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Vieja barbuda dueña de la lujuria

Por 23 de noviembre de 2009 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Estaba yo leyendo el capítulo que Francisco Rico dedica a la Celestina en su reciente "Figuras con paisaje" (Destino), donde marea esa cosa rara que es la común influencia de la literatura sobre la pintura y viceversa. Dos mundos inexistentes pero con vías de acceso mutuo, de manera que el uno al otro se otorgan verosimilitud. Una bruja es sólo fantasía, pero dos ya son costumbre y ley.

    Para la Celestina, recorre Rico las imágenes que de ella inventó Picasso. La más conocida es la así titulada por el pintor y que guarda una colección privada de París. Figura, sobre fondo azul, el espléndido retrato de una mujer hirsuta y tuerta, embozada en tocas y mantilla negras, pero hay dibujos preparatorios (reproducidos en el libro) que señalan a esta alcahueta como una mujer habitual en la vida tabernaria de la Barcelona del primer Novecientos, Carlota Valdivia, sobre cuya vida apenas se sabe nada.

Hete aquí que Picasso sigue con precisión las descripciones de la Celestina literaria que de ella daba Fernando de Rojas hace cinco siglos, pero le presta los rasgos de una ciudadana verdadera, lo que refuerza la eternidad del personaje el cual va resucitando de entre los muertos una y otra vez al través del tiempo, siempre con igual aspecto y similar vestidura.

    ¿Era Carlota Valdivia, sin embargo, una alcahueta, además de ser "La Celestina"? Porque lo milagroso es que esta vez Celestina pudo haber reencarnado en una honesta mujer que quizás se dedicaba a vender tabaco, cordones de zapato y lotería cerca de "Els Quatre Gats", figón donde se reunían Picasso y sus amigos, notables devotos del lenocinio.

    De todos modos, hay una pista que excusa la sospecha. Cuando en 1959 John Richardson, el biógrafo de Picasso, visitó Barcelona, llevaba consigo un papel donde el pintor había anotado la dirección de Carlota. Y añade Richardson que Picasso le había comentado: "Siempre podría montarte algo…". Dudo de que pudiera montarle una sesión de sardanas. Más bien uno piensa en el inmortal cuadro venéreo conocido por el vicio como un "Manresa a las foscas".

 

Artículo publicado el sábado 21 de noviembre de 2009.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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