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¿Cuándo empezó el recreo?

Por 11 de agosto de 2013 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Lluís Bassets

El ministro de Exteriores español, José Manuel García Margallo, ha decretado el final de recreo. Se refería a Gibraltar pero aludía directamente a la política de su predecesor, Miguel Ángel Moratinos. En un momento en que el Gobierno y sobre todo su presidente se hallan cuestionados por sus responsabilidades en los asuntos de corrupción, viene como anillo al dedo una crisis que tenga dos efectos simultáneos: desalojar de las tertulias y los titulares de periódicos de espacios informativos el caso Bárcenas y proyectar sobre los socialistas en general los males que sufre España gracias al recreo decretado por Zapatero y a cuya interrupción no quiere adherirse Rubalcaba.

No importan los efectos estratégicos de la operación: acierta The Economist cuando asegura que la actual confrontación entre Londres y Madrid a cuenta de Gibraltar impedirá un acuerdo sobre la Roca para toda la actual generación, exactamente los efectos que tuvo la política lanzada por el ministro de Exteriores Fernando María Castiella, que condujo al cierre de la verja por Franco en 1969, y fue origen en cierta forma de la identidad ?nacional? gibraltareña.

No es un exotismo el endurecimiento de la derecha española en esta cuestión. Está inscrito en su ADN y en el tipo de nacionalismo español que la caracteriza. La soberanía nacional no es exactamente la voluntad democrática de los ciudadanos según la ideología escasamente liberal hegemónica entre los conservadores españoles, sino una idea patrimonial sobre un territorio. El recreo es la idea de conseguir la adhesión de los llanitos a un proyecto de soberanía compartida, tal como han intentado distintos ministros de Exteriores, principalmente socialistas.

Este tipo de proyectos, ocurrencias en su lenguaje, son del mismo calibre que los intentos de encontrar una vida intermedia entre las reivindicaciones de mayores cotas de autogobierno de las nacionalidades históricas y el mantenimiento del vínculo constitucional español. No interesa la voluntad de los gibraltareños como no interesa tampoco la de los vascos o los catalanes. Si mucho se apura la situación, apenas interesa la voluntad de los españoles, con tal de que se exprese en unas elecciones cada cuatro años y devuelvan la mayoría natural y absoluta a quienes les corresponde gobernar casi por mandato de la historia, ya que no de los designios divinos.

El final del recreo y el regreso a la gloriosa política de Castiella pudo decretarse bajo presidencia de Aznar, pero entonces no convenía hacerlo por el flanco gibraltareño, pudiendo hacerlo en el otro lado del estrecho con Perejil: la alianza con Londres para realizar el gran salto transatlántico vía cumbre de las Azores de la mano de Blair y de Bush era más importante. Ahora se da la circunstancia de que todos los socios europeos se hallan en tesituras paralelas de endurecimiento renacionalizador, que Reino Unido piensa en largarse, y que la cuestión de la soberanía está al rojo vivo dentro de España mismo. Gibraltar es una buena ocasión para demostrar que España, tal como ha dicho un periodista muy español, no va a renunciar a su soberanía ni sobre Gibraltar ni sobre Cataluña. Así: "sobre".

Las ventajas tácticas, sobre todo de consumo interno, son estupendas. No lo son tanto las externas. España solo puede esperar el auxilio de Cristina Kirchner y compañía. Basta con leer la prensa internacional para hacerse una idea del disparate. El ministro de Defensa, Pedro Morenés, que sabe lo que valen un peine, un submarino y un drone, está intentando quitarle hierro al conflicto y devaluar su contenido político. La OTAN todavía es algo serio. Nada suscita más desconfianza entre los países solventes que los irredentismos anacrónicos y desproporcionados. La Unión Europea y las relaciones bilaterales con Londres no se merecen esta crisis. España es menos fiable desde que terminó el recreo.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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