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Pensamientos en Zuccotti Park

Por 2 de noviembre de 2011 Sin comentarios
Revista Claves (marzo-abril 2020)

Julio Ortega

 
  

No es fácil llegar a Zuccotti Park, a la vuelta de Ground Zero y a la vista de Wall Street. Entre la tumba amurallada y el muro financiero, los acampados se refugian en sus carpas azules este domingo tormentoso.  Esa sintaxis es el orden newyorkino del espacio, igualado por la lluvia balbuciente. Pero el taxista árabe no supo como llegar y me dejó en cualquier esquina. Ni los turcos que venden verduras, ni los camareros griegos que barren el agua, conocen el Parque. Confirmo que cada quien tiene su NY, que es siempre otro. Es irónico que estos inmigrantes, siendo parte del 99% algorítimico, carezcan de referentes más allá de su estación del metro y el negocio donde sirven. Sólo la policía sabe: guían a turistas aturdidos por su mapa ilegible. Quien quiera visitar a los suaves indignados deberá atravezar la parte más abstracta de la City.

 

La acampada es aquí menos colectiva que sumaria. Los jóvenes en lugar de actuar en grupos y asambleas parecen construir voces, aunque anónimas, del todo individuales. La suma no se funde, se diversifica; y aunque los rituales son los mismos (debatir, pronunciarse, repartir tareas), se trata más que de un evento masivo, de una concurrencia meditada. Aquí el individuo no representa a un grupo, sino al contrario: el grupo representa a cada otro. Ocurre como si el que acampa actuase en una obra haciéndose, cuya figura desplegada hace sentido en la suma de los otros, los que no están. Si llamamos evento a la irrupción que ocupa todo el presente, el evento es aquí la representación por ausencia: se ocupa para vaciar lo dado e instaurar lo gratuito. Esa figura nos incluye, de pronto, en su acto liminal.

 

Acampar es restar la plaza pública de los aparatos de estado, para ocuparla momentáneamente y desocuparla estratégicamente. Esa táctica alterna es una crítica central a la idea de la representación, casi en todas partes mediatizada, incautada y excesivamente costosa. Los que reclaman al movimiento internacional de la ocupación pública, acusándolo de no tener consecuencias, ignoran que transformarse en una opción política terminaría con la libertad gratuita de protestar, precisamente, la degradación de la política en negatividad mutua. Melville imaginó a un modesto escribiente que puso en duda la representación del sistema y su economía devoradora, repitiendo: ¨Preferiría no hacerlo.” Su alegato antifáustico renuncia a los términos de la socialización compulsiva, y representa a quienes, desde sus márgenes, se ausentan. El despacho de abogados donde el antihéroe se negó a repetir la letra muerta, estaba cerca de aquí.

 

 

Vi en las noticias locales a unos jóvenes acampados, y me pareció ver que lo nuevo más que en sus declaraciones estaba en sus rostros: desnudos, nos hablan cara a cara. Hacen otra cosa, algo anterior a los discursos: miran de frente, como si nos conocieran. No se deben a las declaraciones sino a la presencia mutua de quienes han tenido que poner la ley en ascuas para desnudar el rostro y preguntar por el nuestro. Recordé una página de Levinas, justamente sobre la desnudez del rostro en la recuperación de la voz común. La sintaxis de lo nuevo se armaba en esta intemperie no con citas y glosas sino con actos de un pensamiento que hace tiempo nos piensa.

 

Por ello, después de los minutos en que les devolvieron la palabra, y la cámara retornó a los rostros de las dos locutoras, el contraste fue estremecedor: las caras de esas dos guapas damas eran totalmente artificiales. Las han pintado y decorado y las han vuelto irreales. Tienen la máscara que busca representarnos. Buena parte de los medios se revela en esa impostura.

 

Aquí, en la plaza, los nombres recobran el peso de las cosas que encienden. El nombre, otra vez, acarrea la inteligencia de la atención.

 

Por eso, han hecho urgente que se les devuelva el turno de la palabra. Al final, se trata de los plazos de relevo, de los formatos de inclusión, de las estrategias de diálogo, de lo que podemos llamar el poliglotismo del origen. Es decir, de un presente donde se hablan varias lenguas para ser parte de la gran plaza pública reconstruida por la concurrencia momentánea y transitiva, que estos jóvenes propician como quien asoma la mirada al porvenir.

 

Hay cierta prisa en devolverles la palabra allí donde los medios no están meditizados por la pérdida de su lugar público. En Chicago, los jóvenes ocuparon tres espacios sucesivos: los de la primera fila, conscientemente, decidieron sentarse en el umbral de los edificios municipales para hacerse arrestar; una segunda linea se ubicó justo  donde se dividía lo público-estatal de lo público-comunal, una zona ocupada, del lado penitenciario, por la policía; y una tercera fila, más atrás, ya en la plaza, ocupó el espacio abierto y colectivo. Este mapa denuncia la definición funcionalista del espacio público, que deja de ser espacio y público.

 

Con la lógica perversa de de una ley regimentaria, en Madrid se busca usar la ley electoral para ceder los espacios públicos a los partidos politicos y sus manifestaciones y, de paso, obligar al desalojo de los jóvenes indignados que los ocupen. Llamo perversa a esa lógica porque la competencia electoral se convierte en una máquina no de elegir sino de reprimir. La protesta ciudadana ha hecho obsoleta, como es patente, a la violencia intrínsica que busca el voto a cualquier precio.

 

La protesta es un ejercicio de libertad. Un don acogido como el valor absolutamente insólito de la gratuidad. En ese espacio momentáneo, responde cada uno por su derecho de ciudad.

 

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Julio Ortega

Julio Ortega, Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

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