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Cervantes vivo

Por 26 de julio de 2015 Sin comentarios
Revista Claves (marzo-abril 2020)

Julio Ortega

  

Porque una  amiga me pide explicarle para qué buscamos los huesos de Cervantes, quiero recordarle que hace muy poco se desenterraron los de Petrarca para comprobar que son suyos.   Dirigió la exhumación  del texto  óseo, no sin ironía petrarquista, el Dr. Terribili.  El ADN se ha convertido en el ABC fundacional de los estados-nación,  requeridos  más que nunca de alguna autoridad mítica que les devuelva la legitimidad puesta en  entredicho por  las plagas del autoritarismo, la exclusión, la mala distribución, y para terminar de arruinar la institucionalidad de este sistema, la corrupción  impune.

 

¿Qué ocurriría si se encontraran, con buena fe, los huesos fidedignos de Cervantes? Se afirmaría la buena conciencia política de un Estado escaso de  nación que lo sostenga.  Nunca los huesos de Cervantes habrían trabajado tanto.  Ni siquiera le dieron permiso para irse a Indias, donde esos huesos al menos habrían aprovechado la siesta del tópico. Mis colegas ingleses, para satisfacer sus opiniones, creen que si Cervantes hubiera ido al Nuevo Mundo  no hubiese escrito el Quijote, sugiriendo que solo se podía escribirlo en la cárcel.

 

Seguramente tendríamos a nuestros escribas mayores y menores celebrando a Cervantes como fundador moderno, ya no de la novela, sino de una idea de España, convertida en nuevo Retablo de las Maravillas.  Y todo gracias al escritor sin premio alguno y peores regalías que, de haber, ha habido. Claro que si los expertos se apresuran, la magnífica ironía con que Cervantes nos diera sus  huesos, además del premio que lleva su nombre,  sería desfundacional, ya que Juan Goytisolo, premio Cervantes este año, contra toda lógica estatal, tendría que haberlo  recibido a nombre del taimado musulmán que escribió Don Quijote en árabe, Cide Hamete Benengeli. No  olvidemos que Cervantes compró el arábigo manuscrito en el mercado de  Toledo, y lo hizo traducir para que lo podamos leer en el mero castellano. ¿O habrá todavía otra ironía cervantesca en sugerirnos que la mezcla es lo moderno? No en vano se quiso mudar a Indias, donde la hibridez, que es el horizonte de la modernidad a pie,  forjaba un “refugio de peregrinos.”

 

Como Dante, Cervantes debe haber  sentido que caminar por este valle miserable era labor de peregrino, que lleva, como  los  migrantes hoy día, su lengua a cuestas. Don Quijote, después de todo, es el  peregrino español que, al revés de Santiago, marcha hacia  Barcelona para conocer a su  madre, la Imprenta. Como en la epístola de Pablo, habla “en locura” , como cualquier personaje de Juan Goytisolo para ser veraz.

 

A comienzos del siglo XIX (que un estúpido llamó estúpido), un venezolano, Andrés Bello, desde Londres vio con alarma que los ingleses tenían su robusta piedra fundacional en Chaucer y Shakespeare; los alemanes en la saga de los Nibelungos, y hasta Francia contaba con su Canción de Roland, además de Rabelais…Pero España carecía de un texto fundador de su calidad nacional.  Fatigó la British Library hasta que encontró lo que buscaba, que es  una virtud de filólogos: ese texto era el Cid.  Por entonces, el poema era menos épico y más bárbaro. Pero Bello descubrió que no era el producto de frailes ignaros, como se creía,  sino la refinada adaptación del rimado del Romance. Y propuso a una Academia incrédula la primera edición de El Cid campeador como texto fundacional del Estado civilizatorio. Menéndez Pidal le reconoció la audacia, un poco a regañadientes, como buen colega español.

 

Hoy somos más exigentes. No nos basta la filología, que sostuvo la hipótesis de un Estado-nación español, y exigimos el DNA. Será Cervantes o no será.  Tampoco en Argentina falta el diputado que reclama los huesos de Borges, aunque con los de Evita tienen para largo.  Cada nuevo gobierno peruano se propone recobrar a Vallejo, aunque por ahora  es consuelo el equipo de fútbol llamado “César  Vallejo”, al que suelen darle  duro con un palo, salvo cuando juega contra el “Inca  Garcilaso de la de la Vega.” No ha  faltado quien le reproche a Carlos Fuentes descansar en  París y no en México,   donde cada gobierno preside una  tumba abierta. Y en Estados Unidos se sigue disparando contra aquellos por  quienes Lincoln fue a la más terrible de las guerras.

 

Al final, no importa demasiado que no puedan certificar los restos de Cervantes y los declaren decorativamente suyos.  El Estado no requiere ser refundado sino reformado. Sus fundaciones han sido sobre ausencias: son muy pocos los héroes culturales españoles que descansan memoriosamente en paz.

 

Importa que tú lo leas para que siga vivo. Tampoco de Lorca necesitamos de sus restos para curar  las heridas, mucho menos para entregarlo como ‘celebrity’ a la subcultura del turismo. Podemos cerrarlas a nombre de su lectura, no solo a  nombre  del Estado y sus  ocupas de turno. Después de todo, España, no Granada, es la tumba de Lorca.  Más bien, deberíamos ya traer a casa a Antonio Machado, que yace al pie de la frontera francesa como una tierna herida. En este mundo multi-hispánico global, la actualidad viva de Cervantes es la de cualquier peregrino que haya cargado su lenguaje español más allá de nuestras miserables fronteras.

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Julio Ortega

Julio Ortega, Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

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