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Desobediencia civil

Por 15 de septiembre de 2014 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Lluís Bassets

Desde hace una semana ando preguntando por el significado de unas palabras pronunciadas por Oriol Junqueras y todavía hoy no he obtenido una respuesta convincente. El presidente de Esquerra Republicana, jefe de la oposición y principal apoyo parlamentario a la mayoría insuficiente de Artur Mas, dijo el pasado lunes que si la consulta del 9N queda suspendida por el recurso de Rajoy ante el Constitucional, la respuesta debe ser la desobediencia civil.
Yo no sé muy bien qué quiere decir Junqueras cuando llama a la desobediencia civil, y menos todavía cuando evoca el ejemplo de Martin Luther King y el caso concreto de Rosa Parks, la señora afroamericana que el 1 de diciembre de 1955 prefirió ir a la cárcel antes que ceder su asiento a una persona de raza blanca como pretendía el conductor de un autobús público en Montgomery en cumplimiento de la legislación racista de Alabama.
Veamos si me aclaro. El centro de la cuestión consiste, al parecer, en poner las urnas el 9N para que la gente pueda votar. Pues bien, después del éxito cosechado en la Diada, yo no veo qué puede impedir el cumplimiento de los deseos de Junqueras. Nadie puede dudar de la capacidad de la ANC y Òmnium, organizadores de la demostración de fuerza del 11 de setiembre, para preparar y llevar a cabo una consulta, con papeletas, interventores, urnas y votantes sin necesidad de nadie. Pero propugnar este camino tiene, al parecer, un inconveniente: no constituye ninguna forma de desobediencia civil, porque se trataría de una consulta privada, realizada en ejercicio de las libertades de expresión y manifestación reconocidas por la Constitución.
Además, a la vista de la perfecta y espontánea sincronización de la Administración catalana, y sobre todo sus medios de comunicación, en la preparación, organización y logística de la Diada, parece evidente que la celebración de una consulta por parte de ANC y Omnium podría tener una repercusión al menos tan espectacular como la que tuvo la disciplinada concentración de centenares de miles de personas en la Diagonal y la Gran Vía el pasado jueves. Cierto que una consulta de este tipo, aun con apoyo público más o menos explícito, no tendría garantías de participación por parte de la población que no se siente implicada y alcanzaría un nivel de participación quizás insatisfactorio para los convocantes, con las consecuencias de un improbable reconocimiento interior y exterior. Sería hacer un Arenys de Munt en vez de hacer un Salmond.
El problema, por tanto, no es el derecho a celebrar una consulta, sino la capacidad legal del Gobierno catalán para convocarla en los términos en que la está organizando: mediante un derecho a decidir sin reconocimiento jurídico; unas preguntas discutibles y discutidas por confusas y una fecha que no han sido pactadas; además de la ambigüedad sobre si es una consulta o un referéndum y en consecuencia sus efectos, meramente simbólicos, políticos o jurídicamente vinculantes.
Hay, además, otra cuestión bien clara e incluso reconocida por todos. La única regla de juego disponible en este partido dice que Rajoy puede impugnarla ante el Tribunal Constitucional, hecho que automáticamente suspenderá la celebración de la consulta convocada por Artur Mas. ¿Dónde está entonces la desobediencia civil? ¿O acaso hay una desobediencia civil de uno solo, en este caso de Artur Mas, empujado por Junqueras?
Es verdad que se pueden cambiar las reglas, e incluso yo diría que en el caso que nos ocupa hay que cambiarlas obligatoriamente. Pero debe hacerse siguiendo las reglas; o, en caso contrario, conformándose a jugar sin ellas, y preparados para recibir patadas y ver cómo hay otros que también quieren jugar sin reglas.
El problema de Junqueras es que lo quiere todo: la mantequilla y el dinero de la mantequilla, repicar e ir a la procesión. Quiere una consulta meramente consultiva que se convierta en un referéndum de autodeterminación con efectos vinculantes y jurídicos. No quiere hacer un Arenys de Munt pero quiere obligar a Artur Mas a hacer un Seis de Octubre.
El 6 de octubre de 1934 hubo muertos y heridos, suspensión de la autonomía y encarcelamiento del presidente Lluís Companys y todos los altos cargos de la Generalitat. Pero no hace falta llegar tan lejos a estas alturas para hacer un Seis de Octubre. Basta con obligar a un presidente a romper la regla de juego por la que ha alcanzado la presidencia y que le permite pagar cada mes todas las nóminas. Un presidente que hace un Seis de Octubre se dispara un tiro en el pie, porque alienta a que otros rompan la regla de juego, la actual o la futura, con la misma pasmosa tranquilidad con la que él la ha roto.
Ya sé cual es la respuesta a este razonamiento y a mi inquietud sobre la desobediencia civil: a veces hay que saltarse un semáforo en rojo para que las cosas cambien a mejor; no hay tortilla si no se rompen los huevos; y un etcétera de inquietante aroma años 30 o de aire ucranio. Junqueras lo tiene claro: que salte el semáforo en rojo y rompa los huevos Artur Mas, mientras yo aplaudo y recojo los frutos de la desobediencia presidencial.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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