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Por 10 de marzo de 2012 Sin comentarios
Revista Claves (marzo-abril 2020)

Julio Ortega

1.

He compartido con García Márquez algunas pausas entre comités y ferias del libro. Alguna vez me he quedado a solas con él, y hemos podido charlar solamente de literatura. Recuerdo ahora una, a propósito del lenguaje narrativo dominante. Le decía yo que suele ser meramente informativo y no soporta una segunda lectura, perdida la tension del suspenso.  Es el lenguaje, dijo él, del periódico de ayer. Y añadió: La diferencia la hace la poesía. Me gustó que apareciera la poesía en una conversación sobre la prosa al uso (indistinta, abrupta y casual), pero Gabo no solamente sabe de memoria tiradas de Rubén Darío sino que cultiva una larga intimidad con la poesía. Darío, es cierto, nos lleva a Garcilaso, celebrado en su obra; y por esa vía nos devuelve a Petrarca; Delaura se llama, no en vano, uno de sus héroes amorosos. Esa cualidad poética es patente en la audacia de sus definiciones, el brío de la imagen, el ritmo  del recuento, y el carácter de epifanía feliz que tienen sus resoluciones. Eso que se llamaba "la carpintería" de un gran escritor es el taller secreto de su obra y revela, en la sabiduría del lenguaje fecundo, tanto el arte de la composición circular como el manejo preciso de la caracterización. Pero también nos descubre la comedia humanista de la escritura, entre letrados, lectores, misivas, pergaminos, canciones y cuentos del camino. Esa gran tradición sostiene su optimismo en la comunicación, su fe en la civilización del diálogo. Nos sentimos bienvenidos a esta historia de la lectura compartida.

2.

Cien años de soledad es un clásico moderno que nos pregunta, ¿qué es un clásico latinoamericano? Se puede responder: el texto que no cesa de proveer distinta información. Pero es también un clásico porque habla a través de nosotros acerca de nosotros mismos, de nuestro lugar en la saga de la lectura, en la que somos  lo que hemos leído. Nos devuelve el fervor de leer como si todo pudiese ser contado otra vez. Y da, así, la medida universal de lo que la novela es capaz de hacer  desde esta region del camino. No inventa a sus precursores, reconoce a sus lectores. La critica que acompaña a Cien años de soledad no es menos literaria, pero cuando es más literal resulta ser ligeramente disparatada.  No es extraño que sea asi porque esta novela es una ficcionalizacion, en primer lugar, de la lectura. El lector, en su lectura, corre la suerte de ser personaje él mismo de la novela.

3.

Se trata, por eso, de una metalectura, cuyo operativo es borgeano y cuya estirpe es cervantina. En un principio Cien años de soledad produjo una lectura como asombro, característica de los discursos de fundación, de la abundancia y el mito. Se  habló de “realismo mágico,” un fácil oxímoron que nombra  lo que no tiene nombre. La novela excedía el campo de la mirada. No se sometía al regimen de la perspectiva, que privilegia al lector y su capacidad de apropiar el mundo. Como buen objeto americano, demostró una conducta híbrida, una escena heteróclita, un humor hiperbólico. A poco, se impuso su lectura política, porque la novela también es una crítica de la violencia fratricida y la expoliación colonial. La visión pesimista de la historia produjo, irónicamente, una opción aleccionadora de lo político. Más tarde, se ensayó una lectura de orden cultural popular, dado su fecundo repertorio carnavalesco, su gusto material, el banquete y la risa. Pero luego vino una lectura nostálgica, típica de los años 80, cuando después de la destrucción de las opciones reformistas, la Utopía fue rematada en el Mercado. Se leyó la novela como la celebración de la comarca perdida, casi como su canto de sirena. Más cerca del fin de siglo, tuvimos lecturas más formales y analíticas, animadas por la teoría cultural y el psicoanálisis. Cada generación de lectores ha producido su propia novela. En un gesto digno de Gracián, como si citar las fuentes memoriosas estableciera la actualidad, García Márquez novelizó su propio Arte de Ingenio con Vivir para contarla, sus memorias, que rescriben su obra desde su lectura de la misma. Mi amigo Gerald Martin ha dedicado la vida a demostrar la veracidad de esa vida imaginada. En su Biografía de García Márquez, como Pierre Menard, ha copiado la vida al pie de la letra. Pero como el otro Quijote, ha hecho más ciertas las novelas. 

 4.

Mientras otros grandes relatos de los años 60 consagraban la tradición de un origen traumático y un destino trágico, Cien años de soledad   postuló una identidad post-traumática, que se transforma históricamente, desde las voces del relato oral, a favor de la vitalidad mundana de la cultura popular, y en contra de la agonía de la identidad como carencia. Hay, más bien,  un exceso de identidad latinoamericana en esta novela. Pero no se trata de una tipología, está lejos del neo-primitivismo, y no se resigna al pintoresquismo. Es una identidad de lo disímil, fundada en la pertenencia que demanda el tercio excluído de la diferencia. La vehemencia de lo diferente presupone el valor de la interpretación heterogénea. De cada hecho hay varias lecturas, y aunque se imponga la más autorizada, cuando no la más autoritaria, no suele tratarse de la verdadera. Porque la verdad está en disputa, y la novela nace de esa radical puesta en duda. Nunca una novela que afirma tanto, lo ha tachado todo, con fervor parejo. Nos dice que la historia es ucrónica; la cultura, utópica; y la política, trágica. Pero si el lenguaje nos alberga es porque nos permite formular la inteligencia de la duda.

 

 

 
 

 

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Julio Ortega

Julio Ortega, Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

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