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Por 14 de diciembre de 2021 Sin comentarios

Félix de Azúa

 

Falta aún para que aparezca el escritor, nacido ya en el exilio, que regrese a su aldea guipuzcoana para romper a preguntas el ataúd de silencio que aún perdura

En un bonito libro editado por la elegante editorial KRK de Oviedo, el desaparecido escritor alemán W. G. Sebald responde a algunas entrevistas y lo hace con tan buen estilo como el de sus relatos y narraciones que, de haber vivido unos años más, estoy persuadido le habrían valido el premio Nobel. En una conversación con Eleanor Wachtel daba varias vueltas a su exilio alemán, a su pertenencia a Alemania y a la imposible separación entre su literatura y la vida de los alemanes.

Cuenta, por ejemplo, el caso del profesor Paul Bereyter, a quien profesó gran afecto, y a sus lecciones en el pequeño pueblo donde vivió de niño. Solo más tarde, cuando ya había abandonado Alemania, sintió Sebald la necesidad de saber más sobre aquel hombre que había sufrido una cruel persecución durante el periodo nazi, antes de huir, pero que, una vez terminada la guerra, volvió al pueblo. Lo que estremecía a Sebald era el silencio que rodeaba al profesor y aun cuando fue al pueblecito alpino con la sola intención de hablar con él, tampoco entonces, casi veinte años más tarde, quiso Bereyter decir nada. Ni él ni ninguno de sus vecinos. Habían clavado un ataúd de silencio en torno al profesor. Y si bien Sebald sabía perfectamente lo que sin duda había sucedido, no consiguió que ni uno solo de quienes vivieron los años de asesinato y terror nazi dijera una sola palabra.

El arrojo de Sebald en aquel rincón alpino tratando de proyectar alguna luz sobre el suplicio que sus vecinos impusieron al profesor, me recordó a los miles de vascos huidos durante los años de crímenes nacionalistas. Se empiezan a escribir historias más o menos novelescas sobre aquella época de terror, pero falta aún un poco para que aparezca el escritor, nacido ya en el exilio, que regrese a su aldea guipuzcoana para romper a preguntas el ataúd de silencio que aún perdura.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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