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El modelo de la ingobernabilidad

Por 6 de septiembre de 2016 Sin comentarios

Lluís Bassets

A la vista de la actual evolución de la política española, me atreviría a escribir que todo empezó hace muchos años, unos 40, con Convergència.

Convergència era un artefacto especial que llegó a suscitar mayorías oceánicas en Cataluña y una admiración no menos extensa en el resto de España. Combinaba una mezcla extraña: unas ideas particulares que la definían en su identidad de partido y otras ideas generales que la habilitaban para convertirse en la gran formación política que fue y que ya no existe.

Pujol y Roca personifican la dualidad, aunque sería injusta la identificación completa, puesto que ambos a su vez comparten las dos facetas que caracterizaron a la difunta formación política ahora tan añorada. De una parte, una vocación específicamente catalana, profunda y radicalmente catalana, que llevaba a sus gentes a trabajar para la recuperación de la lengua, la cultura, las instituciones y el autogobierno en los niveles máximos posibles. De la otra, una vocación genuinamente española, que conducía a influir en la política española e incluso facilitar en Madrid la gobernabilidad –hábil neologismo introducido por Miquel Roca no sin los reglamentarios sarcasmos e incompresiones anticatalanas– a cambio naturalmente de jugosos pactos que contribuían a reforzar la genuina vocación particular (y, a lo que se ha visto, reforzaban también el patrimonio de algunos de los pactantes).

Ningún otro partido se asemeja a lo que era Convergència –cuidado, y también Unió, principalmente con Duran i Lleida– respecto a la gobernabilidad. El nacionalismo vasco, más definido ideológicamente, ha sido también más directo en sus tratos y pactos y, sobre todo, ha contado con un peso menor y, por tanto, con menos vocación de influir y gobernar o dejar gobernar en España. El PSOE y el PP, o UCD en su día,no pertenecen a la misma esfera: lo suyo no ha sido dejar gobernar o facilitar que se gobierne, sino gobernar directamente y a ser posible sin necesidad de nadie o, en caso contrario, obstaculizar el gobierno de los otros. De la tradición comunista hay que decir que sólo con Carrillo el PC se asemejaba a Convergència, cuando su vocación era influir, facilitar la gobernación y esperar el milagro nunca realizado de la participación en el gobierno algún día (eso que Carrillo quería y nunca tuvo y Pujol no quiso y en cambio pudo tener: ministros); luego, lo que hemos visto tiene que ver con el perro del hortelano, que no deja comer a nadie porque él mismo no puede.

Convergència fue el primer partido que tiro a la basura la gobernabilidad. El gesto debió ser tan notable que fue imitado por todos. Dejar gobernar, facilitar que se gobierne, se ha convertido en una actitud de mal gusto, un gesto de debilidad y una prueba de cobardía. Lo que se lleva, sobre todo desde que Convergència hizo su mutación, es impedir que se gobierne, bloquear, y sacar rédito de ello como antes se sacaba de los pactos.

Hasta llegar al punto actual, en que el presidente Puigdemont exhibe los obstáculos que ponen los diputados catalanes a la investidura, sea de Rajoy sea de Sánchez, con el mismo orgullo con que Pujol exhibía los votos catalanes en las investiduras de González o de Aznar. No le faltan méritos, ciertamente, y el mayor no es nisiquiera convertir los votos en vetos, para seguir con el juego de palabras de Felipe González, sino conseguir que cunda su ejemplo hasta la parálisis total del sistema parlamentario español que hemos registrado esta pasada semana.

La inversión de la gobernabilidad convergente, iniciada propiamente en 2012, no se ha expresado en todo su potencial hasta 2016 cuando ha conseguido que los dos grandes partidos históricos de la democracia de 1978, PP y PSOE, e incluso el partido de contestación al sistema que es Podemos, se apuntaran también a su modelo de impedir ante todo que los otros gobiernen ya que no pueden gobernar ellos mismos. Los tres lo han puesto en práctica de una forma u otra a lo largo del año con las investiduras fallidas de Sánchez y Rajoy, y lo más irónico del caso es que el único partido que no lo ha hecho y que se ha portado como un auténtico seguidor del modelo convergente es Ciudadanos, que nació precisamente con la vocación explícita de combatir en Cataluña a Convergència.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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