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Adioses del año

Por 1 de enero de 2010 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Julio Ortega

 

Nunca acaba uno de dar las gracias a los amigos que se marchan. Para ellos, como pedía Rubén Darío al despedir a uno de los suyos: rosas, rosas, rosas, rosas.

 

Alejandro Rossi (Florencia, 1932)

El 91 estuvo Alejandro en el congreso sobre literatura venezolana que organicé en Brown, donde se reencontró con Adriano González León y José Balza; pero también consigo mismo, ya que se asumía como venezolano por parte de madre y memorias de infancia. Había nacido en Florencia, vivió en Caracas, después en Buenos Aires, estudió filosofía en Friburgo, y optó por hacerse mexicano. Ya entonces había imaginado una novela sobre su antepasado, el general Páez, tras cuyas huellas fue después a  la Biblioteca del Congreso, en Washington, donde un bibliotecario, al saber de sus búsquedas, le diría: Yo también soy descendiente del General Páez. En otra de sus visitas, charlábamos a lo largo de Prospect Street cuando de pronto se detuvo, miró la calle con asombro, y dijo: “Esta esquina me recuerda el tratado de Vitruvio,” explicándome, de paso, la simetría serena de mi ciudad. En esa o en otra ocasión, se enfermó, y en Urgencias le diagnosticaron una gripe. Estuve a punto de llamar a Octavio Paz y pedirle que consiguiera con el presidente Zedillo un avión para Alejandro. Zedillo, ¿o tal vez Salinas?, lo había hecho por Paz. Al menos en México, un escritor enfermo era una cuestión de interés nacional. Una vez me contó que las clases del seminario de Heidegger eran, en verdad, lecciones de filología: empezaban con la etimología de una palabra. Un peruano, Victor Li Carrillo, que escribía la tesis con Heidegger, le había dicho a Alejandro que su apellido era, claro, chino, pero que su apellido materno era un genérico que los peruanos le ponían a los hijos de los coolies. A mi, le dije, esa genealogía me resultaba una broma sutil de Li.  Para formar parte de su seminario, Heidegger exigía un año de griego clásico; Li Carrillo, su Instructor, se encargaba de esos rigores, y así se conocieron. Yo lo habia visto una vez, en Lima, de lejos, y admiraba su libro sobre el Hermógenes.  Alejandro estaba fascinado por su suerte, sus períodos de profesor en Venezuela, su historia familiar, sus ultimos años en Perú. Escribió una nota, “Gato fino,” en recuerdo de Li, que salió en Hueso Húmero, en Lima, como leve tributo al ausente. Podía ser irónico con elocuencia, pero sabía ser tolerante. Recuerdo que de una profesora preguntaba: “Y a Fulanita, qué raro que le guste Benedetti, ¿no?” En estas conversaciones descubrí que México era el único país donde uno podía ser, para siempre,  extranjero, y habría que agradecerle la gentileza de no convertirlo a uno en nativo. Todos los demás países te asimilan, lo que es casi un abuso de confianza.  Quizá por eso, Alejandro vivió cómodamente en México, en su Castillo, a cuyas puertas siempre llamaba alguien, decidido a retomar la conversación. Nos había convertido a sus amigos en interlocutores permanentes. Y era capaz de hacer citas telefónicas y viajes internacionales para continuar conversando.
Ha dejado la charla, pero uno sigue devolviéndole la palabra.
 

Blanca Varela (Perú, 1926)

Siempre había alguien que preguntaba por ella. Desde Octavio Paz, de quien había sido novia en el París de los años 50, hasta Rossi y Carlos Fuentes, quienes la recordaban con admiración.  Tenía la rara virtud de la inteligencia afectiva, y era capaz de preservar a sus amigos en un espacio encantado, libre de los malentendidos de la fama y los desentendimientos de la política. Pero era también pronta de ingenio irónico, nunca amargo, siempre reverberante. Con ella uno charlaba, mundana y familiarmente, como si ella no fuese la poeta que escribía los poemas más desagarrados que se han escrito, el equivalente verbal de un cuadro de Bacon.  La he visitado en su oficina del Fondo de Cultura Económica, del que fue directora varios años; en el taller de ropa que después tuvo en Miraflores; en la moderna casa que le construyó su marido, el pintor Fernando de Szyszlo, donde sobrellevó, si eso es posible, la muerte de su hijo. Pero antes de ello, a comienzos de los 80, pude invitarla a Austin, a un coloquio sobre poesía y traducción, con Juan Gustavo Cobo Borda y Emir Rodríguez Monegal. Se quedaron en mi casa y Emir, que tenia más autoridad, organizó los horarios. Blanca fue el alma de la fiesta. Su gentileza, paciencia, humor y elegancia fueron puestos a prueba, plenamente confirmados.  Juan Gustavo le declaraba amor eterno y ella le juraba noviazgo perpetuo. Iban del brazo como si danzaran. Y, sin embargo, había en ella una timidez íntima con estos eventos y tenía reservas sobre su  contribución al debate. Me dió a leer las páginas que presentaría en su sesión, que eran ciertamente personales y, por eso, mejores; y, como siempre, tuvo más que decir de lo que ella creía. Mi última conversación con Blanca, en Lima, fue sobre una antología de poesía latinoamericana cuya selección compartió con otros poetas; yo terminé defendiendo la antología. No sé  si llegué a contarle que en mis clases de Cambridge sus poemas son los que más demoraron a los estudiantes, fascinados por su enigma.
Me flaquearon las fuerzas para visitarla cuando perdía la memoria. Me consuela saber que era el amigo con quien ella habló poco y en voz baja.

 

Cintio Vitier (Cuba, 1921)

Cintio y Fina García Marruz, su mujer, extraordinarios poetas y maravillosos críticos literarios ambos, compartían uno y otro género, y a veces uno creía escuchar la voz de ella en las páginas de él, y al revés. No es raro, porque aunque son tan distintos, los unía una idea de la poesía en la que sus lectores fuimos educados: la noción de que la demanda poética es superior a nuestras fuerzas. Quien sepa de lo que hablo sabe lo que digo. Lezama Lima puso al día esas exigencias, entre misterios de la misa y placeres de la mesa. Los conocí en Poitiers en un homenaje a Lezama Lima, a comienzos de los 80. Yo había leido la colección completa de Orígenes en una biblioteca de Gainesville; la obra de Lezama en la biblioteca de Yale (sus libros dedicados rezaban: “A la biblioteca de la Universidad de Yale, con mis mejores deseos”), y la obra crítica y poética de Cintio y Fina en las grandes colecciones de Pittsburgh y Austin. De modo que nuestra charla hiperbólica fue un homenaje al estudiante local, Rabelais. Una de esas noches fuimos iniciados como caballeros del vino de la región del Poitou, a cuya fama debimos jurar fidelidad, luego de que unos nativos enormes, de nariz morada, nos ordenaran usando como espada una rama de vid. Años después, nos encontramos en el aeropuerto de Roma, camino a un coloquio sobre crítica genética convocado por la colección Archivos y el entusiasmo latinoamericanista de Amos Segala. Los llevé en un taxi a nuestro hotel en el Campo de Fiore. Todo lo olvidaré, menos el día en que el pueblo chileno votó NO a Pinochet, y lo celebramos en el Campo de Fiore.
Cintio fue siempre un hombre serio, claro, noble y recóndito. No era para nada el cubano desenfadado que cultivó Guillermo Cabrera Infante, a la hora social del té en su casa de Londres, celebrando extravagancias tropicales.  Cintio, además, era católico y llevaba sobre sus hombros la cruz de la Revolución. Si hubiera un santoral de los poetas, Cintio sería el santo patrón. Por eso, conocerlo era quererlo para siempre.
Tuve la rara suerte de estar en el jurado del premio Juan Rulfo que se lo concedió, en Guadalajara, el 2002. Fue un reencuentro feliz. Me tocó presentarlo en un foro, donde él recordó que en Poitiers yo le había dicho que la Revolución cubana había ocurrido para darle la razón al grupo Orígenes. Lo que equivale a decir que no hemos terminado de leer esa revista, estos poetas, aquellas promesas.
Qué vida fecunda la de este hombre esencial. En su mirada de asombro uno sintió el porvenir.
 
 

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Julio Ortega

Julio Ortega, Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

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