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Vicios privados, virtudes públicas

Por 8 de junio de 2009 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Tengo amigos que se enganchan a un torero y lo van siguiendo de plaza en plaza. Lo mismo sucede con los fanáticos de un club de fútbol, porque he constatado que nubes de ciudadanos se desplazan a lugares remotos por ver jugar a su equipo. También conozco a los del género operístico, capaces de hacer mil kilómetros y gastar enormes sumas de dinero (siendo menesteroso alguno de ellos) para oír cantar a su fetiche. El vicio es un súcubo que se incrusta en el corazón y no deja vivir si no se le complace. No debería reprimirse el vicio, excepto aquellos que causan daños colaterales. Bastante penitencia tiene ya el vicioso como para que le caiga una propina.

    Hago esta defensa del vicio porque deseo confesar el mío públicamente. No es un vicio con pedigrí diabólico. Es tan soso que puede llegar a parecer virtud. Mi vicio es la música así llamada "seria" y soy capaz de absurdas contorsiones con tal de que me deje en paz. Por ejemplo, desde que descubrí a una orquesta de cámara llamada "Enigma", la cual programa exactamente lo que quiero oír, me desplazo como quien sigue a un matador o un grupo punk. Los pillé no hace mucho en Madrid con un programa contundente (Cerha, Haas, Schoenberg y Mario Carro) y no fui el único en percatarse del brío de los músicos: medio millar de personas vitorearon los naturales de Juan José Olives y retuvieron el aliento cuando entró a matar.

    Esta semana, en compañía de la peña nihilista, hemos peregrinado a Zaragoza y sus 30º a la sombra para asistir a una nueva faena. Parece asunto que no agita a las masas, pero las canciones de Berg, con una radiante Minerva Moliner, eclipsaron nuestra pasión por las elecciones europeas que tan africanas han ido saliendo. En la segunda parte, una reducción de la Cuarta de Mahler para pequeña orquesta demostró que la desnudez nunca perjudica a la verdad.

Todos tenemos una música de fondo. Los allí presentes nos hemos juramentado: ni la tuna estudiantil del Psoe, ni el oratorio sacro del PP. Sólo votaremos mañana a los que tengan "Enigma" como música de fondo. Que los hay.

 

Artículo publicado el sábado 6 de junio de 2009.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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