así cuando empezó y exaltaba la cólera de Aquiles ante los muros de Troya. Eran tiempos en que andaba de aquí para allá ensangrentada y su voz se rompía de tan usada. Mientras que los tiempos de ahora, regidos por las leyes de los hombres y no de los dioses, se da por hecho y demostrado sobre todo entre los europeos que pertenecen a la kantiana paz perpetua en la que tenemos prohibida la guerra entre democracias o dilucidar nuestras diferencias con el puñal o el veneno.

¡Cuidado! La mayor sorpresa que podría darnos esta musa es que de pronto las guerras económicas de nuestras crisis pasaran a mayores, desmintiendo tópicos y seguridades sobre la eterna desaparición de nuestros conflictos interiores. Invocada un día y otro con ligereza, vemos cómo se la convoca ahora con la aparente gravedad de los cambios de época.

Da toda la impresión de que así sucede en Europa. De que también sucede entre los españoles, aunque de momento con reticencia. Y no hablemos ya de los catalanes, tras la encendida promesa de inminente emancipación lanzada por un presidente de inteligencia fría y corazón aventurero. Llevado en volandas por la peligrosa y voluble musa del dolor y de la sangre, tiene toda la razón cuando dice que nos hemos adentrado en un camino desconocido.
Ella le espera, pero no sabemos dónde ni cómo la encontrará, ni que será de todos nosotros cuando suceda. O no. Los montes pueden parir un ratón, fábula muy bien inspirada para épocas de orogénesis geopolítica. Recordemos entonces y sigamos una sabia y con frecuencia olvidada sentencia: "Los hombres hacen la historia pero no saben la historia que hacen". Un poco de sobriedad en nuestro trato con la musa no estará nunca de más.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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