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Necrologías 4

Por 23 de enero de 2017 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Francisco Ferrer Lerín

 

Conocí a Ricardo García Munarriz en la Universidad de Barcelona durante el curso 1962-1963. Vivaracho, casi nervioso, era ese tipo de persona que mantiene en ascuas a la concurrencia por la agudeza de sus consideraciones y lo chocante del modo de expresarlas. Capaz de dar un giro a la conversación sin perder un ápice de intensidad volvía de súbito a lo que antes se estaba tratando para así dejar descolocados a sus fatuos epígonos. Daba igual que fuera literatura, arte o ciencias de la naturaleza; Ricardo sabía de todo, disponía de una inteligencia natural que lo convertía en el ser plástico por excelencia: adaptaba los razonamientos, el léxico, los gestos, diría que el porte y las líneas de su rostro, a las características de sus interlocutores. Pienso ahora, desde la distancia, que Ricardo García era, ante todo, un farsante, alguien que con vastas y reconocidas lagunas en numerosos campos del saber lograba, mediante su encanto personal y unos elementales y misceláneos conocimientos, convertirse en el centro de atención y, me consta y me duele, en el mentor de condiscípulas no siempre poco agraciadas.      

Perdí su rastro en 1968. Yo había acabado Derecho e ignoro si él acabó Filosofía. Corrió entonces el rumor, quizá el bulo, de que había ingresado, como ornitólogo becario, en un centro pirenaico de investigación. Poco a poco su recuerdo se fue borrando y, nadie, que yo sepa, volvió a hablar de él en las tertulias y otros foros, al tiempo que se rompían los sólidos vínculos que había establecido con la prensa escrita donde, en aquellos años, su presencia, mediante artículos suyos o dedicados a su persona, era constante y abrumadora. Por eso hoy, nueve de febrero de 2009, al recibir un paquete remitido por Ricardo García Munarriz mi corazón ha dado un vuelco. Un pequeño y delgado paquete rectangular que me llega por correo postal ordinario y en el que con caligrafía vacilante, a bolígrafo de bajo precio, se escribe en el anverso mi nombre y dirección con algunos errores y, en el reverso, dentro de un círculo trazado en el ángulo superior derecho, los datos del remitente: R. García Munarriz / Farmacia, 3, 3º, dcha. / 28004 Madrid.    

“Querido Pedro”, dice la breve misiva en un papel suelto cuadriculado, “aquí tienes mi legado. Creo que eres merecedor de poseerlo porque fuiste la persona con quien sostuve más abundantes y extensas conversaciones sobre arte y literatura. Verás que junto a esta carta va un sobre. En su interior encontrarás anotadas las frases, las palabras que me han emocionado a lo largo de mi vida. Son pocas y forman tres bloques. Recibe un abrazo de tu amigo Ricardo que ya habrá muerto cuando me estés leyendo. En Madrid a las 11 horas del jueves 5 de febrero de 2009.” Llamé a mi abogado por si la comunicación de ese posible suicidio pudiera comprometerme y luego, ya con la policía avisada, el piso inspeccionado y el juez movilizado para levantar el cadáver, me dispuse a disfrutar con el ramillete de citas que iluminaron, sin duda, toda una existencia.    

  

De la prensa diaria:

 “Los preparativos para la Fiesta Provincial del Fiambre Casero.”

“Fueron compañeros de la sección de lengüetas.”

“Recorrió junto a Smith el circuito de garitos de mala muerte.”

“Donde la ciudad acaba, donde las ciudades son como islas, cortadas, de     límites definidos.”

“A su madre el suceso no le quitó el apetito de hacer música.”

“Discos eclécticos, repletos de dobles sentidos y simpáticos exotismos.”

“Una de las femmes fatales más intensas que ha dado el género.”

“El Baile de las Monjas de Roberto el Diablo, la Danza de las Monjas     Espectrales en el interior de la Catedral de Palermo. “    

“Vagaba por las calles de Baltimore con ropas que no eran las suyas.”

“En Formentera se cazaban las pardelas a mordiscos.”

“Millares de animales simples forman un cerebro colectivo que toma decisiones.”

“Nunca buscó simetría (estética) sino eficacia.”

“Una mujer paralizada de cintura para abajo y que se negaba a ir en silla de ruedas.”

  

En libros y revistas:

“Fue una picadura de escorpión que dejó una mancha en forma de escorpión donde picó el escorpión.” Sara. Frank Ferris.

Señora Píbodi. (Común)

Señora Bíguelou. (Común)

“Era una mujer de cara mutable, con un amplio repertorio de apariencias que iban desde la fealdad hasta un particular modo de belleza.” Ella. Jean de Erin.

 “Uno de mis defectos es que no he podido acostumbrarme a la fealdad humana.” El filo de la navaja. William Somerset Maugham.

“Las largas peregrinaciones hacen a los hombres discretos.” El licenciado Vidriera. Cervantes.

“Ningún artista tiene inclinaciones éticas. En un artista, una inclinación ética es un amaneramiento estilístico imperdonable.” Óscar Wilde.

“La filosofía es el manejo de lo obvio (o del sentido común, que es lo mismo) mediante el uso de herramientas sofisticadas.” Revista Pensar.

“Viajar es esa actividad en la que uno paga por sufrir todo tipo de incomodidades.” Selecciones del Reader’s  Digest.

“Le gustan las mujeres húmedas de sobacos.” Libro de Buen Amor.

“Un cazador con pinta de idiota.” John Berger.

 

En la calle: 

“Tenía oído de tísica.”

“La compré las mamaderas.”

“Era hijo de un sastre ambulante.”

“He llegado a casa y me he lavado la boquita.”

 

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Francisco Ferrer Lerín

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, filólogo y ornitólogo. Traductor, al español, de Flaubert (Trois contes), Claudel (L'Annonce faite à Marie), Tzara (L´Homme approximatif), Monod (Le Hasard et la Nécessité), Montale (Ossi di sepia).

Obras asociadas